Los franceses, el mundial y sus empresas en el país
Decía la prensa: en Francia siguen disconformes con el resultado de la final del Mundial de Qatar 2022, donde la Selección argentina se consagró campeona. Un diario francés afirmó que los argentinos no se destacan "por su clase".

Desde la final del mundial de fútbol los franceses no paran de llorar y quejarse. No aceptan que Argentina es el campeón del mundo. Acá se vive en libertad y con responsabilidad, dijo un expresidente a su arribo a Francia.
Los franceses no han sido generosos con nosotros con sus negocios, así que cuando leí esos comentarios pensé que era justo ponderar y festejar el triunfo del equipo argentino, y además comentar el desquicio que han hecho los franceses en nuestros recursos naturales, su enriquecimiento con el consiguiente costo social. Federico Portalis, a quien se lo nobiliza con el título de "barón" junto a su hermano Carlos, fueron iniciadores de ese proceso en nuestro país.
Federico y su hermano Carlos eran descendientes del jurista Jean Portalis que, junto a otros, había redactado el Código Civil de Francia de 1804. Los residentes y paisanos franceses los ponderan por haber conservado la influencia y autoridad de Francia en nuestro país. Estuvieron mezclados en todos los grandes negocios de la época. Junto a otro francés, Clodomiro Hileret, empezaron con la industria azucarera en Tucumán.
Hileret tenía extravagantes gustos y grandes ambiciones. Llegó en 1876 para ser empresario del azúcar de Tucumán. Curiosamente, la marca "Hileret" llegó a nosotros, pero a través de edulcorantes. Con carisma y fuertes lazos sociales, Hileret y su socio fundaron en 1879 el ingenio Santa Ana, el más grande de América Latina, que producía anualmente 8.000 toneladas de azúcar y dos millones de litros de alcohol.
El establecimiento ocupaba 30.000 hectáreas, con más de 2.000 zafreros y 50 km de vía para transportar insumos y productos. Para mantener la prosperidad del negocio azucarero, al igual que los ingleses con su gendarmería volante, crearon su propia policía, para mantener a los trabajadores obedientes y reprimir cualquier indicio de reclamo laboral. A su vez, el aparato represor del francés tenía un pacto con el diablo.
Un presunto acuerdo entre el francés dueño del ingenio y el diablo le permitía entregar un peón por zafra para que fuera bien el negocio del azúcar. Cuando comenzaron a desparecer peones rebeldes de la zafra, entonces se creó el mito de la aparición de una bestia, un perro negro que a veces aparecía sin cabeza, apodado "El Familiar". Arrastraba largas cadenas a su paso con fulminantes ojos rojos, según cuenta el escritor Eduardo Rosenzvaig.
La bestia del infierno tenía la misión de honrar el pacto que su dueño hizo con el diablo. Los peones eran capturados de por vida, por sus deudas con la patronal, y la fuga era la única manera de dejar el ingenio. Con cada desaparición, el mito de la bestia crecía y todas las familias, por miedo, cerraban las puertas de sus casas por la noche: temían al que llamaron "El Familiar", que pasó a formar parte de la mitología nacional.
Con decenas de trabajadores desaparecidos, el ingenio azucarero Santa Ana se convirtió en el éxito mundial del francés Hileret, que llevó toda la fortuna acumulada a su país. Pero el emporio del azúcar comenzó a decaer a partir de su muerte, en alta mar viajando a Paris, en 1909. Quedaron sus tres hijos a cargo, quienes con malos manejos, falta de inversión y la crisis azucarera, llevaron la empresa a la quiebra. Hubo otros ingenios: el San Pablo, también del francés Nougues, estuvo en pie hasta 1989.
Volviendo a los Portalis: crearon también las primeras empresas ferroviarias francesas en nuestro país, fundaron el Banco Francés del Río de la Plata, colocaron empréstitos de la provincia de Buenos Aires y de Santa Fe en bancos anglo-franceses. Estuvieron al frente de constructoras de trabajos públicos y de cajas hipotecarias, fueron ganaderos y agricultores, e iniciaron la explotación forestal.
La explotación del quebracho surgió cuando un obrero curtidor de la Boca se dio cuenta del color herrumbre de las aguas que mojaban los pilotines y adoquines que hacían de piso de los muelles. Eran de quebracho colorado, muy solicitado por su dureza, que se ocupaba en esas construcciones. Se sabía también que esa madera se utilizaba para hacer los rodillos de moler caña en Tucumán.
El obrero avanzó un poco más con su investigación y comprobó que el agua no solo era herrumbrosa, sino que tenía sabor a tanino. Entonces, el quebracho debía tener las mismas cualidades que la corteza del árbol de donde se extraía el tanino para curtir el cuero. Ensayó el proceso de curtido con el agua con tanino de quebracho y el resultado fue concluyente. Todo el árbol tenía tanino, no sólo la corteza.
Pero los laureles del descubrimiento y las riquezas del tanino no fueron para el curioso peón, se los llevaron los franceses. Exhibido que fue el quebracho colorado en la Exposición Forestal del año 1872 en Buenos Aires, el francés Adrien Prat envió una muestra para su análisis, a Ernest Dubose, que fabricaba extractos de maderas en Le Havre, en el nordeste de Francia.
Ni lerdo ni perezoso, Dubose en 1873 gestionó y adquirió la patente a su nombre para la producción por 15 años del extracto de quebracho. A todo esto, Federico y Carlos Portalis, en 1878, ya tenían en concesión alrededor de 25.000 hectáreas en Santa Fe, en el Chaco santafesino. Previamente, habían registrado en Le Havre que el quebracho colorado tenia excelentes condiciones para extraer el tanino.
La gran empresa de los Portalis contó con Víctor Negri, hábil socio para los negocios de la producción forestal, que siempre prosperaron a expensas de la explotación laboral. Tener en concesión 25.000 hectáreas de monte requiere de mano de obra barata y dominada. Con el tiempo, los Portalis se asociaron con los Harteneck en La Forestal del Chaco, luego The Forestal Land, Timber and Railway Co, a la qu aportaron la tierra como parte del capital. Una sociedad fundada en Londres hipotecó los aportes de los nuevos socios financistas. Comprendían estas tierras las localidades chaqueñas de Horquilla, Haumonia, Charadai, en sus orígenes llamadas Villa Harteneck.
La Provincia de Santa Fe comenzó en esos años su proyecto colonizador y la clave fue el ferrocarril para las nuevas colonias, la mayoría francesas. San Cristóbal, una de ellas, se creó y orientó en función del mercado francés.
Las vías sacarían los productos hasta los puertos de Rosario y, desde allí, barcos con granos, cueros, carnes y azúcar partirían a ese país. Hacían la quinta parte de lo que exportaba Francia, sin contar el azúcar, la madera y el tanino del Chaco, los vinos de Mendoza y San Luis, se llevaban hasta la bosta de vaca.
*Abogado, especialista en evaluaciones ambientales, escritor, historiador del Chaco y sus ancestros.










