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Cuando se habla del tránsito en las calles de Resistencia, signado por la anarquía y el vale todo, se suele apelar a la necesidad de poner énfasis en la educación de los actores de la rutina vial. Pero ¿falta educación o simplemente falta voluntad de hacer cumplir lo que todos sabemos que es lo correcto? ¿Los miles de conductores (de motos, bicicletas, autos, camiones, colectivos) que cruzan semáforos en rojo cada día en la ciudad ignoran que eso está mal? No, simplemente deciden no cumplir con la norma.
Aunque con esa actitud pongan en peligro las vidas de otras personas, sin ningún tipo de vergüenza al ser vistos por quienes, alrededor, sí están aguardando la aparición de la luz verde. No hace falta educarlos; lo que hace falta es un sistema de control -que en nuestra capital, insólitamente, está totalmente ausente- y sanción que haga sentir a los infractores que sus transgresiones tienen consecuencias directas sobre ellos.

NO TODO ES RELATIVO
Con respecto a la administración del Estado pasa parecido. Todos saben qué está bien y qué está mal. Pero con la excusa de las concepciones ideológicas se disfraza lo malo de opinable. ¿Cualquiera de nuestros dirigentes que tenga la secundaria completa puede no entender que vivir con déficit fiscal conduce a la inviabilidad? ¿Alguien puede sostener seriamente que la ausencia de productividad, de generación real de riqueza, se puede reemplazar con emisión de moneda? ¿Nadie podía imaginar que el ingreso progresivo e imparable en el sector público de nuevos empleados -en la mayor parte de los casos, personas sin más mérito que un vínculo con los caudillos territoriales del momento- iba a llevar a las administraciones a un punto de colapso?
¿Era difícil suponer que descargar todo el costo de un Estado tan descomunal como inútil en un cuadro impositivo irracional iba a terminar dañando seriamente la actividad económica? ¿Resultaba imposible de prever que un sistema educativo sin supervisión, control ni evaluación acabaría siendo una fábrica de brutos condenados al subempleo? ¿Cuántas neuronas hacen falta para siquiera sospechar que las relaciones laborales ya no pueden ser reguladas por legislaciones nacidas en tiempos en los que la mayor expresión de la tecnología de punta eran el teléfono fijo y la televisión abierta en blanco y negro?
No es que no se sepan las respuestas. Lo que no hay es el deseo de abandonar las comodidades, privilegios y negocios que hay detrás de cada una de esas cuestiones. Y, como en el caso de la convivencia vial local, ¿para qué esperar al verde si no pasa nada con avanzar en rojo? ¿Para qué pensar en el largo plazo si el que define las elecciones es el corto? ¿Para qué privarse de gastar a tontas y a locas si las facturas les van a caer a otro? ¿Para qué cambiar si no cambiar me sirve más?
EL PACTO IMPOSIBLE
Por lo anterior, y porque así somos, el "Pacto de Mayo" propuesto por Javier Milei anteayer en el Congreso tiene escasísimas chances de vida. Servirá para que él pueda decir que lo intentó, y nada más. No solo por su manera de presentarlo, golpeando duro (pero con datos en su mayoría irrefutables) a la misma oposición a la que convoca, sino porque enfrente -y sobre todo en el peronismo- nadie quiere realmente que a este gobierno le vaya bien, porque apoyarlo sería casi un suicidio. El éxito de Milei sería el pase a retiro de toda la camada política que generó las condiciones para el surgimiento y consagración del presidente libertario. No hay espacio para ambos. Por eso es una pelea a todo o nada. Milei lo sabe, y quema las naves en una retórica excluyente y un bombardeo sin cuartel sobre las cajas del enemigo. El peronismo lo sabe, y hará todo lo que pueda para derribar al gobierno.
El clima bélico no es nuevo y, además, es coherente con una sociedad que está viviendo condiciones sociales propias de una posguerra. El Chaco, la provincia más pobre del país (donde no deberíamos sorprendernos si la próxima medición oficial marca que más de 70% de los habitantes no cubre sus necesidades básicas), es una ventana descarnada a esa realidad.
Es una transición feroz, de final abierto. Pero lo que la sociedad que promovió un cambio en las elecciones del año pasado no debería perder de vista es que, pase lo que pase con la gestión actual, eso no cambia el pasado. Aun en la hipótesis de que Milei esté manejando pésimamente la crisis, lo que estalla ahora (acelerado o no por los ocupantes actuales de la Rosada) es todo lo que se gestó desde los ’70 hasta aquí. Solo que, repartido en tantos años, el derrumbe no fue espectacular y estruendoso sino lento y sistemático.
PICARDÍAS CHAQUEÑAS
El otro discurso del viernes, el de Leandro Zdero en la Legislatura, planteó una descripción dolorosa de lo que hubo detrás de la administración "histórica" del PJ en el Chaco entre 2007 y 2023. Zdero habló de una "corrupción estructural que atraviesa todo el Estado", donde dio a entender que hasta el equipo del gobierno que pasó tenía "ventanillas paralelas" en las que los funcionarios percibían montos "obscenos" en negro. Pero en sus recibos de remuneraciones figuraban importes que los convertían en monjes franciscanos. Como los sobresueldos de la época de Menem.
Ante los diputados, Zdero dijo haber recibido una caja con 1363 millones de pesos frente a obligaciones vencidas por un total de 145.000 millones y una deuda de 310.000 millones con la proveedora de energía de Secheep. A eso sumó que en los últimos seis días de gestión de Jorge Capitanich hubo pagos "en forma totalmente discrecional" a proveedores que agotaron los 10.000 millones que la provincia había recibido de la Nación a modo de compensación por los cambios en el Impuesto a las Ganancias.
"La gestión saliente no dejó previsión alguna de fondos para sueldos ni aguinaldos. La estrategia fue hacer que la provincia explote deliberadamente por los aires", acusó, señalando que en materia de obras las autoridades anteriores "iniciaron un sinfín de licitaciones para las que sabían que no tendrían el respaldo financiero necesario", por lo que ya desde antes del recambio gubernamental fueron paralizándose trabajos.
A TODA ORQUESTA
El gobernador también contó que la deuda declarada de 5000 millones con prestadores de la obra social del Insssep en realidad resultó de 11.400 millones, y que además aparecieron grandes agujeros en el sistema de salud, que ejemplificó con un pasivo de 1000 millones con instituciones que dializan a enfermos renales. Con comedores comunitarios había una deuda de 2000 millones, generada en compromisos de hasta tres años atrás, y -en general- el pago a proveedores "era selectivo" ya que "algunas empresas y organizaciones sociales tenían misteriosamente los pagos al día. El criterio era postergar a los chaqueños pero jamás descuidar a los amigos del poder", dijo.
Zdero anotó entre las bombas recibidas el pago de 37,7 millones de dólares por un bono emitido en los años de Domingo Peppo y reprogramado en tiempos de Capitanich, que se pudo afrontar con apoyo del gobierno de Milei. No dejó de citar, tampoco, la gran cantidad de vehículos oficiales que estaban en manos de exfuncionarios, dirigentes piqueteros y otros personajes como si fuesen bienes privados. Muchos se recuperaron prácticamente inutilizables. Y se hallaron cientos de contratados y becados que ni siquiera tenían un trabajo asignado. Simplemente cobraban.
En Educación se hallaron "proyectos especiales" injustificables, que consumían 600 millones de pesos al año. En Salud han transcurrido meses sin una sola licitación nueva para adquirir insumos, mientras se abandonaban otros en galpones, sin uso, como si solo hubiera importado sellar el contrato de compra. Todo en un contexto de gastos irresponsables que nadie parecía ver. Tampoco los gremios, que deberían ser los primeros interesados en custodiar la viabilidad del Estado.
Los conceptos de bueno y malo, correcto e incorrecto, tienen mucha letra chica y zonas grises. Pero hay asuntos sobre los que no hace falta filosofar demasiado. Hay cosas que claramente están bien y cosas que claramente están mal. Cuando la frontera entre ambas no existe o importa poco y nada se llega justo aquí, donde estamos.










