Por una Nación y sociedad exitosa
Cuando analizamos el éxito de Israel como Nación en la historia, en medio de tanta persecución y de tanto intento de disolución, reconocemos que lo que salvó a Israel de esta amenaza fue su firme identidad como nación que se caracteriza, básicamente, por su fidelidad a Dios y al pueblo.
Estos dos pilares le dan a Israel, no solo una fuerte impronta religiosa como pueblo, sino también una espiritualidad ciudadana que fue, y lo sigue siendo, algo transversal en todos los aspectos de su vida social, cultural, política y económica.
Israel creyó, y lo sigue haciendo, que la posibilidad de su éxito y de su supervivencia como nación está condicionada de manera excluyente a su fidelidad a la alianza con Dios y con el pueblo. Y prueba de ello es que cada vez que Israel se aparta de estos principios, cae en desgracia. Esa fidelidad le garantizará a Israel la victoria final, ya que Dios en su palabra le había prometido que pagaría esa fidelidad con la derrota y la destrucción de sus adversarios, tal como lo afirma en Isaías 43, 16-21: "El que abrió un camino a través del mar y un sendero entre las aguas impetuosas; el que hizo salir carros de guerras y caballos, todo un ejército de hombres aguerridos; ellos quedaron tendidos y no se levantaron, se extinguieron y se consumieron como una mecha."
En efecto, Dios es fiel, pero exige como contrapartida la fidelidad del pueblo a esa alianza que involucra la fe, vale decir la experiencia religiosa, pero también la acción política, en tanto y cuanto que la dimensión social, el bienestar y la liberación del pueblo de toda clase de esclavitudes, es claramente un plan y un deseo divino expresado por El Dios, Yahvé en tantos modos. No será verdadera fidelidad a Dios el solo rezarle, creerle y honrarle, será fidelidad completa a la alianza hacer todo eso, pero con una incidencia real en el modo en cómo Israel debía gobernar a ese pueblo en la práctica de la justicia y el derecho. En este sentido, cree Israel que, si no es fiel a Dios y al pueblo, se expone a "morir la peor de todas las muertes".
Es inevitable no relacionar la historia universal y nuestra historia particular con esta microhistoria, que bien podría ser un espejo de la macrohistoria. En nuestro caso es imposible negar que nos encontramos en el presente ante una dirigencia y un pueblo que se han corrompido, moral, religiosa y políticamente. Hemos perdido la fe y nos hemos ido alejando paulatinamente de aquellos valores espirituales, ciudadanos y religiosos que nos legaron nuestros antepasados y que nos dieron una identidad como nación, asegurándonos una dirección y un proyecto histórico encaminado hacia un futuro exitoso.
Nuestro presente, sin embargo, es impotencia, enojo, dispersión. La fractura social y política en el presente es vivida casi como una conducta cultural, fruto del largo tiempo que tiene este desorden institucional, al que tanto la dirigencia como la ciudadanía se han acostumbrado haciendo imposible cualquier intento de contrato y convivencia social.
La Patria argentina, como en la época de los reyes impíos de Israel, ha roto la alianza con Dios y con la ciudadanía, sacrificando en aras del culto a dioses extraños y a los poderes foráneos, la misma identidad nacional que orgullosamente teníamos en otros tiempos en el concierto de las naciones. El galanteo con ideologías extrañas y la prostitución de nuestros valores, religiosos y ciudadanos en pro de intereses más foráneos que nacionales, produjo un descalabro en nuestro sistema de vida, introduciendo el caos y la desorientación en relación a nuestro proyecto de nación y de patria.
Tanto desorden pulverizó nuestra identidad y cambió para mal nuestro derrotero, llevándonos a la situación en la que no sabemos de dónde venimos y hacia dónde vamos. Llegamos incluso al colmo, como dirigencia y como pueblo, a denostar al líder indiscutido del mundo, que es argentino, el Pontífice romano, quien quiere ayudar a poner luz a tantas sombras. Pero no, preferimos etiquetarlo en la mediocridad de nuestras lecturas domésticas, a quien, sin dudas, es escuchado universalmente por su brillantez académica, humana y espiritual.
Hemos roto el vínculo ciudadano entre nosotros y también el nexo y la memoria con los grandes hombres y mujeres de nuestro pasado y presente histórico. Así, nuestra dirigencia prefiere seguir atornillada en sus privilegios y sus egos para convertirse inexorablemente en los responsables del fracaso de este presente histórico. Hemos roto, también, el marco moral que nos sostenía como pueblo, irrespetando los pactos preexistentes proclamados en el Preámbulo de nuestra Carta Magna, y de este modo, entramos en un desorden institucional de características destructivas, en el que todo el tiempo conscientes o no, buscamos la destrucción del otro. El resultado será la práctica de la política y del poder, desde la perspectiva de la crueldad, el ninguneo, el maltrato, la violencia verbal y el trato indigno e irrespetuoso que nos prodigamos como ciudadanos.
Somos, por esa razón, un estado donde lo que se destaca es la injusticia, donde los derechos, especialmente de los más vulnerables, son conculcados en nombre de programas y de ideas que, lejos de conmoverse ante el sufrimiento de los débiles, pareciera disfrutar con el sufrimiento de tantos inocentes. Y no me refiero solo a la gestión actual, también ella me refiero a las décadas de un ejercicio de la política y del poder con estas características. Sin justificar al pueblo, creo, que es justo afirmar también que todas las corrupciones e inmoralidades practicadas en la dirigencia fueron transferidas al pueblo, acentuando aún más la descomposición social.
¿DESDE QUÉ LUGAR RENACEREMOS COMO NACIÓN?
Pienso que lo haremos como el pueblo de Israel, si somos capaces de aprender de nuestros errores y purificarnos desde una fe sincera con una verdadera conversión política, social y espiritual, para poder resurgir desde nuestras cenizas. Con un nuevo espíritu y un nuevo corazón, volviendo como hizo Israel a nuestra identidad como pueblo fiel a Dios y fiel a la comunidad.
Desde esta nueva conciencia, asumir las consecuencias que ha provocado nuestra maldad y reencontrarnos como ciudadanos sinceramente reconciliados entre nosotros, para poder abrirnos a un nuevo horizonte desde esa nueva esperanza.
Solo entonces Dios, como le ha dicho a Israel, nos podrá decir: "No se acuerden de las cosas pasadas, no piensen en las cosas antiguas, yo estoy por hacer algo nuevo: ya está germinando ¿no se dan cuenta? Si, pondré un camino en el desierto y ríos en la estepa. Me glorificaran las fieras salvajes, los chacales y los avestruces, porque haré brotar agua en el desierto y ríos en la estepa, para dar de beber a mi pueblo, el pueblo que yo formé para que pregonara mi alabanza".
Volver a la memoria histórica y recuperar nuestra identidad como pueblo es entonces un imperativo categórico, si verdaderamente queremos renacer como nación. Recuperar los ejemplos inspiradores y superar la arrogancia de los mesianismos efímeros, que solo dan fama, plata y poder con perspectivas muy fugaces y terminando siempre en la dolorosa realidad que nos castiga desde hace décadas con el famoso dicho que dice: "Pan para hoy y hambre para mañana".
No nos sirven entonces ni los lamentos ni el continuo echar culpas a los demás, no sirven los mesianismos ni los partidismos ni las ideologías. No nos sirven las viejas recetas, ni los proyectos emanados desde oficinas y ejecutados por intelectuales sin ética ni sensibilidad social, no nos sirve la crítica feroz de los oponentes, ni tampoco descargar toda la responsabilidad en el pasado y en los corruptos. Nos sirve la sincera autocrítica de todos y asumir que al fin y al cabo todos hemos sido participes y corresponsables de la profunda crisis moral que atraviesa hoy la Patria. Asumir personal y colectivamente la responsabilidad que nos cabe a cada uno, parece el único camino de solución a nuestros problemas.
Volver entonces a nutrir el alma y el pensamiento de aquellos verdaderos valores, que nos hicieron grandes. Valores que gestaran de nuevo, hombres y mujeres dignos, capaces de inmensos sacrificios por el prójimo y por el pueblo.
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