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Ganadores y perdedores 

El año que termina encuentra al presidente Javier Milei, empoderado por el apoyo de la opinión pública y los mercados financieros. Estos soportes, que sostienen la imagen pública del gobierno, anima al presidente en sus pretensiones de dominar el sistema político y no acordar el presupuesto.

Los apoyos del presidente Milei se basan en el mensaje siempre refractario a lo que el denomino – desde la campaña electoral – como "la casta", refiriéndose a los políticos y "al Estado que nos roba... soy el topo que destruye el Estado desde adentro", cuando habla del Estado. Estos términos polisémicos no son nuevos en política, el que mejor los puso en práctica fue el expresidente Carlos Menem cuando anunciaba "revolución productiva y salariazo" y seguidamente hizo lo contrario. 

Los términos aludidos que tienen más de un significado y constituyen un mensaje, son muy operativos para el presidente. En consecuencia, la casta engloba a periodistas, políticos, empresarios, economistas, religiosos, artistas; y el estado incluye a organismos de derechos humanos, asistencia social, de investigación, universidades, tributarios y sigue la lista; que deben ser desguazados y minimizados.

El mensaje se personaliza encarnándose en la fuerza de un león y lo potencia junto a la motosierra. Nos avisa que él lo puede hacer, sólo debe imponerse a los malos y a favor del bien. La mediatización de este mensaje lo posiciona en el mercado político con ventaja con relación a la oposición política. 

Ahora bien, a un año vistas, el presidente controla la escena política teniendo por antagonistas a un arco opositor dividido y sin proyectos alternativos, que deja el camino expedito para avanzar en un proyecto dominante.

La gestión política en contra del sistema de un presidente sin partido, sin gobernadores afines, sin equipos para gobernar; se explica desde una vocación de poder superlativa, cuyo fin principal es un proyecto de poder que, por razones ideológicas, denigra valores fundantes de la sociedad democrática. Valores como la "justicia social", la "gratuidad de la enseñanza" o "la defensa de las personas vulnerables, las mujeres y las minorías sexuales", que abreva en la fuente del racismo, la misoginia y el supremacismo; junto a Donald Trump, Jair Bolsonaro, Víctor Orban, entre otros. 

La característica principal de este período político es que el proyecto de poder del presidente transformó el clivaje kirchnerismo / antikichnerismo en mileismo/antimileismo, con la anomalía de que los antis son los exmileistas expulsados de las cercanías del poder político

 Luego, el proyecto de poder consiste en neutralizar el equilibrio inestable de distintos proyectos opuestos al gobierno, que es inherente a la democracia, e imponer uno solo.

EL PRESUPUESTO 

En un ambiente exultante, por el círculo virtuoso del sector financiero, resultante de la disminución de la inflación, la mínima diferencia en la brecha cambiaria y reducción del déficit fiscal, el gobierno nos muestra la pretensión de gobernar sin presupuesto para el próximo año. Esta omisión neutraliza la posibilidad de abordar temas vitales, como el financiamiento de los presupuestos provinciales y discutir sobre el trabajo, los ingresos para financiar el gasto y los impuestos. Además, impide la  resolución de  un plan para aumentar las menguadas reservas, y una política cambiaria en la que no se pierda competitividad en el comercio exterior.

El presupuesto, la "ley de leyes" es el gran ausente – por segundo año consecutivo – de la gestión pública en Argentina. Además, esta ley, es un instrumento de política económica y planificación gubernamental, que lo envía el poder ejecutivo y lo recibe el congreso nacional, para discutir sobre los gastos y recursos asignados al Estado. 

Por otra parte, el presupuesto financia el funcionamiento de los tres poderes del estado y las transferencias provinciales y municipales. Es decir, tener un presupuesto nos permitiría conocer los ingresos a las arcas provinciales y municipales – en un año – y los ingresos disponibles para educación, salud, justicia y seguridad.

No obstante, las relaciones institucionales anómalas que tubo Argentina, cuyo resultado fue que en los últimos años se gobernó con presupuestos desajustados con la realidad económica, por la alta inflación o por la falta de acuerdo político; se debe sancionar el presupuesto, porque allí se prefigura quienes serán los ganadores y los perdedores del año por venir. 

LA HEGEMONÍA

El actual arco político fragmentado y deslegitimado deja el camino expedito hacia un proyecto hegemónico.

Recordando que hegemonía significa "dirección suprema", y es el poder absoluto conferido a los llamados egemoni o sea guías, cuya superioridad radica en la eficacia moral; es decir, en la confianza de nuestra capacidad de actuar conforme a la ética y nuestro comportamiento con relación con el bien y el mal, la felicidad, el deber, y el bienestar común, animando a otros a hacerlo.

La hegemonía política que se nos propone no es evidente, está en los intersticios de la cultura. Es decir, en las creencias, los hábitos y las costumbres, que modelan y cambian valores considerados otrora, "sagrados"; tales como la tolerancia, la amistad civil, la solidaridad política; por la intolerancia, el enemigo público y el individualismo que combinados con la homofobia y la discriminación encuentran "un sentido común", expresado en lo políticamente incorrecto y el discurso del odio.

Esta pretensión de un proyecto de poder hegemónico no sólo se aprecia en la vocación del poder sin límites, sino en el auspicio cotidiano a la división entre buenos y malos en la práctica política.

Nuestro desafío cotidiano es tener la valentía moral necesaria para traducir las decisiones morales en acciones morales, como por ejemplo erradicar el discurso violento desde el máximo poder del gobierno y demandar que se envíe el presupuesto al parlamento para ser discutido y aprobado.

En este sentido, los asalariados del sector público y privado, los jubilados y la mitad de la población que trabaja en el sector informal de la economía, fueron los perdedores del ajuste. En cambio, los sectores de la minería, la producción de gas y petróleo, el sector agropecuario o las plataformas de comercio online, son los que ganaron.

Ambos sectores conforman un país dual, que es el resultado de los sacrificios y comprensión de los que pierden, que no debe caer en saco roto por la indiferencia y desinterés de los que circunstancialmente están entre los que ganan.

En suma, todos los sectores se deberían interesar y esperar que la racionalidad política abjure de las aspiraciones hegemónicas del gobierno y las defecciones de la oposición, para que puedan empinarse sobre los desafíos por venir.

¿O hay mayor defección ética para una sociedad que celebrando la baja de la inflación no se interese por saber, de manera fehaciente, quienes serán los ganadores y perdedores en época de cambios económicos y políticos?  

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