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Falleció Miguelito Acevedo, un personaje histórico de NORTE

Durante décadas fue uno de los telefonistas del diario. De gestos austeros y corazón enorme, llevaba semanas luchando contra un complejo cuadro respiratorio. Deja el recuerdo de su nobleza, siempre a disposición de quien quisiera descubrirla.

Cada espacio humano tiene sus personajes que lo identifican y le dan un sabor, un color, una topografía emocional. En NORTE por supuesto que también los hay y los hubo. Uno de ellos acaba de irse hoy. Miguelito Acevedo, un telefonista histórico de este diario. Tenía 64 años.

Era un hombre de gestos austeros y un corazón enorme. A primera vista, Miguelito era un pelado de pocas pulgas que podía enojarse fácilmente. Pero cuando uno se dedicaba a conocerlo, descubría a una persona afable, siempre interesada por la suerte de los demás, que pedía poco y nada para ser feliz.

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Miguelito Acevedo en su lugar de trabajo. Llevaba cuatro décadas siendo parte de NORTE.

Aferrado a su fe en Dios y al manubrio de su bicicleta, llegaba infaliblemente casi una hora antes del comienzo de su turno. Era de los tiempos en que las responsabilidades se asumían a cualquier costo. Si Miguelito faltaba era que algo grave, muy grave, le había sucedido.

Es verdad que se fastidiaba con facilidad. En los años en que los celulares no existían ni en la imaginación de la gente, solía sentirse abrumado con la intensa misión de atender las llamadas entrantes a las líneas fijas del diario y los pedidos de los periodistas que desde la Redacción solicitaban comunicación con algún potencial entrevistado. En esos días sobrecargados, un diálogo habitual podía ser el siguiente:

-¿Hola?

-Hola Miguelito, pasame por favor con la secretaría privada del Ministerio de Economía, para...

-¡Clac!

Al rato, la comunicación llegaba. 

Miguel pasó por todos los turnos, y en estos últimos años había recalado en el de las noches. No le disgustaba estar solo, porque en realidad nunca lo estaba. Tenía una conexión especial con Dios, y hasta en los peores momentos su fe dibujaba un horizonte. 

Hombre de agradecimientos profundos, para él la amistad era cosa seria. Si uno en la madrugada pasaba por el diario y lo saludaba, lo retribuía con una alegría llana y plena. Porque cuando se enojaba, Miguelito se enojaba mucho, pero cuando se reía, reía mucho más, con una carcajada que seguiremos escuchando en los pasillos del alma.

Hasta siempre, querido amigo.

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