El Loco Emilio o Tikirii Muzeta
Tikirii Muzeta era una postal de la laguna Argüello, por su extraña vida y su impronta de características tragicómicas.

Tikirii Muzeta, como lo llamábamos cuando queríamos hacerlo enojar, armó su rancho al borde de la laguna Argüello, frente a la casa de Fernando Ortega (de profesión pintor, letrista y cantor, dueño del perro Fernando). Por su profesión, "El Brujo Ortiz" —como se autotitulaba en sus carteles— era el enemigo íntimo del Loco Emilio y le dedicaba carteles alegóricos y sarcásticos, firmados como El Brujo, que lo atemorizaban y lo llenaban de cólera.
Alto, flaco, con casi dos metros de altura, con pinta de alemán.
Cuenta la historia que llego a la Argentina disparando de la guerra, con la locura a cuestas, y recaló en Santa Fe. Por qué arribo al Chaco, nadie lo sabía, pero sí decían que lo hizo caminando y con una carretilla a cuestas.
Su porte era gigantón; parecía esos anunciadores de circo que van sobre zancos, con pantalones coloridos a rayas. De profesión soldador de hojalata y aluminio, caminaba cargado de ollas y cacharros como un Ekeko, y con su vozarrón entre agudo y afónico vociferaba ofreciendo sus servicios. Su talón de Aquiles era cuando lo llamaban Tikirii Muzeta, y se transformaba tipo Cariseca.
Los pibes del barrio, que sabíamos esta debilidad, lo llamábamos con maldad por su apodo y la ira ganaba su inmensidad y sus insultos se hacían interminables: "Que se te pudran los sesos, hijo de p…" era el más liviano, de ahí en más son inenarrables, y te corría con unas zancadas que impresionaban.
Emilio leía el diario El Territorio que le facilitaba la señora de Velozo, bajo el farol de la esquina. Por las mañanas llegaba a la carnicería de Bonasoli, en Córdoba y Monteagudo, y allí le regalaban un bofe que llevaba a su rancho y hervía en una palangana de zinc, y ésa era su comida predilecta.
Don Emilio, esencia en sombras, hoy lo veo como ayer.
Escribía de él Adrián Fuentes:
"Altanera su mirada, sereno y firme su andar,
cuerpo flaco, piernas largas, pies descalzos al caminar.
Una pulsera de cobre, collar de alambre torcido,
pantalón lleno de parches, ese era su vestido.
Siempre a su torso desnudo, magullones lo arañaban.
¿Brujas? las de la noche, ellas siempre asechaban.
Lo recuerdo caminando en esas siestas desiertas,
como lo estaba su cuerpo, y con sus manos abiertas.
Las calles resistencianas acompasaban su andar,
alto, sereno y altivo, su blanco aura brillar ¡El loco! el Loco Museta…
…Hoy me vuelvo a preguntar, de su alegría, sus sueños,
del pesar de los caminos que marcaron su destierro.
Don Emilio, ¡Tiquirii MuZeta! Hoy lo vuelvo a recordar.
¿Cuál habrá sido su historia? ¿Cuál ha sido su final?
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