A cien años de Napalpí
Un día como hoy, en julio de 1924, en la Reducción de Napalpí, pobladores indígenas de las etnias qom y moqoit fueron brutalmente masacrados por fuerzas policiales y civiles armados. Las mujeres y los hombres que habían osado denunciar las condiciones de trabajo inhumanas en plantaciones algodoneras y en la explotación forestal pagaron con sus vidas por alzar sus voces contra la injusticia. Más de setecientas personas —entre ellos niños y ancianos— fueron víctimas de un acto de violencia desmedida que buscaba silenciar cualquier reclamo de derechos.
El contexto de la época, marcado por un pensamiento profundamente colonial y eurocéntrico, reflejado en el lema de "civilización o barbarie", sirvió de justificación para esta atrocidad. Figuras como Fernando Centeno, entonces gobernador del Territorio Nacional del Chaco, junto con autoridades nacionales que compartían esa visión, convalidaron estas agresiones contra poblaciones originarias como parte de una estrategia de consolidación del Estado nacional. La historia de Napalpí no es única en su horror. Otras masacres, como la de Rincón Bomba en 1947, también han quedado marcadas por el mismo patrón de violencia estructural dirigida hacia los pueblos indígenas. Estos episodios dolorosos fueron parte de la construcción de nuestra nación sobre la base de la negación y la invisibilización de las raíces originarias.
En años recientes, después de muchos años de silencio y olvido, la justicia comenzó a reconocer estos hechos como crímenes de lesa humanidad y genocidio. El juicio por la verdad concluido en 2022 fue un paso significativo hacia la verdad y la reparación histórica. La jueza federal Zunilda Niremperger, al declarar la responsabilidad del Estado Nacional y ordenar medidas de reparación para las comunidades Qom y Moqoit, reafirmó el compromiso con la justicia y la memoria.
Sin embargo, el camino hacia una verdadera reconciliación y justicia histórica no se termina de recorrer hoy. Es imperativo que las acciones de reparación no se limiten a la esfera judicial, sino que se traduzcan en políticas públicas efectivas que aborden las desigualdades estructurales que aún enfrentan los pueblos indígenas, tanto en nuestra provincia como en el resto del país. La creación de museos y sitios de memoria es un paso en la dirección correcta, pero debe ir acompañado de un compromiso sostenido para erradicar el racismo, la discriminación y la marginalización que, lamentablemente, aún persisten en nuestra sociedad.
Fernando Centeno gobernaba el entonces Territorio Nacional del Chaco cuando ocurrió la matanza. Marcelo Torcuato de Alvear ejercía la presidencia de la Nación. El gobernador Centeno, recuerdan historiadores, había sido educado en París; la misma ciudad que Alvear (que se desempeñó como embajador argentino en Francia antes de ser presidente) había elegido para pasar buena parte de su vida. Es probable, observan algunos historiadores, que la cosmovisión de ambos tenía en común un fuerte componente del etnocentrismo europeo, que encontró en el lema "civilización o barbarie" su máxima expresión.
En este "Día de los Derechos de los Pueblos Originarios del Chaco", como se ha establecido en la legislación provincial, la sociedad debe renovar su compromiso con la memoria de las víctimas de Napalpí y con la lucha por la justicia. Es responsabilidad de todos, como comunidad, mantener viva esta memoria para asegurar que tragedias como la de Napalpí nunca se repitan y para construir un país donde todos los ciudadanos, sin distinción de origen étnico, puedan vivir en igualdad y dignidad.
Los relatos de sobrevivientes, como Melitona Enrique, Pedro Balquinta y Rosa Grillo, que salieron a la luz hace pocos años después de un largo y doloroso silencio, deben ser preservados para que las futuras generaciones tomen conciencia de ese lamentable episodio en la historia de la provincia. Cabe destacar, por otra parte, que en este nuevo aniversario de aquellos hechos, se realizará hoy un acto conmemorativo en Colonia Aborigen y, además, se llevará a cabo un conversatorio en la Bienal Internacional de Escultura con el objetivo de reflexionar sobre este doloroso capítulo que dejó profundas marcas en las comunidades originarias.
La historia nos enseña que no podemos borrar el pasado, pero podemos aprender de él y actuar en consecuencia. Mantener viva la memoria de Napalpí es un deber moral y un compromiso con las generaciones presentes y futuras. En este aniversario, es necesario reafirmar el compromiso con la verdad, la justicia y la reparación histórica para todos los pueblos originarios.










