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Identidad en la era digital

La red de la pelea

La era digital nos ha llevado a habitar una paradoja inquietante: somos a la vez arquitectos y espectadores de nuestra propia identidad.

En las redes sociales, construimos un yo digital, idealizado, que busca aprobación, validación y pertenencia. Pero al mismo tiempo este yo digital se puede convertir en un modelo rígido que nos condiciona y nos empuja a actuar según la imagen que proyectamos.

 

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El efecto Pygmalion

En este contexto, el fenómeno del efecto Pygmalion cobra un nuevo matiz. Tradicionalmente, este concepto describe cómo las altas expectativas de alguien (un maestro, jefe, padre, etc.) pueden motivar a una persona a alcanzar un mejor desempeño. Por ejemplo, en el ámbito del trabajo, un jefe que cree que un empleado tiene un gran potencial tenderá a asignarles tareas importantes, darle feedback constructivo y mostrar mayor confianza en su desempeño. Esto puede inspirar al empleado a trabajar más duro y desarrollar nuevas habilidades, cumpliendo así las expectativas del jefe. 

El efecto Pygmalion es una forma específica de profecía autocumplida; pero también tiene su contraparte negativa, conocida como efecto Golem, que ocurre cuando las bajas expectativas provocan un peor desempeño. Por ejemplo, un maestro que considera "problemático" a un estudiante podría ignorarlo o darle menos oportunidades o tratarlo de forma negativa. Esto puede llevar al estudiante a comportarse exactamente como se espera de él, confirmando las bajas expectativas. 

Redes sociales, fenómeno inverso al efecto Pygmalion

A diferencia de lo que plantea el efecto Pygmalion, las redes sociales evidencian un fenómeno inverso a este, en la que somos nosotros quienes nos condicionamos a través de la imagen que proyectamos. Por lo común, publicamos aquello que deseamos ser y esperamos de nosotros mismos. No mostramos lo que "realmente" somos sino lo que queremos proyectar, porque lo publicado suele estar cuidadosamente calculado. Creamos una representación idealizada en las redes ("nuestro Instagram", "nuestro Facebook", "nuestro Twitter", etc.) y, una vez fijada, sentimos la necesidad de sostenerla, repitiendo una y otra vez los mismos gestos, comentarios, actitudes y logros que han recibido validación. Esto nos encierra en un ciclo de auto profecía cumplida. Publicamos contenido que refuerza nuestra imagen idealizada; ese contenido recibe likes, comentarios y validación, lo que confirma que esa es la versión de nosotros que más "funciona" y "gusta". De este modo, nos vemos obligados a perpetuarla, temerosos de que cualquier gesto o actitud que se desvíe de esa imagen sea interpretado por el público como una contradicción, una falta de coherencia o, peor aún, como una ausencia de identidad. La imagen digital se convierte, de esta forma, en una prisión, y nosotros en sus prisioneros. 

Las redes sociales fomentan idealizaciones vacías pero también pueden funcionar como dispositivos de orientación del deseo.

El Club de la Pelea

Esta repetición de una imagen digital no solo refuerza un modelo externo, sino que también genera tensiones internas. El sujeto, con sus contradicciones y vulnerabilidades, entra en conflicto con el yo digital, que parece ser más fuerte, más atractivo y seguro. Esta dinámica recuerda la lucha interna del protagonista de El Club de la Pelea con su alter ego, Tyler Durden. En el filme, el protagonista crea un alter ego ideal, que le otorga una sensación de seguridad y poder, pero que también despierta en él inseguridades y celos hacia su propia creación. Tyler no solo actúa con total independencia, sino que es amado y admirado por otros, más allá del propio creador. Esto genera en el protagonista un conflicto interno: el protagonista siente que las personas no lo valoran a él, sino a esa figura construida, a ese ideal que ha escapado de su control. Es esta desconexión la que lo lleva a enfrentarse tanto con quienes veneran a Tyler como con el propio Tyler (o sea, él mismo), en un intento desesperado por recuperar el dominio sobre su identidad y evitar ser completamente eclipsado por su creación.  

En las redes sociales, esta rivalidad se vive de manera más sutil, pero no menos agresiva; se traduce en inseguridades, baja autoestima y celos hacia nuestra propia creación. El sujeto compite con el yo digital, intentando alcanzar un estándar que él mismo (junto con los otros) ha diseñado, pero siempre lo supera. Este yo digital, con sus fotos retocadas, logros aparentes y vidas perfectas, no solo proyecta una imagen hacia el exterior, sino que también actúa como un juez interno (Súper Yo). Nos presiona constantemente a estar a la altura de esa versión idealizada, generando una doble exigencia: por un lado, mantener el ciclo de recrear y alimentar el yo digital; por otro, esforzarnos por encarnarlo en nuestra realidad. Y en esa presión, nos recuerda nuestras propias limitaciones, subrayando la distancia entre esa figura idealizada y nuestra propia realidad.

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El valor ortopédico de la imagen

Así como el efecto Pygmalion evidencia el poder transformador de las expectativas positivas, deberíamos interrogarnos si la versión invertida que observamos en las redes sociales no contiene también un potencial positivo. ¿Qué implicancias tendría proyectar una imagen idealizada y positiva (o pesimista) de uno mismo, incluso si en el presente no corresponde a la realidad? De la misma forma en que las expectativas del otro pueden operar como una palanca simbólica que activa en el sujeto un proceso de cambio, el yo digital podría actuar como un motor interno, orientando al sujeto hacia la consecución de esa representación. El acto de proyectarse en una versión ideal —aunque ilusoria en su origen— constituye un mecanismo psíquico esencial para cualquier proceso de transformación subjetiva. En términos psicoanalíticos, podríamos hablar del valor ortopédico de la imagen, concepto que señala cómo la identificación con una representación imaginaria confiere al sujeto una sensación de unidad y completud que no posee en su estado real. Esta identificación no solo estructura al yo, sino que también opera como un organizador del deseo, impulsando al sujeto a movilizarse hacia ese ideal, y la narrativa de El Club de la Pelea lo ejemplifica a la perfección. Tyler Durden, si bien se convierte en un enemigo del protagonista hacia el final, al principio constituye el motor que ayuda al protagonista a superar sus miedos. La identificación del protagonista con Durden —imagen idealizada que encarna una versión desinhibida, segura y poderosa de sí mismo— desata un proceso de cambio interno, que ilustra la función performativa de la imagen: asumir un rol o identidad, aunque ficticio, puede devenir en una transformación del sujeto.

Queda claro, entonces, que el problema no radica en proyectar una imagen idealizada. Las redes sociales, a pesar de las críticas que reciben por fomentar idealizaciones aparentemente vacías, también ofrecen un marco simbólico donde las proyecciones idealizadas pueden funcionar como dispositivos de orientación del deseo. De forma que no se trata de demonizarlas (un poco, sí) o de renunciar a ellas. Lo que sí resulta fundamental es desarrollar una conciencia crítica sobre lo que implica este acto de proyección digital y los efectos que puede tener en nuestra subjetividad. 

(El autor es licenciado en Psicoanálisis - MP 777)

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