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Algunos temas de nuestros (inciertos) tiempos algorítmicos

Como un refresh de aquel título del libro de Ortega y Gasset de 1923 (El tema de nuestro tiempo), atravesamos una era en la que aun contando con leyes establecidas vivimos en un mar de incertidumbre, ya sea cultural, económica y política; no solo en la región sino a nivel planetario.

El pensamiento busca la verdad y cada era la persigue de forma diferente. Puede que como una continuación de lo anterior u otras de modo existencialista, cambiar de raíz. Tabula rasa, palabra de moda. Comprender una era no puede hacerse sin dejar de tener en cuenta los cambios ideológicos, políticos, tecnológicos y en ellos el patrón de la sensibilidad ante la vida, y esto viene determinado por las generaciones. El concepto de generación configura a una masa de hombres y mujeres que comparten un tema sensible, dado por el qué, el cómo y el por qué de su existencia. Aquí yacen las barreras morales, preferencias éticas y estéticas del ser humano. Cada generación tiene un fin que materializar, o al menos debería. Este dato sería el tema de nuestro tiempo. 

¿QUÉ QUEREMOS? PREGUNTEMOS AL ALGORITMO

Las pantallas encendidas hasta altas horas -que conectan muchas veces con el alba- y el algoritmo hacen lo suyo. El algoritmo es un código cibernético que se asocia a un patrón humano de búsqueda. Aquí es cuando ya no es la razón la que gobierna sino el bot detrás del algoritmo programado para que consumas lo que el sistema te ofrece. El poder automatizado de un like a un video o foto, incrementado por el adormecimiento del pensamiento crítico, hacen que con cada touch de pase de página o posteo, escenas aberrantes pasen desapercibidas. Banalidad del mal en la era 2.0. Todos somos bellos, todos somos flacos, todos somos ricos, todos somos exitosos. Pero este marketing y coaching de nuestro falso éxito perece por lo efímero de las circunstancias.

Este mundo nos exige exaltación constante. Cada ciberimagen o video nos excita inconscientemente a lograr otra de mayor impacto, no importa a qué costo. La dopamina hace lo suyo. Vivimos el día a día, el presente, pero no como mensaje budista espiritual del aquí y ahora, sino del "mañana vemos qué onda". El tiempo corre y la historia se va contando sola sin que nos demos cuenta de que somos víctimas/victimarios de un mundo narcisista. Nos olvidamos que nuestro final se halla tatuado con tinta indeleble, aunque invisible en nuestro lomo, sin conocer la fecha ni el momento. El final no es tomado como combustible para pelear por nuestras ilusiones. Como diría Fernando Pessoa, "somos cuentos contando cuentos", historia contando historia, pese a que en un futuro próximo no podremos contar nuestro presente como historia pues no fuimos conscientes de cómo y cuándo la escribimos.  

El poder y, con ello, el de asentar verdades, se ve fragmentado. La voluntad de poder digita la verdad. Así como vivimos en una inédita época de fragmentación política, la verdad se ha despedazado en varias realidades. El poder fragmentado se presenta en espejo con otros que presentan su verdad, y en clave de dominación o verticalidad, procuran imponerse uno sobre otro. No hay espacio para matices. En otros tiempos era el poder estatal con uniforme el mensajero de la coacción. Hoy se infiltra en cada orden de nuestras vidas de modo silencioso con la finalidad exitosa de manipulación y transformación de nuestras conciencias, y no necesariamente son de carácter estatal. Son lectores de nuestros deseos y en ese hilo se abren puertas, aun con posibilidad de información falsa (fakenews), de entrar en trance de estupidez y ser manipulados. Sí, chequear la verdad da fatiga, para eso tenemo San Google u otro agente del caos como influencers diplomados sin diploma.  

EL SISTEMA ES EL LOBO DEL HOMBRE

Tampoco puede desentenderse esto del rol de las plataformas digitales como laboratorios del poder. No median entre la realidad y el intérprete, sino que reescriben una nueva, no reflejan realidad, crean una nueva en base al registro de comportamientos, anticipando y dirigiéndolos. "We are monkeys", dijo Jeffrey Goines, aquel personaje interpretado por Brad Pitt en la obra maestra de Terry Gillian (Twelve Monkeys, 1995) en un dialogo filosófico en un manicomio con el personaje de Bruce Willis en alusión a los requerimientos del sistema y cómo el hombre, de experimentar con animales en investigaciones, se vuelve punto de experimento e investigación del sistema capitalista. "Ahí está la televisión, todo está ahí, ya no nos necesitan, está todo automatizado, somos consumidores, compra muchas cosas y serás un buen ciudadano. No compras y ¿qué eres? un enfermo mental." Esa televisión es la que hoy es reemplazada por las plataformas digitales que obstaculizan la posibilidad de resistencia pues la sociedad se encuentra en hipnosis por la economía de trance y algoritmo. Esta no controla los medios físicos de producción sino en el control de los estados de conciencia, ¿Para qué quiero fábricas si poseo a las mentes bajo mi control? Además, la resistencia puede pisarse los cordones ya que la sociedad hipnotizada no opera como sistema cerrado y por ende puede asimilar cualquier clase de resistencia. No puede irse en contra de este escenario sin entender su lógica. 

HYPNOCRACIA: ¿IMPORTA EL AUTOR O LA TESIS?

"Hypnocracy. Trump, Musk, and the new architecture of reality" (Hipnocracia. Trump, Musk, y la nueva arquitectura de la realidad), es -puede decirse- el libro del año, escrito por el filósofo de Hong Kong Jianwei Xun. La particularidad del libro es que no solo no fue escrito, sino que Xun no existe. Es un personaje ficticio aparentemente creado por un ensayista italiano que, mediante interacción con la IA, logró dar a luz esta obra bajo un autor inexistente. La fake del año. Lo interesante del libro es su tesis. En resumen, que la economía de plataformas es una economía de trance permanente, vivimos en una sociedad algorítmica e hipnótica, donde cada aspecto de la existencia está mediado por tecnologías de sugestión. 

La hipnocracia es la forma perfecta de capitalismo en la era digital, como sistema donde el poder económico, político y tecnológico convergen en la capacidad de inducir, mantener y modular estados alterados de conciencia a escala global, donde las plataformas digitales configuran los lugares más hostiles de atravesar, al ser nuevos laboratorios del poder. La democracia y su destino son gestionados en estos espacios. Además, manifiesta el "autor", que el rol de la IA en este campo de trance es preponderante, ya que no solo es un cambio tecnológico, sino que perfecciona el poder de hipnocracia. 

Desde ChatGPT, hasta Midjourney, no son solo simples herramientas, sino que generan realidad con capacidad de crear flujos infinitos de contenido que difuminan la ya frágil frontera entre la expresión auténtica y la artificial. En concreto, expresa que lo que hace que la IA sea adecuada para el control hipnocrático no es la capacidad de engaño, sino para generar una multiplicidad de versiones plausibles de realidad en forma simultánea. Cada respuesta es convincente a su manera, donde las contradicciones son perfectamente camufladas. El sistema no precisa determinar cuál es la versión real sino mantener las diferentes versiones de respuestas en circulación de modo perpetuo. 

Lo relevante del libro es que su tesis, aun ante un autor ficticio, es perfecta. Una correcta interpretación del escenario presente en la relación de los seres humanos con las diferentes plataformas virtuales, como sujetos manipulados. Así las cosas, si la tesis es correcta poco importa si fue efectuada por un bot o un humano, mas allá del shock de la novedad, a la que nos tendremos que acostumbrar indefectiblemente. 

Control digital es control social mediante la persuasión y manipulación de las mentes. Lo que antes se hacía por la fuerza hoy es el ser humano quien se somete a su invención. No es antojadizo ni ajeno el enojo de gran parte de la ciudadanía con las instituciones de la democracia. Las plataformas virtuales les han dado lugar a personas -otrora anónimas- para ser visibilizadas, y poder oír su voz, desde Greta Thunberg a Carlota Bruna; pero también a una legión de estúpidos cuyas expresiones en las redes son tomadas como la verdad revelada por un público no menor. 

Masificación de la estupidez mas una sociedad carente de educación es la combinación perfecta para los agentes de la hypnocracia. Manejar un ejército de sonámbulos cae en la reposera de la sumisión y manipulación de la conciencia, aun ante la multiplicidad de relatos y realidades. A su vez, la identificación con un actor relevante de dichas plataformas por ser víctima de malas políticas, agresiones, humillación, frustraciones, exclusión, incrementan el repudio por las instituciones democráticas. El algoritmo hace su jugada ofreciéndonos incrementar este enojo sin darnos cuenta de que también somos víctimas del mismo. La diferencia es que no podemos elegir cambiar cada cuatro años a Zuckerberg, Musk o Altman.  

POR LAS NOCHES LA SOLEDAD DESESPERA

Lo cierto es que en tiempos de redes sociales y de estar conectados se vive un estado de soledad permanente. La búsqueda de estados dopamínicos constantes y de llenar vacíos existenciales están llevando a profesionales de la psicología a tener mas trabajo que en otras épocas. Escapamos de la soledad buscando tapar huecos espirituales con entretenimiento, validación mediante un me gusta o cuantas personas reproducen los videos que se suben a las redes. 

Se valida a la gente no por relaciones reales de empatía sino por la cantidad de me gusta y seguidores. El efecto dopamínico placentero cortoplacista nos pide mantenerlo mediante la búsqueda de contenido y entretenimiento constante. 

El placer no es felicidad. Como diría Jonathan Haidt, escritor esta vez sí humano, en otro gran libro del año (The Anxious Generation, "How the Great …", Penguin Press 2024), la liberación de dopamina es placentera, pero no produce una sensación de satisfacción sino que nos hace desear mas de lo que desencadenó dicha liberación. La falta de estímulos, especialmente en los pibes, lleva a adicciones como al juego online (tan tolerado como el consumo de alcohol), o depresión y luego al suicidio.    

EL NO LOGO DE LA POLÍTICA

La era del algoritmo también tiene su incidencia en este escenario de odio a la política. En una de las mejores series de los últimos tiempos (Black Mirror, capítulo "el asunto Waldo", 2da temporada), se relata la historia de un oso digital en una pantalla led que participa como columnista de humor en un programa de tv, manejado en las sombras a través de un dispositivo, por un ser humano, incluso imitando sus gestos. Es tal el nivel de popularidad que tiene, especialmente luego de una situación de bullying a un político (que representaría a lo hoy denominado casta) en el programa, que el productor propone al creador del personaje presentarlo a elecciones legislativas (¡sí, al oso digital!), compitiendo con el citado político, y otra que representaría a "la buena política". La finalidad del productor era exportar en un futuro las ideas de política mediante odio y burla (a la política) a todo el mundo con la imagen del oso Waldo, lo que terminó siendo así. 

Quedemos con el oso como logo, como idea. Cualquiera de nosotros podría estar detrás de Waldo mientras sea Waldo, mientras sea la idea. En caso de fallar quien manipule al oso, vendrá otro en su reemplazo que siga cimentando la idea. Esto es lo que viene ocurriendo con Occidente hoy en día. Cualquier semejanza con la realidad se verá con el tiempo si es pura coincidencia.     

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