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Un viaje inextinto

Acerca de "Mozart ha muerto", de Miguel Ángel Molfino

Un inglés, Amons Wilkins, erige, a cincuenta metros de una playa, un barco amputado al que bautiza con el nombre de "Leviatán". El navío, "cuya quilla quemada por los mares, color óxido, ponía proa hacia el este", según escribe Molfino, queda estancado "en un océano de pequeñas dunas grises". El motivo de la decisión de Wilkins nunca queda claro para los habitantes del pueblo. Los ocho o nueve meses que compendian el final de su vida en el interior de la enorme estructura férrea, son, apenas, unos vagos signos indescifrables en la extensión de  los días. El devenir de una existencia, y su sobresaltado final, basculan entre los dos polos necesarios del movimiento pendular.

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 En otro de los cuentos del libro, un hombre en una canoa que viaja a la deriva en la inmensidad del río "Amazonas", cercado por un clima apocalíptico, redacta cinco breves entradas antes de morir reducido por los gases y las temperaturas extremas qué estragan el mundo. Las palabras del breve diario son exactas y precisas; los rasgos del apocalipsis no podrían encontrar mejor relato. Este camino interminable e inextenso que caracteriza a muchos de los cuentos es una marca que se repite en las creaciones de Molfino. 

El espacio y el tiempo ilimitados -del cual su notable novela "Pampa del Infierno", con las errancias del vaquero texano Keneth Parker por las tierras panamericanas es un ejemplo absoluto- reaparece en cada una de las creaciones, un poco a la manera de las amplias geografías literarias, que, y en un marco alejado pero convergente, caracterizó a muchas de las realizaciones estadounidenses de mediados del siglo XX. 

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Así por ejemplo, en su libro "Viajes con Charley", John Steinbeck escribe: "Alguien debe de haberme hablado sobre el río Misuri en Bismarck, Dakota del Norte, o yo debo de haber leído algo sobre él. De un modo u otro, yo no había prestado atención. Quedé atónito al llegar. Aquí es donde tendría que plegarse el mapa. Aquí está el límite entre el este y el oeste. En la orilla de Bismarck hay un paisaje del Este, con hierba del Este, con el aspecto y el olor de la Norteamérica del Este. En la orilla de Manda, después de cruzar el Misuri, es puro Oeste, con hierba parda, riachos y protuberancias rocosas. Es como si ambas orillas estuvieran a mil kilómetros de distancia. Así como no estaba preparado para el límite del Misuri, tampoco lo estaba para las Tierras Malas. Merecen ese nombre. Son como la obra de un niño maligno. Los Angeles Caídos, despechados con el cielo, podrían haber construido un lugar semejante: seco y abrupto, desolado y peligroso, y para mí colmado de presagios". Francis Scott Fitzgerald, en su obra "El crucero de la Chatarra Rodante" desarrolla también las nociones de extensión y libertad. El mismo Fitzgerald, su esposa Zelda, para ese entonces una joven encantadora con pantalones de golf y cabello corto, y un coupé Expenso modelo 1917 agotan una travesía en la Costa Este estadounidense: "Viajamos a través de bosques más bellos que los bosques azules que uno encuentra en Minnesota el mes de octubre, cuando sube la niebla , y campos tan verdes y frescos como los de Princeton en mayo. Nos detuvimos en una pequeña posada vestida con la maraña de la madreselva silvestre, y pedimos un cucurucho de helado y un emparedado de pollo. Descansamos solo cinco minutos -ahora el sol nos rodeaba por todas partes- pues debiamos apresurarnos  a seguir bajando y bajando, hacia el calor, hacia la dulce suavidad crepuscular, hacia el verde corazón del sur, hacia el pueblo de Alabama donde nació Zelda". En "El pueblo de las personas perdidas", Molfino, mucho más que un epígono destacado de los dos estadounidenses, escribe: "Cuando la Combi se fue quedando sin aliento, me encontraba a unos cuatrocientos kilómetros al este de Llanfair, un pueblito galés perdido en la Patagonia. Finalmente el cacharro se detuvo. Me rodeaba la gran nada sureña y el viento despavorido.

Perdido por perdido, decidí encaminarme ruta arriba para probar suerte o hallar una opción para mí desgracia. La luz del mediodía afilada el borde de la meseta al punto de parecer el canto de una navaja. El viento me pegaba de costado, se hacía difícil avanzar.

A la hora divisé unas casitas verdes que rodeaban una estación de servicio YPF. Me acerqué, el lugar estaba vacío, casi sin vidrios, muy sucio. Las telas de araña habían sido arrasadas por el viento. La resonancia del local vacío dejaba rebotar los chillidos de las ratas.

Caminé unos metros, rodeando el edificio de la ex gasolinera y di con una casona de piedra y madera (también pintada de verde). Un cartel de hierro se hamacaba chirriando, se leía: One Flag Tavern. Un dragón rojo estampado en un paño verde ondeaba en el mástil que  coronaba el frente. Me asomé al bullicio". O en el citado "Leviatán", cuando Molfino escribe: " Ahora que llueve, que este aguacero borra el mundo allá afuera, puedo ver -y eso es imposible- la figura escorada y muera del Leviatán, el barco camaronero del inglés Amos Wilkins que lo transportara por tierra, cargándolo en dos camiones con acoplados, durante la temporada de peor mal tiempo que se recuerde en los últimos cuarenta años".    Fitzgerald nació en 1896; Steinbeck, en 1902. Hay un intervalo de aproximadamente 50 años entre sus nacimientos y el de Miguel Ángel Mofino. Hay una distancia espacial de casi 9.600 kilómetros entre sus sitios de procedencia. No importa: el acento, la prosodia, el desarrollo de los episodios de obras tan diversas, son semejantes. "Las afinidades electivas", título de una novela  de Johann Wolfgang von Goethe, encuentran -en su concepto y sus consecuencias- entonces, aquí, y en este estupendo libro de cuentos, su confirmación definitiva.  

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