España: mucho por qué pedir perdón
Claudia Sheinbaun no invitó al Rey Felipe VI de España a su acto de juramento como nueva mandataria de México, ceremonia que tuvo lugar el pasado martes 1 de octubre.
El motivo que alegó para no hacerlo fue que dicho monarca no pidió perdón a los pueblos originarios mexicanos por las violaciones a los derechos humanos cometidas contra los mismos desde comienzos del Siglo XVI, algo que se le había pedido hace cinco años.
En abril de 2019, el presidente Andrés Manuel López Obrador envió una carta a Felipe VI reclamándole un pedido de perdón en nombre de España por diversos sucesos entre los que incluyó "las matanzas perpetradas con la espada y con la cruz".
El Rey español le respondió con el silencio. Por eso, ahora, Sheinbaun decidió no invitarlo.

Aquel reclamo mexicano también fue calificado de inaceptable por la oposición liderada por Alberto Feijóo, quien dijo que enviaría a Sheinbaun un ejemplar del libro Nada por qué pedir perdón, del escritor argentino Marcelo Gullo Omodeo.
Pero la verdad es que hay mucho por qué pedir perdón. Ya lo hizo en 1992 Juan Pablo II, quien en nombre de la Iglesia Católica y sin que nadie se lo pida, pidió perdón a todos los pueblos originarios.
En Perú, el pontífice polaco afirmó que el 12 de octubre de 1492 los habitantes nativos de América empezaron a experimentar "la humillación a manos del mal".
Con su pedido de perdón, reconoció que la Iglesia había sido cómplice de la extraordinaria mezcla de fuerza, crueldad, estupidez y avaricia que condujo al exterminio indígena.
La España de hoy y de ayer
La España y los españoles de hoy merecen el mayor de los respetos por su actualidad plena de modernidad, de evolución de sus costumbres y por su respeto hacia sí mismo y hacia los otros.
Pero no siempre España y los españoles fueron así. Hubo tiempos (tiempos en que el altar y el trono eran socios y se entendían a la perfección) en los que eran muy distintos de lo que son ahora.
En los siglos XVI y XVII, era tal la ignorancia imperante en ese país que las clases elevadas no tenían conocimiento de lo que pasaba en los otros países ni en el suyo propio debido a que no había más medio de comunicación que las descoloridas crónicas oficiales.
Allí no entraban los libros de los demás países europeos, y la enseñanza estaba a cargo de frailes inquisidores. El clero plantaba en la mente del pueblo supersticiones y creencias como estas: la inviolabilidad del rey, la obediencia absoluta a la iglesia y a la monarquía, más el odio al extranjero y a los llamados herejes.
La ciencia era considerada un crimen, y la ignorancia y la estupidez eran consideradas virtudes. Los jesuitas enseñaban que la investigación era culpable de muchas cosas, que la inteligencia debía ser controlada como una mula desobediente, y que la credulidad y la obediencia eran los más importantes atributos del hombre.
Las universidades eran meros cuerpos eclesiásticos fundados con autorización papal y en cuyos claustros solamente se enseñaban ciencias eclesiásticas. Por miedo a que se discutiera sobre los derechos de los pueblos o se debatiera sobre los dogmas de la iglesia, la monarquía y la iglesia estrecharon filas para embrutecer al pueblo.
Primero los reyes católicos y después los reyes de la Casa de Austria (la dinastía Habsburgo), expulsaron a las ciencias de las universidades por ser "perjudiciales a la pureza de la religión".
Newton, afuera
Por no concordar con la "religión revelada" y el sistema de Aristóteles, se prohibía enseñar los descubrimientos de Newton.
Los escritores, en sus obras rigurosamente censuradas confirmaban esas supersticiones, y los tribunales de la Inquisición santificaban la delación, la inhumanidad y el terror.
El rey era sagrado. "Más pesa el rey que la sangre", decía un proverbio español. Resistirse a él, se consideraba un sacrilegio.
Siendo sagrada su figura, se adoptó para él el título de "Su Majestad", como los emperadores de la antigua Roma. Nadie podía estar de pie ante él. En su presencia, hasta los nobles debían doblar las rodillas.
"Santificaba" todo lo que tocaba. Nadie podía usar el caballo que había montado, ni adueñarse de la mujer que alguna vez fuera su amiga. Las queridas que dejaba obligatoriamente debían hacerse religiosas, y el mismo destino tenían las reinas viudas.
América, igual que España
Desde el año 1492, la Madre Patria empezó a transferir a sus hijas de América todas aquellas cosas.
Igual que en España, el azote, la horca, la marca, la argolla, el paseo en asno por las calles, más otras torturas y humillaciones degradantes eran el pan de cada día en las colonias españolas.
Las ejecuciones eran modelos de crueldad. Los inquisidores quemaban y descuartizaban a los hombres, les descoyuntaban los miembros en la "cruz de San Andrés", los atormentaban en el potro, y en un agujero que les hacían en el pecho les echaban plomo derretido, tortura a la que dieron el santo nombre de "suplicio de Prisciliano".
Todo ello sin mencionar la muerte o esclavitud de millones de aborígenes de todas partes
Tan sólo veinte años después de la llegada de Colón, el desastre provocado por la colonización militar y religiosa ya era irreversible.
Está también la sabida cuestión del robo de las riquezas de los pueblos americanos.
Según el Archivo de Indias, sólo entre 1503 a 1660 llegaron a Sanlúcar de Barrameda 185 toneladas de oro y 16 millones de kilos de plata, provenientes de América.
Por todo ello: España tiene mucho por qué pedir perdón.
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