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Memorias de Resistencia

La canchita Gialdroni y la funeraria

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Ubicada en la calle Don Bosco y José Hernández, frente al esplendoroso Anfiteatro Todaro y al costado de la Funeraria Gialdroni, de Charles Gialdroni, hoy es la sede del diario El Diario. 

Allí como en tantas otras canchitas de la ciudad, nos reuníamos a jugar al futbol con los amigos del barrio, ya más grande, por ejemplo: Pedro Favaron (mi amigo, pero fundamentalmente de mi hermano Osvaldo, que él siempre decia que era su hermano) Los Meloni (hijos del gran Aledo), "Cachingo" Benasayag, El Gallego Rodrigo, Carlitos Japonés (otrora fanático del club Don Bosco), Carlitos Leoni, Lucho Moiragi, Pichin Correu, Floreal Fernandez, los hermanos De la Fuente, Ruben Guerra, Tito Sandoval, Los hermanos Meza (dueños de Casa Meza proveeduría deportiva, donde comprabamos las marcas Fulvence y Sportlandia, frente al Automóvil Club), los Hnos. Brignole (hijos de la enfermera del barrio, la que nos calmaba la fiebre con inyecciones), los hermanos Martinez, Daniel Gomez Ferreyra, Los hermanos Andreani. 

En la canchita se hacían campeonatos comunes o los oficiales, donde nos visitaban de otros barrios, pero el más tradicional era la confrontación con la Canchita de los Palacio (hoy predio de Femechaco, frente a la Plaza Belgrano) o la Canchita Pellegrini (hoy la Escuela 41) y así fuimos haciendo los grandes amigos de hoy. De esa canchita venían Hugo Diomedi, Los Palacio (Jorge y Jetón), Taqui Sanchez, Fatiga Prieto, Jorge Mc Donald (uno de los mejores jugadores de Basquet que dio el Chaco), Pedro Güasti, Tito Hermida, los hermanos Phal, los hermanos Kesqui, Aldo Chiquito Michan.

La Canchita Gialdroni tenía su particularidad, en el fondo de uno de los arcos estaba el depósito de cajones y carruajes mortuorios y cuando llegaba la pelota ahí nadie la quería buscar, hasta que nos familiarizamos y terminábamos jugando entre los cajones a las escondidas. 

Los preparativos de los velorios eran todo un ritual, los enceraban a los percherones negros, que según la importancia del finado, se realizaban con dos, cuatro o seis caballos (cuando era muy importante), los cocheros de la Carroza se vestían de riguroso Frack Negro y con unas imponentes galeras, que los hacían más tétricos. El andar por las calles era imponente, sobre todo cuando pisaban el pavimento por la Montegudo (sacaban chispas de sus herraduras) y se dirigían a La Catedral doblando por Irigoyen, (vale aclarar que hasta mediado de los sesenta las calles circulaban al revés del sentido de hoy) y de ahí al cementerio del oeste San Francisco Solano.  El cartel del difunto nos anunciaba quién era el que partía hacia el más allá. 

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