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Cuidar la democracia

Nuestro país celebra este año cuatro décadas de democracia sin interrupciones.

En todo este tiempo y gracias a la activa participación de la ciudadanía se ha logrado consolidar la idea de que la única forma legítima de sucesión en el poder es mediante la realización de comicios periódicos libres y transparentes. Las elecciones PASO que se acaban de realizar en nuestra provincia, en un contexto muy particular por el caso de la desaparición de una joven, obligan a reflexionar sobre los desafíos que tiene por delante el sistema recuperado en 1983.

Quienes fueron testigos de los primeros comicios celebrados en la provincia tras el regreso de la democracia aseguran que en los lugares donde se votaba existía por entonces un mayor clima de tensión, comparado con lo que se vive ahora, 40 años después. Al parecer, entre los dirigentes y militantes de uno y otro partido predominaba la idea de que se estaba viviendo algo que no se sabía cuánto iba a durar y, por lo tanto, se jugaba fuerte. A todo o nada, ya que podía tratarse de la última vez. En los últimos años, en cambio, la mayoría comprendió que, de una u otra manera, está garantizada la posibilidad de elegir representantes cada cierto período de tiempo y eso actuó como una especie de válvula que liberó, al menos en parte, aquella presión inicial. No es que ahora no existan tensiones. Lo que sucede es que son mínimas si se las compara con las disputas de aquellos primeros años de ejercicio democrático, en los que, de a poco, se fueron dejando atrás los tiempos de violencia política y también de violencia simbólica. Por ejemplo, hoy a ningún candidato se le ocurriría quemar un ataúd con los colores y símbolos del partido adversario en un acto nacional de cierre de campaña, como lo hizo Herminio Iglesias, el dirigente sindical que se presentó en 1983 como aspirante a gobernador de la provincia de Buenos Aires, y que, para algunos especialistas en contiendas electorales, selló la suerte del peronismo y allanó el camino al triunfo en las urnas de Raúl Alfonsín.  

El politólogo Adam Przeworski, autor de varios libros sobre los límites y las posibilidades de la democracia, remarca la importancia de que la ciudadanía renueve su confianza en el sistema electoral y, en ese sentido, observa que la democracia es un sistema que requiere cuidados, atenciones y esfuerzos constantes para mantener su plena vigencia. También sostiene que, a pesar de todo, sigue siendo el mejor sistema de gobierno. Para quienes opinan lo contrario se podría decir que, al menos, es el menos malo ya que siempre deja espacios para promover el respeto a las libertades y a los derechos humanos, y premiar o castigar en las urnas una gestión de gobierno. Przeworski también plantea en sus obras que la democracia es, en definitiva, un sistema en el que los que están en el poder están obligados a rendir cuentas ante la ciudadanía, y que las elecciones libres y justas son esenciales para este proceso. Por otra parte, el politólogo también aborda en sus trabajos de investigación el vínculo que existe entre los regímenes políticos y el desarrollo económico de los países. En ese sentido, plantea que no existen razones para dejar de lado el sistema democrático en la búsqueda del crecimiento económico y que la experiencia demuestra que es mucho probable que la democracia siente las bases de una estabilidad económica a largo plazo que lo que podría hacer un régimen autoritario. Sobre este asunto en particular, hay que recordar que Przeworski considera que una elecciones libres, periódicas y justas son la condición necesaria para mantener un sistema democrático saludable.

En estos 40 años de democracia la sociedad aprendió superar tensiones y comprobó la importancia fundamental que tiene el respeto del principio de mayoría, la transparencia en los procesos electorales y la sucesión pacífica del poder. Pero todavía falta mucho camino por recorrer. La ciudadanía debe comprometerse con la defensa de las instituciones democráticas involucrándose en los temas de interés público. Además, se debe promover el diálogo, mejorar la calidad de las instituciones representativas y garantizar una verdadera división de poderes. Son elementos que no deben faltar si queremos que la democracia, que tanto costó recuperar en 1983, goce de buena salud.

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