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El engaño viral

El espejismo de las redes sociales trivializa la agenda informativa y trastorna la percepción de la elite política.

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   Eso que ahora llaman "lo viral" debería llamarse lo banal, lo epidérmico, lo irrelevante. Se trata de la vieja charla de bar elevada al rango de opinión pública por el efecto de realidad aumentada de las redes sociales y con el mantra de la expresión democrática como camuflaje. 

   Los contenidos virales suelen ser en su mayor parte videos ligeros, fotos frívolas, frases vulgares. Un mohín de Messi, una bobada de Susana Giménez, los cuernos de Pampita, la confesión victimista de Wanda, un perrito con habilidades llamativas, la trillada colección de mentiras de los ministros, que ya no tienen capacidad de sorprender a nadie. 

   Otras veces son fake news, patrañas, intoxicaciones, montajes. El conjunto es de una superficialidad insoportable que solo demuestra el carácter universal de la estupidez humana, su dimensión de largo alcance expuesta sin pudor y hasta con orgullo en un gigantesco escaparate. 

   Ya dejó dicho Umberto Eco que el gran problema de internet, el reverso de su potencial de conocimiento colectivo a través del progreso tecnológico, consiste en que ha abolido la autoridad intelectual al situar en un plano de igualdad a los sabios y a los tontos. Con la diferencia de que los segundos son mucho más numerosos y el añadido de que tienden a distraer su mediocridad en el morbo de un escrutinio hiperbólico de la vida de los otros.

   Sucede que el espejismo de la maldita viralidad trastorna también la agenda periodística. Que la dictadura posmoderna del "click bait" desorienta y trivializa la función esencial de la tarea informativa, que reside por encima de todo en la facultad analítica de discernir lo que es y no es noticia, elaborar con las que sí lo son un relato veraz de la actualidad y organizarlo en torno a una cierta jerarquía de valores culturales o de ideas compartidas. 

   Pero esta pérdida del sentido de la realidad, esta especie de distorsión cognitiva que empuja a los medios a divulgar tonterías para aumentar audiencia sin comprobar si son verdaderas o ficticias, importantes o anodinas, sería un simple problema menor, corporativo, si no se hubiera extendido a la política. 

   Ver a ministros, al líder de la oposición o al mismo presidente del gobierno rebajados a comentar con toda solemnidad episodios como el griterío gamberro de unos colegiales en celo produce en cualquier observador sensato una desoladora impresión de ridículo ajeno. No es posible creer en una sociedad madura ni en unos dirigentes públicos serios si este tipo de asuntos llegan a la Fiscalía o se debaten en el Parlamento creyendo que su reproducción masiva responde a una preocupación del pueblo. 

   Es simplemente grotesco. Y como ellos carecen de inteligencia prescriptiva, porque solo les interesa la excitación populista, corresponde al periodismo ejercer la autocrítica. Alguien tiene que reaprender a distinguir entre anécdota y categoría.

*Publicado en ABC, de España.

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