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Cuentos en el supermercado

Las trampas de la industria alimentaria

Cómo huir de la manipulación de muchas marcas que recurren a artimañas para aumentar las ventas

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   Sopas de pollo donde el ingrediente principal apenas está presente, galletas digestivas que solo tienen el nombre, y croquetas caseras que provienen de la misma fábrica que muchas otras. La industria alimentaria convierte el marketing de sus productos en una novela de ficción que, a pesar de su argumento a menudo inverosímil, funciona.

  La investigadora Laura Caorsi lo denomina "Comida Fantástica", título de su libro con el que busca desvelar algunas de las fábulas que nos cuentan al ir al supermercado. "Hay mucha fantasía y postureo en los envases", afirma Caorsi, periodista y divulgadora que lleva años investigando el mundo de la alimentación y la nutrición. "Las imágenes que vemos en los envases, esas que nos muestran cómo son los productos en su interior, son versiones muchas veces alejadas de la realidad", explica.

   Se trata de convencer al potencial cliente a primera vista, ya sea en la publicidad o en la góndola del supermercado, con palabras atractivas y promesas raramente cumplidas. Es una batalla desigual, pues por un lado está la poderosa maquinaria de marketing de las empresas, y por el otro, el comprador que suele carecer de tiempo y de herramientas para descifrar un etiquetado diseñado específicamente para ocultar lo malo y destacar lo bueno del producto..

Aceite sin grasa y jamón fantasma

   "Ni el supermercado es un lugar especialmente cómodo para ponerse a leer, ni la información en los envases invita a la lectura. Hay listas de ingredientes que requieren un esfuerzo casi heroico para entenderlas", señala la autora. En su libro, no solo ofrece consejos para esquivar estas trampas, sino también sugerencias para avanzar en una legislación que haga esta batalla más equilibrada.

   "Hay tres grandes líneas de trabajo que no son excluyentes entre sí: ofrecer educación alimentaria a toda la ciudadanía, presentar la información de manera más clara y afinar la legislación para reducir la fantasía tendenciosa y los engaños", defiende Caorsi.

   En la Unión Europea, es obligatorio expresar las cantidades de nutrientes por cada 100 g o 100 ml. Sin embargo, en otros países, se puede hacer por ración, lo cual a menudo permite jugar con las cifras debido a que las porciones son muy pequeñas.

   Cualquiera que frecuente los supermercados sabrá de lo que habla la autora. O no, lo que indicaría que el etiquetado engañoso hace tan bien su trabajo que caemos en sus trampas sin darnos cuenta. Porque una cosa es suponer que las patatas fritas con sabor a huevo frito no contienen huevo frito, y otra muy distinta es que algo vendido como ensalada de cangrejo no tenga ni rastro de este producto.

   O que unas papas que presumen de llevar una conocida sal mallorquina muestren la cantidad en partes por mil en lugar del porcentaje habitual. "Concretamente llevan un 0,6%, que en realidad es un 0,06%", recuerda Caorsi. La lista de ejemplos en el libro es larga. Unas tortitas de maíz con fetas de jamón en la imagen del envase fueron el producto que la animó a lanzar un divertido reto en su cuenta de X (Twitter). Bautizado como "El porcentaje justo", se trataba de adivinar, a la vista del empaque, la cantidad real de ingrediente en el alimento. ¿Estas tortitas? 0% de jamón, era solo un saborizante.

   La historia se repite en muchos casos, aunque seguramente el primer premio lo merece aquel aceite que se promocionaba como "sin grasas". "Sucedió en Estados Unidos con un aceite en spray, y se debe a que la legislación allí es diferente. Mientras en la Unión Europea hay que expresar las cantidades de nutrientes por cada 100 g o 100 ml, en otros países se puede hacer por ración, y como la porción era tan pequeña, jugaban con eso", recuerda. Por cierto, como recordatorio para medir el nivel de fantasía: en un aceite, el 100% debería ser grasa..

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Saltarse las normas

   Lo habitual es lo contrario: dar a entender que un producto tiene mucho de algo cuando en realidad es anecdótico o inexistente. "Hay muchos productos que presumen de ingredientes que prácticamente no tienen. Por eso es tan importante ignorar la parte frontal, que es pura publicidad, y consultar la información real", aconseja la autora.

   Desconfiar de cualquier producto con promesas alimentarias es otro consejo clave. La autora recuerda que frutas y verduras, como el melón o el pepino, no necesitan etiquetas para presumir de ser saludables. Son precisamente los productos menos sanos los que recurren a estas trampas.

   La lista de ingredientes es esencial, apunta Caorsi. "Los ingredientes se enumeran de mayor a menor cantidad, así que hay que fijarse en los primeros para evaluar si el producto sigue siendo interesante". También recomienda buscar el ingrediente que se destaca en el frontal para verificar su cantidad real o comprobar si la etiqueta "sin azúcares añadidos" coincide con la lista de ingredientes. La clave está en que la lista de ingredientes es donde el fabricante no puede mentir.

De ultraprocesados a ultraperpetrados

   Los ultraprocesados suelen ser los protagonistas de este tipo de artimañanas, pero Caorsi ha identificado un nuevo tipo de producto que sube el listón: los ultraperpetrados. Ese helado con sabor a galletita, las pizzas rematadas con crema de cacao…

    "Los defino como el nivel extremo de manipulación, un crossover alimentario entre marcas de productos insanos que se utilizan mutuamente para generar sensación de permanente novedad, para captar nuestra atención y perpetuar esta idea falsa de que tenemos muchas opciones", explica.

   Al menos hay que reconocer que en esos casos no suelen presumir de ninguna cualidad nutricional, asumiendo que son lo que son: inventos de laboratorio. ¿Son mejores estas mezclas terribles a cara descubierta que intentar vendernos galletas grasosas como comida sana?

   "Los ultraprocesados honestos, al menos, se muestran tal cual son. No nos advierten de las consecuencias metabólicas de consumirlos con frecuencia, claro, pero tampoco fingen ser buenos. Ahora, en el plano real, no haría distinciones entre un ultraprocesado sincero y uno con pretensiones: cuando uno los come, son igual de malos los dos", argumenta.

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