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La realidad vista desde la periferia

"Hay que ir a la periferia si se quiere ver el mundo tal cual es", dijo el Papa Francisco, remarcando que esta perspectiva es clave tanto para comprender las desigualdades y las situaciones de exclusión social, como para impulsar transformaciones profundas. Según esa mirada, solo cuando se observa desde los márgenes, desde los descartados, se puede entender lo que está en juego en la sociedad.

Por supuesto que esta afirmación tiene consecuencias prácticas, éticas y espirituales, y se convierte en un llamado a transformar las estructuras, las relaciones y hasta la forma de mirar al otro. Desde lo social, esta mirada periférica rompe con la lógica del privilegio. Cuando, en sus distintas intervenciones, el Papa invitó a ver desde los márgenes del mundo, lo que hizo fue denunciar una realidad estructural de exclusión. En el centro del poder, muchas veces se ocultan o se minimizan las heridas más lacerantes de la sociedad. Desde ese centro, la pobreza se convierte en una estadística y no en un rostro concreto. En cambio, desde la periferia, desde donde viven los pobres, los migrantes, los pueblos originarios, los trabajadores informales, se revela el verdadero rostro del sufrimiento humano. Francisco recordó, una y otra vez, que no se puede diseñar ninguna política pública que ignore esta realidad. Por eso remarcó que los grandes cambios de la historia de los pueblos comienzan cuando la mirada se dirige hacia los márgenes.

En el plano político, esta propuesta es profundamente incómoda para las élites. Implica construir una política no desde la rentabilidad o el cálculo electoral, sino desde las necesidades de quienes no tienen voz. Cuando el Papa se refería a practicar "una política con P mayúscula", lo que hizo fue recuperar el sentido más noble del quehacer político: el servicio al bien común. Así, defender el acceso a tierra, techo y trabajo no fue una consigna ideológica, sino una exigencia ética nacida de mirar la vida desde los que menos tienen. De ahí su crítica constante a un modelo económico global que descarta, que pone la eficiencia por encima de la dignidad humana, y que transforma a las personas en meros engranajes del mercado. Esta mirada periférica también interpela con fuerza a la Iglesia. Francisco ha abogado por una "Iglesia en salida", que no se encierre en sus templos ni se refugie en estructuras de poder eclesiástico. En cambio, propuso una Iglesia samaritana, que se acerque a los heridos del camino y que escuche a quienes han sido históricamente ignorados: los laicos, las mujeres, las comunidades originarias, los alejados de la fe. En el Sínodo de la Amazonía, por ejemplo, rompió esquemas al presentar a los pueblos indígenas no como simples destinatarios de evangelización, sino como protagonistas activos de la fe. Esta descentralización no fue una concesión política, sino una expresión de una Iglesia que, al mirar desde la periferia, recupera su esencia: estar al servicio del pueblo. Pero quizás el plano más desafiante de esta propuesta sea el personal. Mirar la realidad desde la periferia exige salir de la zona de confort, abandonar la indiferencia y abrirnos al encuentro con el otro. En un mundo centrado en el yo, en la autopromoción y en la competencia, esta mirada invita a escuchar, a compartir, a construir comunidad. En Fratelli Tutti, Francisco plantea la necesidad de una "cultura del encuentro" que no margine al diferente, sino que lo reciba como hermano. En otras palabras, esto puede comenzar en lo cotidiano, es decir, prestando atención al adulto mayor que vive solo, al niño que no es escuchado, al migrante que llega con miedo y esperanza. Mirar desde la periferia, en este sentido, es un acto de humildad.

Francisco no habló desde la teoría. Él mismo, como latinoamericano, conoció lo que significa vivir en los márgenes del poder global. Su experiencia le hizo ver lo que otros no ven, y proponer una transformación que va más allá de las reformas institucionales: una conversión del corazón de las personas. Como él mismo afirmó: "La realidad se comprende solamente si se la mira desde la periferia". No se trata de una metáfora piadosa, sino de una brújula para tiempos de confusión. Desde las periferias del mundo –y no desde los centros del privilegio– se puede construir, con la participación de todos, un futuro más justo, más humano y más fraterno.

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