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Caminar en la esperanza y no caer en la resignación pasiva y fatalista

La fe en nuestro Dios cercano nos lleva allí donde está la humanidad más herida y donde los seres humanos, por debajo de la apariencia de la superficialidad y el conformismo, siguen buscando la respuesta a la pregunta por el sentido de la vida.

Cuando pasan ciertas cosas, en la Iglesia y en el mundo es lógico que nos preocupemos y suframos. Los seres humanos se desencuentran, se combaten, se encierran. La ansiedad nerviosa y violenta nos dispersa y nos debilita. Todo ello engendra miedo, angustia, tristeza, pesimismos. También en el interior de la Iglesia se sufre: desunión, desorientación, amenaza y pérdida de la propia identidad; poco empeño en vivir la fe. Vivimos tiempos difíciles; es inútil lamentarse, ignorar o dejarse aplastar como si nada se pudiera hacer.   

Sin embargo, en lo profundo, y lo sabemos por la fe, en todo esto está Dios conduciendo la historia, está Cristo presidiendo su Iglesia, el Espíritu Santo engendrando en el dolor un tiempo nuevo. 

Por eso se hace necesario meditar otra vez sobre ese pilar junto a nuestra fe que es la esperanza. Necesitamos quitarnos el miedo que paraliza y dejarnos invadir por el Espíritu de Jesús. Él vivió tiempos difíciles y los superó con la misma dinámica que lo podemos hacer también nosotros. Su llamado es siempre al amor universal y a caminar con otros en el espíritu de las bienaventuranzas. Aunque cueste creerlo, en esta senda estamos, tanto en lo personal como en lo comunitario, porque "el que vive en Cristo es una nueva creatura; un ser nuevo se ha hecho presente y todo esto procede de Dios", dice el apóstol Pablo (2Cor 5,17-18).

Vivir la esperanza

En momentos como éstos, de desencuentro y violencia, se siente la tentación de hacer justicia por propia cuenta; un sentimiento derrotista nos impide superar la crisis de sociedad que vivimos por el arrastre de tantos años. Por eso necesitamos vivir la esperanza. Es la virtud que tiene por objeto un bien futuro, arduo, difícil, pero posible de alcanzar. 

Tener esperanza no es un consuelo superficial para adormecer la conciencia, sino el deseo que alienta a los audaces; una actitud aplicada particularmente de los jóvenes porque siempre rejuvenece. No es hora de buscar seguridad en una piedad individual de cómo salvarse, o proyectar toda recompensa en el premio eterno, actitudes que siempre pueden alienarnos. Sino que es la ocasión de ser audaces en elegir el servicio a los hermanos por el honor del nombre de Cristo y de la dignidad de cada persona. 

Es hora de testigos que buscan preparar un cambio o, mejor, transformar lo cotidiano por la caridad y la justicia, con certeza que desde allí se contribuye a un bien mayor y común. 

Una virtud creadora

La esperanza se apoya en esa convicción que exige primero de nosotros una conversión firme y creatividad para sostenerla. Desde esa firmeza interior es posible aguantar, soportar las contrariedades, los vaivenes de la vida, y también las agresiones de los demás, sus infidelidades y defectos: Si Dios está con nosotros, ¿quién estará contra nosotros? (Rm 8,31). Esta certeza interior nos forja de paciencia y constancia en el bien ante un mundo acelerado, voluble y agresivo. Porque la esperanza es dinámica, es una virtud esencialmente creadora, que busca superar obstáculos.

La firmeza interior que es obra de la gracia, nos preserva de dejarnos arrastrar por la violencia que invade la vida social, porque la gracia aplaca la vanidad y hace posible la mansedumbre del corazón.  Tal actitud supone un corazón pacificado, liberado de la agresividad. Este el modo de encarnar la palabra de Jesús que dice: "Felices los mansos porque heredarán la tierra".

Vivir la esperanza exige esa fortaleza en dos sentidos: como firmeza y perseverancia, y como compromiso activo, audaz y creativo. Pero fortaleza no es poderío ni agresividad, sino del temple espiritual, de una seguridad interior que se apoya en Dios y con él, en la fraternidad. 

Actores de la paz

También a un pueblo que sufre se necesita ofrecerle esa fortaleza del Espíritu, para ayudarlo a caminar en la esperanza y no caer en la resignación pasiva y fatalista. Solo con esta fortaleza se puede ser actores de paz. La esperanza cristiana es audacia, empuje evangelizador que deja una marca en este mundo. Audacia y entusiasmo, que expresa la libertad de una existencia que está abierta, porque se encuentra disponible para Dios y para los demás. 

Como Iglesia "en camino" estamos en búsqueda, y esperamos repensar nuestra presencia y acción a la escucha de nuestras comunidades y de la sociedad. El primero de julio de este año celebramos nuestra asamblea diocesana en Makallé. Nos ilumina la relectura de las bienaventuranzas de Jesús. Palabras divinas que nos vuelven a su mensaje genuino, y nos inspiran el modo propio de situarnos en la sociedad, para salir al encuentro y construir la fraternidad. 

El evangelio testimoniado por la comunidad es la manifestación más clara de que los tiempos difíciles pueden convertirse en tiempos de gracia. Caminar en la alegría del compartir, en el reconocernos cercanos, peregrinos y discípulos, en la serenidad para abrazar los sufrimientos que implica todo cambio. Jesús no anuló los tiempos difíciles. Tampoco los hizo fáciles. Hace que en ellos se manifieste el poder de Dios; los convierte en tiempos de gracia. Pero no es un camino individual y aislado: es el camino de Él con nosotros, del Emanuel con su Iglesia. En esta comunión está la fortaleza y la esperanza. 

Hambre de sed y justicia

Con esperanza compartimos el caminar de nuestra sociedad que tiene "hambre y sed de justicia". El dolor y la tristeza nos golpean como sociedad chaqueña; todavía el clamor por la aparición de Cecilia nos une; la verdad de la realidad exige que la justicia nos brinde claridad de lo sucedido. Con el espíritu de las palabras de Jesús confesamos que la verdad es una compañera inseparable de la justicia y de la misericordia. Verdad, Justicia y Misericordia, las tres juntas, son esenciales para construir la paz; […] Cada violencia cometida contra un ser humano es una herida en la carne de la humanidad; cada muerte violenta nos disminuye como personas (PP Francisco, FT 227).

Con firme esperanza acompañamos a familias, jóvenes en su camino de recuperación y de inserción en la sociedad, especialmente desde la Pastoral de Adiciones. Desde hace muchos años abogamos por la necesidad de asumir los compromisos que conlleven a enfrentar los desafíos que presenta el consumo de drogas. Por eso insistimos en que es necesario desnaturalizar el consumo, porque la droga mata siempre. Es urgente combatir la apatía, la insensibilidad y la indiferencia, porque la droga es un problema de todos. La droga mata en el centro de nuestras ciudades, pero sobre todo en la periferia de nuestros barrios. Y como Iglesia decimos no a la despenalización de la droga, porque la realidad misma nos confirma que la droga mata siempre, particularmente a los más vulnerables.

Dios siempre es novedad en la ciudad y en la sociedad. Él nos empuja a partir una y otra vez y a desplazarnos más allá de lo cómodo o seguro. Descubrimos su providencia de Padre, el paso del Señor en los acontecimientos y la acción interpelante del Espíritu Santo en ellos. La fe en este Dios cercano nos lleva allí donde está la humanidad más herida y donde los seres humanos, por debajo de la apariencia de la superficialidad y el conformismo, siguen buscando la respuesta a la pregunta por el sentido de la vida. Por eso, si nos atrevemos, con audacia y compromiso, a llegar a las periferias, existenciales o territoriales, allí lo encontraremos, él ya estará allí. Como dice el PP Francisco: Jesús nos primerea en el corazón de aquel hermano, en su carne herida, en su vida oprimida, en su alma oscurecida. Él ya está allí (EE 135).

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