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¿Están destinados a la guerra Estados Unidos y China?

En 2017 el politólogo estadounidense Graham Allison publicó el libro "Destinados a la guerra: ¿Podrán Estados Unidos y China escapar de la trampa de Tucídides?" y puso sobre la mesa un debate que, a la luz de los últimos acontecimientos, genera enorme preocupación. ¿Pueden Estados Unidos y China evitar un enfrentamiento a gran escala, o están atrapados en una lógica histórica de conflicto entre potencias emergentes y dominantes?

Inspirado en el relato del historiador griego Tucídides sobre la Guerra del Peloponeso –donde el ascenso de Atenas generó temor en Esparta, lo que llevó al enfrentamiento–, Allison plantea una advertencia: sin ajustes estratégicos profundos, la guerra entre China y EE.UU. es un riesgo real.

Para sustentar su tesis, Allison y su equipo de la Universidad de Harvard analizaron 16 casos históricos donde una potencia emergente desafió a una ya establecida. En 12 de estos episodios, el resultado fue la guerra. Solo en cuatro casos se logró evitar el conflicto, lo que sugiere, aunque no confirma de manera determinante, que la "trampa de Tucídides" no es un destino, pero sí una probabilidad.

Aplicando este marco al contexto actual, es posible afirmar que China, con su crecimiento económico acelerado, su expansión tecnológica y su ambición geoestratégica, representa el desafío más directo al liderazgo global de Estados Unidos desde el fin de la Guerra Fría. En este sentido, si se repiten patrones históricos, el riesgo de colisión aumenta. ¿Qué factores podrían alimentar un conflicto? Primero, debe considerarse –tal como señala Allison en su libro– el temor del poder establecido. Para Estados Unidos, la percepción de que China busca reordenar el sistema internacional –como en el caso del Mar de China Meridional, Hong Kong o Taiwán– puede traducirse en políticas más agresivas, especialmente cuando se entrecruzan intereses económicos, militares y simbólicos.

Por otro lado, la ambición del poder emergente también desempeña un papel clave. China no solo busca crecimiento interno, sino que exige respeto a su soberanía y proyección global acorde a su peso económico. Como observa Allison, este choque de percepciones puede generar un ciclo de acciones y reacciones que, si no se gestiona adecuadamente, puede desembocar en hostilidades abiertas.

A pesar del panorama sombrío, Graham Allison asegura que el conflicto no es inevitable. De hecho, identifica varios caminos para escapar de la trampa como, por ejemplo, la necesidad de realizar ajustes estratégicos mutuos. Si ambas potencias aceptan que el poder global está cambiando, podrían adoptar posturas menos confrontativas. Esto implicaría, por ejemplo, que EE.UU. modere su presencia militar en zonas sensibles y que China se abstenga de provocar en regiones disputadas. Otro de los caminos es la diplomacia institucionalizada, a través de foros multilaterales como el G20 o la ONU que pueden servir como canales para reducir tensiones.

Además, plantea Allison, en lugar de alianzas militares rígidas, se podrían construir coaliciones diplomáticas flexibles con países medianos que, actuando como moderadores, disminuyan el margen de error estratégico entre las superpotencias. No menos importante es la necesidad de promover una interdependencia económica controlada. La diversificación de cadenas de suministro y acuerdos de reciprocidad comercial ayudarían a reducir tensiones sin romper completamente la cooperación. El autor del citado libro también aconseja reducir el lenguaje hostil y fomentar la diplomacia pública para evitar que las poblaciones respalden acciones agresivas por motivos nacionalistas o ideológicos. Por último, propone avanzar con la cooperación frente a desafíos globales. Temas como el cambio climático, las pandemias o la inteligencia artificial ética ofrecen oportunidades para construir confianza. Si las dos potencias logran trabajar juntas en estos frentes, podrían abrir canales para una convivencia menos conflictiva.

Si bien el título del libro de Allison sugiere una fatalidad —Destinados a la guerra—, la historia muestra que la guerra es un resultado probable, pero no ineludible. La clave, según el autor, es evitar que las dinámicas de miedo, orgullo y error de cálculo lleven automáticamente a la confrontación. En otras palabras, si Estados Unidos y China desean escapar de la trampa de Tucídides, deberán combinar el realismo estratégico con la creatividad diplomática. Tal como ocurrió en la transición pacífica entre el Reino Unido y EE.UU. en el siglo XX, aún es posible escribir un final distinto.

Pero para ello, deberán actuar con la conciencia de que el mayor riesgo no es la agresión deliberada, sino la inercia de la historia.

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