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Producir más y mejor

Desde hace más de medio siglo, la economía argentina se caracteriza por una disputa permanente sobre la distribución de una riqueza que, en términos reales, ha crecido muy poco. Aún más preocupante, en la última década esa riqueza se ha achicado, agudizando tensiones sociales y económicas. La puja distributiva, sin una expansión de la producción, se convierte en un juego de suma cero que erosiona el tejido social y obstaculiza cualquier proyecto de desarrollo sostenible.

El mundo experimenta una transformación productiva y tecnológica sin precedentes y, en este escenario, la Argentina debe decidir si continúa con un modelo estancado y fragmentado o avanza hacia una estrategia nacional que articule desarrollo, producción, innovación y empleo de calidad. Este debate, tantas veces postergado, debe ser profundizado, especialmente cuando el país busca salir de una larga etapa de crecimiento bajo, inestabilidad macroeconómica y deterioro social.

Frente a esta realidad, es necesario encontrar los caminos para producir más y mejor, es decir, impulsar un crecimiento con base productiva, integrando ciencia, tecnología y trabajo de calidad. Esto requiere un enfoque estratégico que supere la lógica cortoplacista y que contemple los desafíos del nuevo paradigma global, donde la innovación tecnológica redefine industrias enteras.

Un ejemplo paradigmático de esta transformación es el caso de China y su apuesta por la electromovilidad. En apenas una década, el gigante asiático logró revolucionar la industria automotriz global con una estrategia estatal integral que combina planificación, escala industrial, subsidios, acceso a recursos estratégicos y protección de su mercado interno. Hoy, China no solo lidera la producción y ventas de vehículos eléctricos —más del 50% de las ventas mundiales en 2022 fueron chinas—, sino que también marca el rumbo tecnológico con empresas como BYD, Xiaomi o Nio, que han desplazado a históricos líderes como Tesla.

Esta transformación del gigante asiático impacta en toda la cadena de valor global, redefine el empleo industrial, y genera un efecto dominó que obliga a los países a adaptar sus políticas productivas. La industria automotriz, históricamente símbolo de desarrollo industrial y empleo calificado, está cambiando. La transición hacia los vehículos eléctricos demanda nuevas capacidades tecnológicas, reconversión de proveedores, y el desarrollo de ecosistemas de innovación.

En este escenario, países como Brasil han comprendido la magnitud del cambio y respondido con políticas activas, con políticas públicas que promueven la inversión en tecnologías limpias, innovación y capacitación. Mientras tanto, Argentina se encuentra rezagada, sin una estrategia clara ni un marco normativo moderno que oriente el desarrollo del sector automotor ni del aprovechamiento integral del litio, un recurso en el cual tiene una ventaja comparativa global.

La falta de planificación se refleja en una industria presionada por una carga impositiva excesiva, baja productividad y una creciente pérdida de competitividad frente a países que sí han definido una hoja de ruta. Sin una estrategia industrial integral, el país corre el riesgo de quedar marginado de las nuevas cadenas globales de valor, especialmente en sectores como la electromovilidad, la transición energética o la industria 4.0.

Sin embargo, no todo está perdido. Existen casos que demuestran que es posible avanzar. La futura producción local de la Hilux híbrida por parte de Toyota en su planta bonaerense de Zárate, por ejemplo, indica que aún hay margen para la integración productiva, la innovación y la inserción internacional. Pero para que estos casos de éxito dejen de ser excepciones, se necesita una política de Estado que articule incentivos, infraestructura, formación de talento y desarrollo científico-tecnológico.

El caso chino enseña que el desarrollo no es el resultado de la espontaneidad del mercado, sino de la decisión política y la construcción de capacidades estatales e institucionales. La clave está en identificar sectores estratégicos, coordinar esfuerzos entre el sector público y privado, y sostener políticas en el tiempo. Solo así es posible generar empleo de calidad, reducir la pobreza estructural y mejorar la distribución del ingreso.

En definitiva, Argentina debe asumir que el desarrollo ya no es una consigna, sino una necesidad. Profundizar el debate sobre cómo producir más y mejor no es una pérdida de tiempo, sino una condición indispensable para construir un futuro posible. En un mundo donde la innovación tecnológica y la producción avanzada marcan el ritmo de la economía global, permanecer inmóviles es hipotecar el futuro de la sociedad.

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