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Entre el bono demográfico y la urgencia previsional

El país experimenta el envejecimiento de la población que está modificando la forma en que funciona la sociedad y plantea importantes desafíos para las próximas décadas. Este fenómeno se manifiesta en el aumento sostenido de la proporción de personas mayores dentro del total de la población, debido principalmente a la baja tasa de fecundidad y el aumento de la esperanza de vida. Es necesario, entonces, reflexionar sobre las implicancias sociales, económicas y culturales de este cambio y sobre cómo debe prepararse la sociedad para enfrentarlo.

En 2023, por primera vez en la historia del país, el grupo etario de 20 a 39 años superó en número al de los menores de 19. Actualmente, la tasa de fecundidad en Argentina se ubica en 1,4 hijos por mujer, muy por debajo del nivel de reemplazo generacional, que es de 2,1. Al mismo tiempo, la esperanza de vida aumentó seis años en las últimas tres décadas, que alcanza actualmente los 77 años. Estos indicadores reflejan una población que crece más lentamente y cuya estructura etaria se desplaza hacia edades más avanzadas.

Si bien este fenómeno de envejecimiento poblacional es parte de una transformación global que también afecta a gran parte de América Latina. Sin embargo, en el caso de la región, el ritmo del cambio es acelerado, ya que, en tan solo medio siglo, ha envejecido lo mismo que Europa en doscientos años. Pero eso no es todo. Para 2050 se espera que el 20% de la población sudamericana tenga 65 años o más, una proporción inédita que obliga a rediseñar muchas de las políticas públicas actuales.

Este proceso tiene efectos directos en el mercado laboral, el sistema de salud, las redes familiares y los sistemas de protección social. Por un lado, al disminuir la proporción de personas en edad activa, hay menos trabajadores contribuyendo al sistema previsional y más personas jubiladas que dependen de él. Esta situación presiona tanto a las finanzas públicas como a los ingresos de las familias. Además, muchos adultos mayores prolongan su vida laboral, muchas veces en condiciones de informalidad, lo cual genera precariedad e inseguridad económica en la vejez.

El sistema de salud también, en tanto, enfrenta una carga que se hace sentir. Las personas mayores requieren más atención médica, especialmente por enfermedades crónicas y degenerativas, lo cual eleva los costos sanitarios. A medida que la longevidad aumenta, también se incrementa el período durante el cual los individuos necesitan cuidados, algunos de los cuales son complejos y prolongados. En el caso de Argentina, gran parte de estos cuidados recaen en las familias -y dentro de ellas, mayoritariamente en las mujeres-, lo que genera una sobrecarga no reconocida ni remunerada.

Frente a este escenario, el país todavía cuenta con una ventana de oportunidad, que es el bono demográfico. Hasta el año 2035, Argentina tendrá más personas en edad activa que dependientes (niños y adultos mayores). Esta ventaja permite, si se gestionan bien los recursos, invertir en infraestructura, educación y salud para enfrentar el futuro con mejores herramientas. Pero es una oportunidad que no se mantendrá por siempre y cuya inacción podría generar consecuencias graves a mediano plazo.

Las políticas públicas deben anticiparse al futuro. Es urgente rediseñar los sistemas de pensiones para asegurar su sostenibilidad, ampliar el acceso a cuidados de larga duración, reforzar la cobertura de salud para los mayores, promover el envejecimiento activo y combatir la discriminación por edad. Al mismo tiempo, se deben implementar estrategias para aumentar la participación laboral, mejorar la productividad y formalizar el empleo, especialmente en los sectores que hoy están excluidos del sistema previsional.

Por otro lado, el cambio demográfico exige un nuevo enfoque cultural sobre el envejecimiento. Dejar de ver la vejez como una etapa pasiva y dependiente y empezar a concebirla como una fase más de la vida, con derechos, capacidades y necesidades propias. Esto implica reconocer el valor de la experiencia y fomentar la participación social y económica de los mayores en todos los ámbitos.

El envejecimiento de la población es un proceso irreversible que debe ser asumido con responsabilidad y planificación. Es un desafío que, si se enfrenta con políticas públicas adecuadas y una transformación social profunda, puede dar lugar a una sociedad más inclusiva, equitativa y cohesionada. Aprovechar el bono demográfico actual y prepararse para el futuro es la clave para asegurar una buena calidad de vida a las generaciones presentes y futuras.

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