La nociva cultura de la violencia
Las instituciones de la democracia definen con claridad los mecanismos y dispositivos a los que se deben recurrir para gestionar los distintos grados de conflictividad que se producen en el seno de la sociedad. Esto implica que existe un consenso social de no utilizar la violencia como medio para resolver los conflictos. Sin embargo, en los últimos años, algunas figuras que se preparan para competir en las elecciones con el fin ocupar cargos públicos insisten en promover la libre portación de armas.
Las definiciones con la que comienza esta columna pertenecen a la Red Argentina para el Desarme, una organización no gubernamental que propone desalentar en nuestro país la cultura de la violencia y advierte sobre los serios riesgos que implican todas aquellas iniciativas que buscan facilitar a la ciudadanía el libre acceso a las armas. Cada vez que se aborda este tema resulta inevitable dirigir la mirada hacia Estados Unidos. En primer lugar, porque se trata de un país que tiene una enorme gravitación en el orden internacional y casi todo lo bueno y lo malo que ocurre allí inmediatamente tiene repercusión global. Por otro lado, porque el pueblo norteamericano posee una cultura armamentística muy arraigada que la convierte en un caso único en el mundo. El año pasado, luego del tiroteo ocurrido en una escuela primaria de la localidad de Uvalde, Texas, que dejó un saldo de 21 muertos (19 niños y dos maestras) y 17 heridos, el presidente Joe Biden se dirigió al pueblo estadounidense y recordó que en EEUU se registraron más de 900 incidentes con armas de fuego en establecimientos educativos sólo en los últimos diez años. El llamado a la reflexión que hizo en ese momento el mandatario chocó contra una pared: la creencia profundamente arraigada sobre la libre portación de armas y que es reconocida como un derecho por la Constitución estadounidense, más precisamente por la Segunda Enmienda, que fue redactada en 1791, es decir, hace más de dos siglos. Y eso es lo que explica, en gran medida, que EEUU sea el único país del mundo donde el número de armas en las calles supera a la cantidad de población. Se estima que por cada 100 estadounidenses hay 120 armas de fuego.
En el resto del mundo existe cierto consenso respecto a que la proliferación de armas en manos de personas que no están preparadas para manejarlas se traduce en un aumento del número de muertos por accidentes, homicidios, femicidios o suicidios. Además, incrementa el riesgo de morir o resultar herido en una situación de delito y contribuye a que muchos conflictos entre personas sean resueltos de manera violenta. Es por eso que expertos en seguridad remarcan que no se debe alentar la tenencia de armas en los hogares y que la administración y el manejo de las mismas deben quedar en manos del Estado. En la Argentina, sin embargo, en los últimos años algunas voces se expresaron en sentido contrario. "El que quiera estar armado, que ande armado", dijo una funcionaria nacional en 2018. En mayo pasado, cuando el mundo hablaba de la masacre de niños y maestras en Uvalde, Texas, un diputado nacional reiteró que estaba a favor de la libre portación de armas de fuego. Hace pocos días un diputado provincial y candidato a gobernador en Tucumán difundió un video en el que se lo ve en una práctica de tiro, asegurando que la libre portación de armas es la solución al problema de la inseguridad.
Ante las voces a favor del armamentismo civil se debe proponer un debate serio sobre la prevención de la violencia y las posibles alternativas de solución a un problema de gran complejidad como lo es el de la inseguridad. En esa discusión debe recordarse que, muy por encima del derecho a la libre portación de armas, está el derecho a la vida. Como se ha señalado ya en otras oportunidades en esta misma columna, la manera de garantizar la seguridad ciudadana no consiste necesariamente en promover una mayor cantidad de armas en manos civiles y una justicia por mano propia, sino que, sin desconocer que la conflictividad es parte de la vida en sociedad, siempre dará mejores resultados la promoción de una cultura de la no violencia basada en el respeto a las instituciones democráticas y en una firme creencia en la resolución pacífica de los conflictos.










