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Cambios sociales en un país con gran extensión territorial

La sociedad argentina viene experimentando cambios estructurales que afectan, de manera particular, a la composición de las familias. Se trata de un largo proceso que, aunque lleva varias décadas, se acentuó en los últimos años. En ese sentido, uno de los datos más relevantes representa la caída en la tasa de fecundidad que pasó de 1,7 hijos por mujer a 1,4 según el censo 2022, acumulando una reducción de más del 40% en menos de una década.

Varios estudios demográficos analizan el fenómeno relacionado con la nueva conformación de las familias en un país con gran extensión territorial. El informe "Estructuras familiares y cambios sociales. Una mirada de la realidad argentina" del Observatorio del Desarrollo Humano y la Vulnerabilidad de la Universidad Austral, es uno de los más recientes. Este trabajo revela que la disminución en la tasa de fecundidad es más marcada en zonas urbanas y en estratos sociales y niveles educativos más altos, acompañada de una reducción en el tamaño promedio de los hogares. Los datos indican que los ingresos y los contextos económicos tienen un impacto importante en esta caída de la natalidad. Si se observa con detenimiento, hay una fuerte correlación entre la cantidad de nacimientos y variables como el PBI, la población económicamente activa y el empleo. Dicho de otra manera, en escenarios de inestabilidad económica y deterioro del empleo, las familias tienden a postergar la decisión de tener hijos. Pero atención, esta es solo una variable que podría explicar un fenómeno que se registra en la mayoría de los países (excepto en los de África) lo que demuestra la complejidad del asunto. Volviendo a la Argentina, se observa por ejemplo un aumento en la cantidad de hogares, pero con menos habitantes en cada uno de ellos. Los hogares unipersonales crecieron del 13% en 1991 al 25% en 2022. Mientras tanto, la cantidad promedio de miembros por hogar bajó de 3,6 a 2,9 en ese mismo período.

Los hogares monoparentales, en tanto (especialmente aquellos con jefatura femenina), aumentaron en forma considerable. Ocho de cada diez hogares monoparentales están a cargo de mujeres, y en éstos se incrementa la presencia de adultos mayores, evidenciando una carga de cuidado que recae más en las mujeres que en los varones. Como se ha señalado ya en otras oportunidades en esta misma columna, estos cambios estructurales en las familias reflejan transformaciones sociales que requieren una revisión de las políticas públicas, que se deben pensar para el largo plazo. Según los investigadores del fenómeno, es necesario repensar políticas familiares integrales que incluyan aspectos de población, educación, vivienda, salud, cuidado y empleo para adaptarse a esta nueva realidad social.

El informe del citado Observatorio subraya la necesidad de diseñar estrategias que fomenten la inclusión laboral y condiciones laborales adecuadas como pilares para el desarrollo social con inclusión, la reducción de la desigualdad y la dinamización de la economía. Se está ante un fenómeno que no se debe subestimar. Es que la disminución de la tasa de natalidad y el envejecimiento poblacional son una prueba de fuego para la sostenibilidad del sistema de seguridad social y para el mercado laboral, ya que habrá menos personas en edad activa para sostener la economía y mayor presión sobre los servicios de salud y cuidado. Por otra parte, la reducción del tamaño de los hogares y el aumento de hogares unipersonales y monoparentales, especialmente encabezados por mujeres, modifican los patrones de consumo y ahorro. Estos cambios pueden afectar la demanda de bienes y servicios, ya que familias más pequeñas y con menor ingreso disponible tienden a ajustar sus gastos, lo que influye en el dinamismo de la economía. La precarización laboral y la pérdida de una clase media sólida afectan la capacidad de las familias para consumir, invertir y planificar a largo plazo. Como contrapartida, el aumento del consumo individual y el acceso al crédito personal impulsan el consumo, pero también fomentan un individualismo que puede debilitar la cohesión y los proyectos familiares a largo plazo, afectando la estabilidad económica de los hogares y, en consecuencia, la economía nacional.

El aumento de hogares sin hijos refleja una nueva realidad familiar que modifica la estructura de la sociedad. La cuestión amerita un debate serio y responsable en un país rico en recursos naturales, que figura entre las diez naciones con mayor extensión territorial del mundo.

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