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El grito que rompió el silencio

Amelia Knaus: la historia detrás de la foto que simbolizó el veredicto por Cecilia

Una imagen tomada en la Plaza 25 de Mayo, en el instante exacto en que se conocieron los veredictos del caso Cecilia, recorrió la provincia y se volvió un símbolo. Detrás de ese grito que estremeció a miles estaba Amelia Knaus, una comerciante de 60 años que nunca militó en ningún partido y que asegura que "la causa la llamó". Su historia revela la fuerza colectiva que empujó a la Justicia y la necesidad social de no volver a callar.

La foto dio la vuelta al Chaco como un latido. Una mujer, brazos abiertos, rostro quebrado en un grito que es mezcla de angustia, alivio y desahogo. Un grito de 60 años, como ella misma lo define. Fue capturada por el fotógrafo Fabián Maldonado en la Plaza 25 de Mayo, exactamente cuando los jurados hicieron público el veredicto por el femicidio de Cecilia Strzyzowski.

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La protagonista de esa imagen, que rápidamente se convirtió en un símbolo de la jornada, es Amelia Knaus. Una mujer que nunca imaginó ocupar una tapa de diario, menos aún representando a una provincia entera. Pero ese domingo, dice, no fue ella: "Era otra Amelia. No me reconozco en esa foto. Después entendí que sí, que soy yo, pero soy yo transformada por algo más grande".

Amelia llegó a la plaza como desde el primer día: sin banderas partidarias, sin orgánicas, sin rol político alguno. Apenas una ciudadana que sintió que debía estar ahí. "La causa me llamó", explica. No conocía a Cecilia ni a su familia. No tenía vínculos cercanos ni intereses personales: solo el impulso profundo de acompañar un reclamo que sentía justo.

LAS CINCO "GATAS LOCAS"

Durante las distintas marchas, Amelia se había unido —casi por azar— a otras cuatro mujeres con las que coincidió en varias marchas. No eran amigas. No se conocían de antes. Eran solo cinco desconocidas a las que unió la misma preocupación y el mismo compromiso. "No somos un grupo militante. Nos unió la causa, nada más", cuenta.

El viernes previo al veredicto, un día tenso, lleno de versiones que iban y venían sobre lo que podía pasar, las cinco hicieron un pacto: escuchar juntas la lectura del jurado, abrazadas bajo la tela rosada que desde el inicio identificó a quienes pedían justicia por Cecilia. "No había otra forma", dice Amelia. Lo cumplieron.

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Ese abrazo fue filmado sin que lo supieran. La imagen circuló por redes y noticieros. La adrenalina, el llanto, la incertidumbre, todo aparece ahí.

Entre risas, Amelia cuenta que el grupo terminó llamándose "Las cinco gatas locas" por un comentario de uno de los abogados de los imputados, que en un momento —al escucharlas entonar "La Vaca Lola"— las descalificó con ese término. Rápidamente, ellas lo adoptaron como bandera propia. "Lo transformamos. Si ser una gata loca es exigir justicia, lo somos con orgullo", dice.

EL VÉRTIGO DE VERSE REPRESENTANDO A MUCHOS

Cuando la imagen llegó a la tapa de NORTE, Amelia no pudo dormir. Se levantó de madrugada, prendió el teléfono y ahí estaba: ella, en el centro, gritando como si de ese grito dependiera algo más que un veredicto. "Lo desperté a mi esposo y le dije ‘esto ya es demasiado, no me lo merezco’. Sentí que no era yo", recuerda.

Durante unas horas pensó que no era digno. Luego entendió que la foto no hablaba solamente de ella. "Representa a todos. A las mujeres, a los hombres, a quienes marcharon, a quienes tuvieron miedo pero igual salieron. Es la imagen de un pueblo diciendo basta", reflexiona.

Su familia también se sorprendió. "Me mandaban memes, me preguntaban qué me había pasado. Yo les dije: estaba endiablada. Era mucha emoción contenida". Su esposo Julio, su hijo Agustín y hasta los empleados de su comercio acompañaron todo el proceso. Le sostenían los carteles, le alcanzaban música, la ayudaban a colgar cintas. "La familia fue clave", reconoce. "No es la voz de una mujer. Es la voz de todos".

UNA HISTORIA QUE VIENE DE LEJOS

Amelia no grita seguido. No es de exteriorizar. No es de la calle. "Yo no soy así", le dijo en un mensaje de audio a Maldonado al pedirle una copia de la foto. Pero algo se activó en ella.

"Creo que en ese grito salió mi mamá, que siempre nos decía de chicos: ‘El día que tengan un problema, griten, que alguien los va a escuchar’. Y salió mi hija que vive en Madrid y que tiene la edad de Cecilia. Y salieron mis ancestros. Fue un grito que venía de lejos".

Quizás por eso, cuando le preguntan por qué esta causa la tocó tan profundamente, no habla de política, ni de coyunturas, ni siquiera de la violencia estructural contra las mujeres. Habla de amor. Del amor por sus hijos. Del amor por las generaciones que vendrán. "No sé si voy a tener nietos. Pero sí sé que quiero dejar un mundo mejor".

LA RESPONSABILIDAD DE NO OLVIDAR

Amelia no elude la dimensión política del caso. "Este clan existió porque hubo un poder político que lo permitió. Viene de más arriba. No podemos tener malos políticos, no podemos dejar de exigir", afirma sin rodeos.

Para ella, el veredicto fue un alivio, pero no un cierre. El miedo sigue. La lucha continúa. "No nos podemos olvidar. No podemos permitir que esto vuelva a pasar", repite.

Al final de la entrevista, pide algo que suena más a súplica que a frase: "No abandonen la causa. Sigan siendo nuestros custodios". Habla a los periodistas, pero también a la sociedad. A todos.

EL GRITO QUE NOS INTERPELA

La imagen de Amelia gritando no es solo la crónica de un juicio. Ni la emoción de un momento. Es el reflejo de algo más profundo: la fuerza de una ciudadanía harta del silencio y de la impunidad.

Es el retrato de quienes nunca marcharon, pero esta vez salieron. De quienes no militan, pero entienden que la justicia es una causa colectiva. De quienes no estaban acostumbrados a levantar la voz, pero descubrieron que es la única forma de ser escuchados.

En tiempos donde la indiferencia sigue siendo cómoda, donde la violencia parece repetirse en ciclos, esa foto nos recuerda una verdad simple y a veces olvidada: cuando una sociedad grita junta, no es ruido. Es memoria. Es advertencia. Es esperanza.

Y también es promesa.

Promesa de no callar más. Promesa de exigir. Promesa de cuidar lo que costó tanto conseguir. Promesa de nunca olvidar a Cecilia. Y de nunca dejar que el silencio vuelva a ser la regla.

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