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Los riesgos de vivir en una sociedad polarizada

En su ensayo "Construir al enemigo", el semiólogo y filósofo italiano Umberto Eco plantea que toda sociedad necesita un enemigo. Esta figura, según el autor de "El nombre de la rosa", sea real o construida, cumple funciones sociales esenciales como la definición de la identidad grupal y la cohesión interna. Sin embargo, el mismo autor advierte que cuando esta necesidad se lleva al extremo, se abren las puertas a una polarización social que amenaza la convivencia y los principios fundamentales de la democracia.

Eco observa que la identidad de un grupo no se construye solamente desde adentro, sino también en oposición a un "otro". Este enemigo representa todo aquello que el grupo rechaza, teme o necesita combatir simbólicamente. Al definir lo ajeno, el grupo fortalece lo propio. Así, se genera un sentido de pertenencia más fuerte, una narrativa común y un objetivo compartido. En rigor, esta dinámica ha sido constante a lo largo de la historia en conflictos religiosos, guerras nacionales y rivalidades ideológicas.

Dicho de otro modo, la figura del enemigo cumple una tarea clave en la estabilidad psicológica y social de los grupos humanos. Como lo explica Eco, canalizar hacia el exterior las frustraciones internas evita que las tensiones destruyan la cohesión del grupo. También ofrece un escenario simbólico en el que el grupo puede medir sus valores y probar su coraje frente a un obstáculo. Sin embargo, este mecanismo también conlleva riesgos profundos, especialmente cuando se institucionaliza o se convierte en la base de una estrategia política permanente. En una sociedad extremadamente polarizada, el enemigo deja de ser una figura ocasional y se transforma en una presencia constante. Ya no se trata de diferencias ideológicas legítimas, sino de la imposibilidad de coexistencia. En este escenario, el "otro" no es un adversario democrático, sino una amenaza que debe ser derrotada, excluida o eliminada simbólicamente.

Uno de los principales peligros de esta situación, según Eco, es la manipulación del miedo como herramienta de poder. Los líderes y movimientos que se benefician del conflicto construyen enemigos ficticios o exagerados para movilizar apoyos, justificar decisiones autoritarias o consolidar sus posiciones. En lugar de buscar consensos, se alimenta la lógica del enfrentamiento permanente, en la que no hay lugar para el interés común, sino solo para la victoria sobre el contrario. La política se transforma así en un juego de suma cero.

Esta estrategia fragmenta el tejido social, porque cuando la sociedad se divide entre "nosotros" y "ellos", desaparece la posibilidad del diálogo. Las diferencias ya no se abordan desde el disenso democrático, sino desde la desconfianza y el desprecio. Las personas dejan de verse como conciudadanos y pasan a verse como enemigos ideológicos o morales. Esta visión binaria reduce la complejidad social a estereotipos y prejuicios, impidiendo la empatía y la cooperación. En segundo lugar, debilita las instituciones democráticas. En un contexto polarizado, los valores democráticos —como la libertad de expresión, el pluralismo, la negociación y el respeto por las minorías— son vistos como obstáculos en lugar de verlos como garantías. Los disidentes son etiquetados como traidores, los periodistas como enemigos del pueblo, y los jueces como cómplices del adversario. Así, se abre el camino al autoritarismo, muchas veces con el respaldo de una parte de la ciudadanía que, temerosa o manipulada, apoya medidas que restringen sus propias libertades.

Tercero, la polarización extrema puede hacerse crónica. Cuando el conflicto es permanente, la sociedad se acostumbra a vivir en tensión. Se debilitan los lazos sociales, se deteriora el diálogo cívico y se pierde la confianza mutua, elementos esenciales para cualquier proyecto colectivo. El enemigo deja de ser una construcción simbólica y se convierte en una obsesión constante, que impide avanzar hacia soluciones reales a los problemas comunes.

Umberto Eco no niega la necesidad funcional del enemigo en la construcción de identidad, pero advierte que este mecanismo debe ser reconocido, comprendido y, sobre todo, limitado. Cuando se convierte en herramienta estructural de la política o la cultura, deja de ser un recurso simbólico para convertirse en una amenaza real a la convivencia pacífica y democrática. No se trata de negar las diferencias, sino de aprender a convivir con ellas sin convertirlas en trincheras. La democracia requiere adversarios simbólicos que pongan a prueba las propias convicciones, pero no puede sobrevivir si esos enemigos se transforman en excusas para la exclusión, la violencia o el autoritarismo.

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