¡Belgrano sí que merece un banderazo!
Era más apto para la diplomacia que para la guerra. Pero la patria necesitaba soldados. Entonces abrazó la carrera de las armas.
El año 1820 es famoso en la historia argentina. El año en que el país vivía su más tremenda anarquía, el año en que ya nadie, salvo San Martín, se acordaba de epopeyas recientes como la conquista del Perú.
Fue el año en que la ambición por el poder desbordaba todos los espíritus, el año en que comenzó eso que tan bien describiría Sarmiento en su libro "Facundo o Civilización y Barbarie".
Fue el año en que la unión de las provincias quedó disuelta y el edificio social argentino quedó conmovido hasta sus cimientos. El año en que la más negra anarquía tiñó de sangre los campos de las provincias, porque todas ellas eran teatros de feroces guerras de exterminio.
Fue el año en que los gobiernos a veces duraban sólo una semana, el año en que ardía en todas partes el fuego de las contiendas domésticas y las provincias tenían más interés en devorarse unas a otras que enfrentar al enemigo común que estaban a las puertas: el ejército español.
Si los españoles no hubieran concentrado su atención en los hombres que San Martín había depositado en las costas del Pacífico, habrían atacado libremente y hubieran encontrado débil resistencia en todo el territorio de las ex provincias unidas.
Y fue también ese el fatídico año en que murió pobremente el general Manuel Belgrano, eternamente merecedor de los más resonantes banderazos. No como otros u otras de dudosa moral política del pasado y del presente
Pudiendo haber sido un hombre rico, tan profunda era su indigencia que al momento de morir no tenía un solo peso, y los parientes debieron costear su entierro.
Un prócer ejemplar
Era un hombre sumamente refinado, desprendido, austero, ilustrado, de comprobables virtudes cívicas, delicado en su forma de andar, e incluso de hábitos afeminados.
Al comenzar el movimiento independentista argentino, se desempeñaba como Secretario "Perpetuo" del Consulado de Comercio de Buenos Aires. Sin embargo, después, aunque comprendía y entendía lo mucho que se jugaba, abrazó la causa de Mayo.
Su trato fino y delicado era diametralmente opuesto a lo que se supone que debe ser un soldado, y, contrariamente a su amigo San Martín, no tenía aptitudes militares, no sabía nada de los principios del arte de la guerra.
Era más apto para la diplomacia que para la guerra. Tanto era así que al principio de la revolución lo comisionaron a Londres.
Pero la patria necesitaba soldados. Entonces, se dedicó de lleno al estudio de la ciencia de la guerra y abrazó la carrera de las armas.
Así se operó en él una repentina transición. El cómodo burócrata se convirtió en austero soldado.
Así fue como, por necesidades del momento, nació el general Manuel Belgrano, futuro creador de la bandera de Argentina, conductor del éxodo jujeño y vencedor en las batallas de Tucumán y de Salta.
Soldados agricultores
En determinado momento, sus fuerzas consistían en dos mil quinientos hombres de todas las armas, siempre mal pagos y para cuyo sostenimiento únicamente disponía de los magros trescientos pesos mensuales que le mandaba Buenos Aires.
Era sorprendente la vida austera de Belgrano y los "ajustes" que hacía en el ejército.
En materia de números, era rígido con el lápiz, tanto que hasta para los gastos de tres y cuatro pesos las órdenes venían firmadas de su puño y letra. En Salta, entregó a cada regimiento una porción de terreno para huerta, que debía ser cultivada por los soldados.
Nada faltaba en este sentido, y los frutos que sobraban se vendían a beneficio de cada cuerpo.
Nada de estas cosas impedía que, sin embargo, Belgrano llevara una vida tan activa y vigilante como si permanentemente estuviera acampado al frente del enemigo. Una parte del día la destinaba al descanso y el resto al estudio. Por la noche no dormía.
Le encantaban las excursiones nocturnas, por lo que después de cenar montaba a caballo acompañado de un edecán para recorrer los cuarteles y patrullar la ciudad.
Los soldados estaban obligados a dormir en sus respectivos regimientos, y pobre del que era encontrado vagando por las calles.
Como diría Jorge Luis Borges, el general Belgrano, además de ser quien era, era un estilo.
Murió aquel nefasto año 1820, el 20 de junio, el día en que la caótica Buenos Aires tuvo tres gobernadores.
Cuentan que algunas de sus últimas palabras fueron: "Yo espero que los buenos ciudadanos de esta tierra trabajarán para remediar sus desgracias. ¡Ay, patria mía!".
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