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El país vuelve a importar gas de Bolivia y Chile  

El país enfrenta un retroceso energético, en un contexto marcado por la falta de infraestructura y un uso restringido de los gasoductos clave por falta de inversión.

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   Pese a los anuncios iniciales del gobierno sobre la "histórica" exportación de gas de Vaca Muerta a Brasil y la prometida reversión del Gasoducto Norte para facilitar este flujo, la realidad es diferente. Actualmente, el gasoducto Néstor Kirchner, renombrado ahora "Perito Moreno", opera al 65% de su capacidad: de los 22 millones de metros cúbicos diarios que podría transportar, solo inyecta 15 millones.  

   Por otro lado, la obra de reversión del Gasoducto Norte, fundamental para llevar gas a mercados internacionales como Brasil, está lejos de completarse. En tanto, Chile confirmó esta semana que trabaja con autoridades argentinas en un nuevo acuerdo para exportar gas natural a través del gasoducto NorAndino, lo que evidencia la necesidad de recurrir a gas importado para cubrir la demanda local.  

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El costo de importar 

   El gas importado desde Bolivia y Chile resulta considerablemente más caro que el producido en Vaca Muerta. En el caso de Chile, este país compra gas argentino, lo procesa, y luego lo revende a la Argentina con un margen de ganancia. Esta situación se suma a las investigaciones en curso de la Sindicatura General de la Nación (SIGEN) sobre presuntas irregularidades en las importaciones de gas entre 2016 y 2018, cuando Juan José Aranguren era ministro de Energía. En ese período, las compras de gas desde Chile llegaron a costar hasta un 128% más que el gas boliviano.  

La incertidumbre boliviana  

   Las importaciones de gas desde Bolivia tampoco ofrecen una solución a largo plazo. La construcción del Gasoducto Néstor Kirchner tenía como objetivo principal compensar la declinación de la producción boliviana, un problema que persiste y pone en duda la continuidad del suministro desde ese país.  

   Mientras el gobierno enfrenta dificultades para maximizar la capacidad de Vaca Muerta y completar las obras de infraestructura necesarias, la dependencia de importaciones costosas agrava los desafíos económicos y energéticos. Las promesas de exportar gas a Brasil parecen lejanas, y las decisiones pendientes determinarán si el país logra avanzar hacia la soberanía energética o si continúa dependiendo de soluciones temporales con altos costos.

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