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Historia del movimiento estudiantil en nuestro país

Sobre los lápices y los jóvenes de la Unión de Estudiantes Secundarios

Bastaba detenerse un momento a comparar la actitud de la sociedad entre 1973 y 1975 –un año y medio–, para entender que algo había cambiado para mal.

Si al comienzo el clima de armonía y encuentro se imponía sobre las divisiones (y pasiones) políticas, poco después la situación había devenido "enrarecida".

Recuperado el gobierno constitucional, la escuela secundaria de Resistencia albergaba sin conflictos a los más variados intereses juveniles: desde el deporte, la música, el baile, los juegos, y la política, salvo por el empecinamiento homogeneizador de una camada numerosa de docentes convencidos que educar era uniformar.

El ida y vuelta entre una actividad y otra llevaba a que, por ejemplo, una destacada deportista como Cristina, manifestara un auténtico interés por integrar la Unión de Estudiantes Secundarios.

Muy pronto sus amigas, mis hermanas, figuraban también entre las adherentes a la agrupación.


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El 16 de septiembre se recordó el Día de los Derechos de los Estudiantes Secundarios.

Como expresión juvenil surgida de las aulas, la Unión de Estudiantes Secundarios pretendía una transformación educativa liberadora que se inspirara en las propuestas de Paulo Freire, antes que en los dogmas sarmientinos.

La mayoría de las expresiones giraban en torno de esos principios, siempre en relación con las condiciones generales del país y la evolución de la lucha de los trabajadores.

Tras la muerte del presidente Perón la situación del país empeoró hasta el punto en que lo que antes parecía normal se volvía "sospechoso".

Ni las juntadas en las plazas, ni las guitarreadas y las peñas quedaban exentas de la vigilancia atemorizante. Las conquistas estudiantiles durante esa etapa habían sido bastante limitadas, como algunos centros de estudiantes, y ciertas modificaciones de la rigurosidad disciplinaria.

Mientras los cambios pedagógicos e institucionales evidenciaban morosidad, la marcha del gobierno parecía abjurar del programa votado dos años antes.

En la familia, sumida en una incertidumbre inesperada, la militancia pasó a ser un tema de debate. Los riesgos se habían acrecentado y salir a una pintada o a una volanteada era peligroso.

Para nuestros padres, lo que antes habían sido bulliciosos y entretenidos encuentros de mis hermanas con amigas y amigos, pasaron a ser arriesgadas actividades sin otro destino que la cárcel.

Las discusiones en la mesa familiar tomaron el rumbo de la ruptura generacional, de un lado los mayores, que buscaban la forma de no cercenar el desarrollo de las hijas pero haciéndoles ver los peligros de la etapa. Y del otro lado, ellas, que ignoraban las alertas, incrédulas sobre el negro porvenir.

Lo cierto es que el reflujo de la participación ya se hacía notar cuando irrumpió la dictadura, y las calles yacían tan vacías como pretendía el salvajismo represivo.

La libertad, conquistada con el sacrificio de tantos argentinos y argentinas se terminaba de esfumar ante los allanamientos y detenciones sin las garantías constitucionales.

A la inversa, los usurpadores de las instituciones vociferaban una versión de "la libertad" que sólo celebraban el capital extranjero y las grandes empresas.

Algunas familias creyeron que con la indiferencia o la ignorancia quedarían al margen, y así fue, pudieron decir "Yo no me metí en nada y no me hicieron nada".


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Ellos venían a transformar la estructura del país, a consolidar la pobreza y la desigualdad, a destruir las bases sobre las que creíamos posible construir un país con justicia y desarrollo, pero "no les hicieron nada".

La Unión de Estudiantes Secundarios se mantuvo en pie a duras penas durante algunos meses más. Las detenciones y desapariciones cumplieron su cometido: desarticular el espacio, e infundir terror en la población. La libertad del saqueo avanzó escudada en el terrorismo de Estado.

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(El autor es profesor en Historia – Educadores Populares)

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