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La vida convertida en algoritmo

A simple vista, los teléfonos celulares parecen herramientas que facilitan la comunicación, el trabajo y el entretenimiento, pero detrás de su aparente utilidad se esconde un complejo sistema que sorprendería a cualquier usuario. Cada interacción con un celular genera una enorme cantidad de datos personales, como ubicación, hábitos de navegación, contactos, preferencias, horarios de sueño o incluso estados de ánimo inferidos a partir de patrones de uso. Estos datos, que se recopilan constantemente mediante sensores, aplicaciones y conexiones a redes, permiten a las empresas tecnológicas rastrear, predecir e influir en el comportamiento de los usuarios con una precisión que hasta hace pocos años parecía impensable.

El usuario promedio desbloquea su teléfono decenas, a veces cientos, de veces al día. Sin saberlo, cada acción -un clic, una búsqueda, un desplazamiento de pantalla- alimenta algoritmos que aprenden sobre sus intereses, su ubicación y su estado emocional. La recopilación de información no se detiene cuando el dispositivo está inactivo, porque los sensores de GPS, WiFi, Bluetooth o acelerómetro continúan registrando datos que permiten construir un retrato minucioso de la vida cotidiana. Los llamados metadatos -información sobre cuándo, dónde y con quién se comunica una persona- resultan aún más valiosos que los contenidos explícitos, porque permiten anticipar comportamientos futuros. Así, los teléfonos registran lo que hacemos, pero también lo que probablemente haremos.

Este flujo constante de información nutre a un ecosistema en el que las grandes plataformas digitales -Google, Meta, Amazon, TikTok o Apple- y los llamados data brokers compiten por acumular, combinar y analizar datos personales procedentes de múltiples fuentes. Los algoritmos resultantes se utilizan para personalizar anuncios, ajustar precios, recomendar contenidos o priorizar determinadas noticias en los buscadores. De esa manera, cada usuario se convierte en un microobjetivo, moldeado por la información que se le muestra y por las opciones que se le ocultan. Lo que parece una experiencia personalizada es, en realidad, una estrategia diseñada para mantener la atención y estimular el consumo.

Las aplicaciones más populares aprovechan la información que generan los usuarios, es decir, están construidas deliberadamente para maximizar esa generación de datos. Su diseño psicológico se basa en mecanismos de recompensa intermitente, similares a los experimentos de la caja de Skinner. Las notificaciones, los "me gusta", los sonidos y los colores de las interfaces están programados para liberar microdosis de dopamina que impulsan al usuario a volver una y otra vez a la aplicación. Este ciclo de adicción digital aumenta el tiempo de uso y, con él, la cantidad de datos disponibles para el rastreo. Cuanto más mira la pantalla una persona, más predecible se vuelve.

Los datos agregados de millones de usuarios son utilizados para orientar campañas comerciales y políticas, influyendo en la opinión pública y en procesos democráticos. Escándalos como el de Cambridge Analytica mostraron cómo la información extraída de redes sociales se empleó para manipular a grupos específicos de votantes durante el Brexit y las elecciones de EEUU. Estas estrategias se basan en la segmentación extrema, ya que los algoritmos identifican vulnerabilidades psicológicas y emocionales para dirigir mensajes adaptados que buscan reforzar prejuicios o inducir comportamientos concretos. Lo que antes era propaganda masiva se ha convertido en micropropaganda personalizada.

La vigilancia digital también repercute en ámbitos menos visibles, como la economía o el acceso a servicios. Los perfiles generados por los algoritmos pueden determinar los precios de los productos que se ofrecen a cada usuario, las condiciones de un crédito o las oportunidades laborales disponibles. La supuesta neutralidad de la inteligencia artificial se diluye cuando los datos con los que se entrena están impregnados de sesgos sociales y económicos. En ese sentido, los teléfonos inteligentes actúan como sensores que registran la vida entera y la traducen en una puntuación invisible que condiciona el futuro de las personas.

Diversos pensadores han advertido sobre las consecuencias de esta hiperconectividad. En su discurso al recibir el Premio Princesa de Asturias 2025, Byung-Chul Han denunció que los teléfonos móviles han pasado de ser herramientas a convertirse en instrumentos de dominación. Según él, la digitalización sin control fomenta la pérdida de la capacidad de reflexión. Los usuarios, plantea el filósofo, creen ejercer libertad cuando, en realidad, están atrapados en una red de estímulos y datos que los convierte en producto.

Las empresas tecnológicas venden predicciones sobre el comportamiento humano. Lo inquietante es que esas predicciones, al ser utilizadas para influir en nuestras decisiones, terminan volviéndose autocumplidas.

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