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Lo que revela la caída de la fecundidad en la Argentina

En solo diez años, los nacimientos se redujeron casi a la mitad. La transición demográfica se manifiesta en escuelas y mercados de trabajo y abre una pregunta crucial: ¿hasta qué punto las decisiones reproductivas reflejan deseos o restricciones sociales?

Por Jorge Paz

La fecundidad en la Argentina sigue cayendo, y lo hace a gran velocidad. En 2014 nacían 775.000 niños en el país. Una década después, en 2024, lo hacían apenas 413.000. Se trata de una reducción de casi 50% en solo diez años, un cambio demográfico de enorme magnitud en un período extraordinariamente corto.

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¿Argentina es un caso raro o parte de una ola global? Un poco y un poco. La caída de la fecundidad es un fenómeno extendido en gran parte del mundo, pero lo singular del caso argentino es la rapidez y la intensidad del desplome. Durante varios años, mientras otros países de la región como Chile y Uruguay continuaban reduciendo sus niveles de fecundidad, Argentina parecía haberse estabilizado. Sin embargo, a partir de 2014 se produjo un quiebre abrupto. En ese año, una mujer promedio tenía al final de su vida reproductiva alrededor de 2,4 hijos; en 2024 esa cifra cayó a 1,3. Aunque este nivel sigue siendo algo mayor que el de Chile (1,1) y muy similar al de Uruguay (1,4), el ritmo del descenso argentino se asemeja más a transiciones demográficas aceleradas observadas en Asia y en algunos países de Europa del Este.

¿Por qué debería preocupar esta noticia? Porque más allá de los números, la reducción de la fecundidad tiene efectos visibles y contundentes en la vida cotidiana. Disminuye la matrícula escolar y comienzan a ser frecuentes los cierres de cursos e incluso de escuelas. Estos cambios se extienden también a la estructura productiva, con una menor participación de industrias vinculadas a la niñez, como juguetes, indumentaria, alimentos y servicios. Asimismo, se reconfigura el mercado laboral, con una menor demanda de personal docente y de cuidados. A largo plazo aparecen desafíos relacionados con el crecimiento económico y la seguridad social, ya que menos nacimientos hoy implican, décadas después, una población activa más reducida y menos aportes para sostener a quienes se retiran del mercado laboral, un problema que se agrava en contextos de alta informalidad.

En la Ciudad de Buenos Aires, por ejemplo, la matrícula de primer grado cayó de 41.000 alumnos en 2020 a poco más de 30.000 en 2025, y el Ministerio de Educación ha anunciado el cierre de secciones en escuelas públicas. 

Queda claro, entonces, que la demografía no es una curiosidad estadística. Se trata de un proceso profundo que reorganiza la economía, el territorio y la vida cotidiana de las personas.

Algunos demógrafos sostienen que la reducción del número de nacimientos no es automáticamente negativa. Menos hijos implican menores gastos de crianza y potencialmente mayores niveles de ahorro. Asimismo, familias más pequeñas pueden destinar más recursos por niño a educación, salud y nutrición. Desde una mirada económica, esto podría traducirse en mayores niveles de productividad futura y en un mejor aprovechamiento del llamado bono demográfico, siempre que existan políticas públicas, empleo y organización social adecuadas.

Caso paradigmático 

Un caso paradigmático es el de Corea del Sur, donde la rápida caída de la fecundidad desde los años ‘60 amplió la población en edad activa y contribuyó al crecimiento económico durante varias décadas, mediante mayores tasas de ahorro, expansión educativa y una fuerte incorporación de mujeres al mercado laboral. Sin embargo, ese mismo proceso derivó luego en un envejecimiento acelerado y en niveles bajos de fecundidad, mostrando que el dividendo demográfico no es permanente y que, si no se gestiona, puede transformarse en una carga social y fiscal.

Ahora bien, esta no es la única forma de pensar el fenómeno. Más allá de los indicadores de crecimiento, resulta relevante considerar cómo estos cambios afectan las capacidades reales de las personas para llevar la vida que valoran, en términos de educación, salud, autonomía y bienestar material. Desde esta perspectiva, la fecundidad no se reduce a una variable productiva, sino a un componente central de las condiciones de vida y de los proyectos familiares.

Resulta fundamental preguntarse si esta baja de la fecundidad refleja los deseos de la población. Y aquí emerge una tensión importante: en prácticamente todos los países donde se mide este fenómeno, las personas expresan un ideal cercano a los dos hijos. ¿Por qué, entonces, se están teniendo menos hijos de los que se desean?

Esta pregunta invita a mirar más allá de la fecundidad observada y a reflexionar sobre la agencia reproductiva. No se trata solo de cuántos hijos se tienen, sino de cuántos se quieren tener. Si la mayoría de las personas deseara familias muy pequeñas, no tendría sentido hablar de "crisis" demográfica: estaríamos ante una elección social legítima cuyos efectos deberían ser administrados.

El problema aparece cuando esa elección choca con la realidad. Muchas personas quieren más hijos de los que pueden tener, debido a obstáculos estructurales como los altos costos de crianza, las exigencias laborales incompatibles con las tareas de cuidado y la escasez de políticas públicas de apoyo a las familias.

Así emerge el verdadero desafío: no que bajen los nacimientos en sí mismos, sino que las decisiones reproductivas estén cada vez más condicionadas por restricciones económicas y sociales. Si este es el caso, Argentina podría no estar enfrentando una "catástrofe demográfica", sino una transformación profunda en la forma de formar familias. El debate de fondo no es cuántos hijos nacen, sino cuántos proyectos de vida quedan truncados por falta de condiciones para llevarlos adelante.

El autor es investigador principal del Conicet

Publicado en La Nación 

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