Sabiduría en tiempos de polarización
En una época dominada por la polarización, donde los discursos políticos se vuelven cada vez más hostiles y las divisiones ideológicas parecen insalvables, la figura del recientemente fallecido José Mujica, ex presidente de Uruguay, se destaca como un símbolo de sensatez, humildad y sabiduría. Nacido el 20 de mayo de 1935, fue protagonista de una vida marcada por la lucha, la cárcel, el poder y, sobre todo, por una ética política profundamente humana.
Mujica gobernó Uruguay entre 2010 y 2015, pero su notoriedad traspasó las fronteras del vecino país. El mundo lo conoció como "el presidente más pobre del mundo", apodo que aceptó con ironía. Vivía en su chacra, una pequeña granja en las afueras de Montevideo, donaba gran parte de su salario y manejaba un viejo Volkswagen. Esta forma de vida sencilla fue coherente con sus discursos y decisiones políticas, ganándose el respeto de muchos, incluso de sus adversarios.
En agosto del 2011, siendo presidente, vino al Chaco y visitó la ciudad de Villa Ángela, donde volvió a dar muestras de su austeridad. Sin embargo, reducir a Mujica a ese aspecto de su personalidad sería minimizar el impacto de su paso por la gestión de los asuntos públicos. Lo que realmente lo diferenció fue la claridad de pensamiento y la capacidad de encontrar puntos de encuentro en medio de la confrontación. En estos tiempos, en los que emergen figuras de la política que eligen el insulto, el destrato y la denigración, el ejemplo del ex presidente uruguayo demuestra que se puede liderar sin agresiones y que es posible construir puentes sin renunciar a los principios.
Una de sus frases más recordadas —"el poder no cambia a las personas, sólo revela quiénes verdaderamente son"— resume su filosofía. Mujica no buscó el poder para acumular privilegios, sino como una herramienta para servir a la gente. Su paso por la presidencia no estuvo exento de críticas, pero dejó huellas profundas en las políticas sociales y de derechos humanos del vecino país.
El origen de esa sabiduría no es, precisamente, académico ni tecnocrático. Mujica vivió en primera persona la violencia de los años 60 y 70. Pasó más de una década en la cárcel, buena parte de ella en condiciones infrahumanas. Esas experiencias no lo volvieron rencoroso, sino una persona más reflexiva. Al salir de prisión tras el regreso de la democracia en el año 1985, eligió transitar el camino de la política institucional, convencido de que el cambio no se construye con violencia, sino con consensos.
En sus entrevistas que concedió a periodistas de distintos países, habló de la necesidad de vivir con austeridad, del valor de la libertad interior y de los peligros de una sociedad que vive obsesionada con el consumo. En la Conferencia de Río+20 en 2012, su intervención sorprendió al mundo, cuando dijo "venimos al planeta a ser felices", cuestionando el modelo de desarrollo basado en la acumulación y defendiendo una visión más humana y sostenible.
En tiempos de polarización extrema, alimentada por las redes sociales, donde algunos dirigentes eligen explotar el miedo y la ira, Mujica se mantuvo como una voz serena. Como presidente del Uruguay, no se dejó arrastrar por la confrontación fácil. Ha sido crítico tanto de los extremos, buscando que el ejercicio de la actividad política esté centrado en la dignidad humana.
La sabiduría de Mujica no estuvo basada en la imposición de ideas, sino en abrir conversaciones. Su estilo no fue el de quien grita más fuerte, sino el de quien supo escuchar y hablar con la autoridad que da la experiencia. Cuando la política se dejó ganar por eslóganes y algoritmos, él propuso la calma, la honestidad y la coherencia como herramientas transformadoras.
Retirado de la política activa, siguió siendo una figura consultada y respetada. Recibió a jóvenes en su casa, ofreció charlas, escribió y, sobre todo, trató de compartir su pensamiento. Su ejemplo recuerda que otro tipo de liderazgo es posible. Uno basado en valores, en la renuncia a los excesos, en el compromiso real con el bien común.
La figura de José Mujica es mucho más que un símbolo de humildad. Muestra que la política es necesaria y que puede ser noble, que la sabiduría no siempre viene de los libros, y que, incluso en los momentos más polarizados, hay espacio para el diálogo, el entendimiento y la esperanza.
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