Diego Romero: "No tengo miedo de perder la vista. Me daría más miedo perder las ganas"
Actor, asesor político y especialista en lenguaje no verbal, Diego Romero nació con una disminución visual progresiva. Hoy, mientras su visión se va apagando lentamente, elige no mirar desde la oscuridad, sino desde la curiosidad, el humor y la certeza de que hay muchas maneras de ver el mundo, incluso sin los ojos.
A Diego Romero lo conocí arriba de un escenario. Era actor antes que todo, dueño de una voz segura y un dominio corporal que parecía desafiar cualquier límite. Con el tiempo, la ficción dejó paso a la cotidianeidad: compartimos trabajo, charlas de oficina, mates, risas y silencios. Fue ahí, lejos de los focos, donde se reveló otra faceta de él: la del hombre que aprende cada día a ver el mundo de una forma distinta.

Su discapacidad visual —esa palabra que él nombra sin dramatismo, como quien pronuncia una parte más de su historia— no es nueva. "Mi problema de visión es de nacimiento", dice. "Fui perdiendo la vista de manera paulatina, a medida que iba creciendo. De chico me sentaba adelante de todo porque las maestras decían ‘si no ves, acercate’. Pero no entendían que tenía un problema serio".
Mientras los adultos intentaban comprender, los compañeros hacían lo que podían: le dictaban en voz baja lo que estaba escrito en el pizarrón, aunque se ganaran un reto por hablar en clase. "Ellos fueron mis primeros intérpretes de la realidad", recuerda.
La lista médica es larga: estrabismo, nistagmo, miopía, cataratas polares anteriores, lesiones con riesgo de desprendimiento de retina. "Es un cóctel", bromea, sin perder el humor. Las operaciones no son una opción, los tratamientos se limitan a anteojos que cada vez ayudan menos. Su madre y su hermano también tienen la misma condición: la herencia, dice, le enseñó desde chico a mirar sin ilusiones pero sin miedo.

"De chico me hice a la idea de que algún día iba a ver poco. Lo duro fue entender que la operación no era una opción y que lo único que podía hacer era adaptarme".
El eterno aprendiz
Si uno lo escucha hablar, es fácil entender por qué Diego se define como un eterno aprendiz. La curiosidad lo habita. Es de esos que pueden pasar de la filosofía a los datos curiosos en una misma frase. "Soy muy curioso. Me gusta conocer gente, profundizar en sus historias. Tengo adicción por el conocimiento… y por los datos inútiles también", dice riendo. "¿Sabías que las vacas tienen el estómago dividido en cuatro? ¡Fantástico!".
Entre risas, desliza su filosofía de vida: "El humor es una de las herramientas más sanadoras que tenemos".
A medida que la visión se fue reduciendo, cambió su relación con el mundo. Hubo renuncias inevitables. "De joven entrenaba karate a nivel competitivo en el CeNARD y más adelante judo tradicional. Pero cuando me avisaron que tenía alto riesgo de desprendimiento de retina, tuve que despedirme de los deportes de contacto." También dejó de andar en bicicleta y de manejar. "Pero todo eso me enseñó a reinventarme, a buscar nuevas formas de seguir disfrutando de la vida".
Lo dice sin victimismo, con la serenidad de quien entiende que hay batallas que no se ganan, pero sí se transitan con dignidad. "Me enseñó el poder de adaptación del ser humano. Podemos quedarnos tirados, pataleando y llorando por lo injusto que parece todo, o levantarnos y seguir adelante. Y sinceramente, prefiero la segunda opción".
Prepararse para la oscuridad
Diego sabe que su visión seguirá disminuyendo. Habla de eso con una mezcla de realismo y calma. "Lo primero que hice fue aceptar que ese futuro es una posibilidad real. No lo niego, pero tampoco dejo que me paralice".
Su preparación no es solo emocional, también práctica. Estudia braille, utiliza lectores de pantalla y explora herramientas tecnológicas que le permitan continuar con su trabajo. "No lo vivo como una tragedia, sino como una transición. Pasar del bastón verde al bastón blanco. Me gusta pensar que estoy ampliando mis recursos para seguir haciendo las cosas que amo, aunque sea de otra manera. No tengo miedo de perder la vista; me daría más miedo perder las ganas".

Esa frase —tan suya— resume su manera de habitar el mundo
Aunque tiene un bastón verde, símbolo de la discapacidad visual, no lo usa todo el tiempo. "A veces siento que usarlo sería como ponerle un cartel luminoso a mi discapacidad. Todavía estoy procesando eso. Por otro lado, hay una parte mía que quiere demostrarme que puedo, que todavía tengo cierta independencia".
Hace una pausa, como si se permitiera contemplar lo inevitable sin dramatismo: "Sé que en algún momento voy a tener que usarlo más, y cuando llegue ese día lo haré con orgullo. Pero mientras tanto, lo tengo ahí, como un recordatorio silencioso de que no soy menos por necesitar ayuda, solo distinto".

Entre la risa y la rutina
En su casa, la vida transcurre entre libros, pantallas y música. Diego estudia armonía musical, toca la guitarra, comparte mates con Meli —su compañera y sostén— y juega con Nina, su "perrija", como la llama. "Esas cosas me devuelven al presente, me recuerdan lo que realmente importa".
Su rutina incluye estudios permanentes: oratoria, lenguaje no verbal, música, programación, marketing, diseño gráfico. "Siempre estoy estudiando", dice. Lo hace con una pantalla de 32 pulgadas, viendo de cerca, escuchando audiolibros, usando lectores de pantalla. Y cuando el día se vuelve denso, apela a su fórmula: "Aprendí que reírse, incluso de uno mismo, es una forma muy elegante de no rendirse".
El peso de la mirada ajena
Cuando habla de la sociedad, su tono se vuelve más reflexivo. "La mayoría tiene una idea muy superficial de lo que significa vivir con disminución visual. Se piensa que una persona o ve todo negro o ve perfecto, y en el medio no hay nada. La realidad es mucho más compleja".

Describe días buenos y malos, fluctuaciones, adaptaciones constantes. "Tampoco hay mala intención —aclara—. Muchas veces es simple desconocimiento. Pero ese desconocimiento genera barreras invisibles, que son las más difíciles de derribar".
Le preguntan si alguna vez sintió que lo miraban distinto. "Sí, muchas veces. A veces te miran con lástima o te tratan como si fueras frágil, cuando lo único que tenés es una manera distinta de ver. Otras veces pasa al revés: te convierten en ejemplo de superación constante, como si cada cosa que hacés fuera heroica. Y no, simplemente es la vida. Cada uno hace lo que puede con lo que tiene".
Su respuesta más contundente, sin embargo, es la más simple: "Cambiaría la forma en que se nos percibe. No somos ni héroes ni víctimas: somos personas con una condición, punto. La discapacidad no define quién sos, solo condiciona cómo te movés en el mundo".
Miedos, humor y compañía
El miedo, admite, existe. Pero no por la ceguera. "El miedo más grande no es quedarme ciego, sino perder independencia. No poder trabajar, no poder valerme por mí mismo." Lo enfrenta preparándose, hablando, compartiendo. "Cuando lo que te asusta se dice en voz alta, deja de ser tan grande".
La fortaleza la saca de su entorno: Meli, su familia, sus amigos, su perrija Nina. "Todo eso me recuerda que no estoy solo y que tengo muchos motivos para seguir creando." También lo impulsa su propósito: enseñar, acompañar, comunicar. "Si lo que hago ayuda a otros, eso me levanta incluso cuando las cosas no salen como espero".
Y si hay un recurso que nunca falta, es el humor. "Si puedo reírme de algo, ya gané la mitad de la batalla".
Mirando atrás, dice que aprendió a hacer muchas cosas que antes parecían imposibles. Manejar herramientas digitales, moverse en entornos complejos, pedir ayuda. "Antes pensaba que pedir ayuda era una muestra de debilidad. Hoy sé que hacerlo no me hace débil, sino humano. La verdadera fortaleza no está en resistir solo, sino en aceptar que todos necesitamos a alguien, alguna vez".

Ver sin los ojos
Como especialista en lenguaje no verbal, Diego aprendió a leer el mundo desde otras señales. "Escucho más de lo que la mayoría escucha: los silencios, los cambios en la respiración, el tono real detrás de una palabra. El cuerpo habla incluso cuando está callado. No necesito ver un gesto para entender una emoción".
Lo que perdió de vista, lo ganó en percepción. "Me volví más intuitivo y más observador, aunque no sea con los ojos. A veces me doy cuenta de cosas que otros no registran, y no porque tenga un ‘don’, sino porque aprendí a prestar atención de otra forma".
Dice que hoy la vida la ve como una oportunidad para disfrutar. "Me concentro en no perder posibilidades. En ver todo lo que pueda antes de quedarme ciego del todo." Y lo cumple: se lo puede ver saltando en paracaídas, paseando en lancha o con una serpiente en el cuello. "Hay que vivir —dice—, no perder tiempo preocupándose por cosas que todavía no pasaron, aunque sepamos que van a pasar".

Lo invisible que se ve
En su día a día, los sonidos son brújula y compañía. "El sonido de mi guitarra, la voz de Meli, el ladrido de Nina cuando llego, el agua cayendo mientras preparo el mate. Son cosas pequeñas, pero muy mías." También las texturas: los objetos que reconoce al tacto, los espacios que aprende a recorrer con el cuerpo. "Todo eso me ordena, me da una sensación de control y de conexión con lo cotidiano".
Cuando se le pregunta cómo describiría un paisaje o una persona sin depender de la vista, responde sin dudar: "Por los sonidos que me rodean, el calor o frío que siento en la piel, los olores que se mezclan, y sobre todo por lo que me hace sentir ese lugar o esa persona. No depender de la vista hace que todo se vuelva más intenso, más cercano."
Epílogo: la luz que queda
Diego Romero aprendió que la claridad no siempre viene de los ojos. Que hay luces que se prenden en otros lugares: en la risa, en la empatía, en el deseo de seguir aprendiendo.
No niega lo que vendrá, pero tampoco se deja consumir por ello. Mientras tanto, estudia, enseña, ama, ríe, toca la guitarra, acaricia a Nina y escucha los silencios del mundo. Vive a contraluz, con los ojos que todavía ve, y con todos los demás que aprendió a abrir.












