Resistencia22°Min. 18° • Max. 23°

El día después

La primera noche que siguió al crimen que cometiera contra su hermano, Caín quiso descansar y así lo hizo. Se arrebujó en una piel de cabra y durmió. Soñó que volaba como los pájaros y su vuelo era bueno.

explosion-atomica.jpg

Vieron sus ojos la Tierra, allá abajo, y deseó arrojar una piedra. Su mano poseía forma de piedra, quitóse entonces su mano y dejó que cayera sobre los campos. Cuando su mano golpeó contra la tierra, un gran resplandor borró el sol y, como empujado por un trueno, empezó a crecer un gigantesco hongo de humo, sangre y llanto. Escuchó su voz pronunciando una palabra desconocida: Hiroshima. Caín despertó sobresaltado y cubierto de sudor.

"Sigo creyendo que el mío fue uno de los mayores aportes a la paz" (Paul W. Tibbets, piloto del B-29 de la Fuerza Aérea de los EEUU que arrojó la primera bomba atómica sobre población civil, en Hiroshima, el 6 de agosto de 1945)

"Los rayos térmicos atravesaron todas las capas de la piel; tanto la grasa como los fluidos del cuerpo se evaporaron y dañaron los intestinos. La piel se desprendía como la cáscara de una papa hervida". (Historia clínica proporcionada por el Hiroshima Genbaku Irioshi)

El amanecer fue rojizo y desapacible. Caín se irguió y contempló el llano vacío. Temió a su sueño, pero lo fue olvidando. Tenía hambre y sed. Cuando la luz del sol fue pareja sobre la tierra, Caín apretaba un pájaro en su mano. Lo apoyó sobre las rocas y hundiendo sus poderosos dedos en el pecho del ave, desgarró la carne emplumada. Comió de ella cuanto pudo y dejó los restos dispersos.

Eligió un punto cualquiera del horizonte y echó a andar por el desierto. A poco de reiniciar su camino, divisó en la lejanía unas construcciones que parecían un campamento, reverberando.

Encontrándose ya a pocos metros se vio frente a una gran cantidad de casas de madera, rodeadas por cuerdas de metal, erizadas de púas. Un aire de fetidez, de olor a carne pudriéndose, soplaba entre los chillidos de las ratas y el rumor húmedo de las moscas. Aterrorizado, sin comprender, Caín gritó y su alarido pareció reavivar el chillido de las ratas. Caín, temblando, levantó los ojos y reparó en un cartel de hierro destartalado, zarandeado por un viento eterno. Nunca supo Caín por qué su boca pronunció: Auschwitz.

"Un SS alza a un pequeño por los pies y lo arroja al aire mientras otro tira sobre ese blanco viviente. Más allá otro SS arranca a un bebé de los brazos de su madre y lo desgarra en dos, sujetándolo de una pierna y manteniendo la otra bajo su pie". (Testimonio de un sobreviviente del campo nazi de exterminio de Auschwitz)

Caín gritó, retorció sus manos sobre la cabeza, lanzó un ronquido estremecedor que huyó más allá de las dunas y el horizonte. Abrió sus ojos secos: la atroz visión se ha desvanecido. Queda el viento del desierto arrastrando finas paredes de arena. Ahora Caín teme a la noche, que llegará, que ya se insinúa en ese latigazo de sangre que va manchado el cielo.

"A la entrada del Banco Sumimoto –a doscientos cincuenta metros al sur del epicentro- la huella de un hombre quedó impresa en los escalones de granito. Seguramente estaba sentado cuando lo alcanzó la bomba porque el perfil de la cabeza y el de la espalda se perciben claramente. Nueve personas que caminaban por el puente del Yorozuyo dejaron también sus impresiones cenicientas junto a la balaustrada. Durante años, los visitantes que acudían a ver esas sombras se resistían a creer en ellas." ("Ataque atómico a Hiroshima", de Shogo Nagakoa)

"En el campo de concentración de Belsen encontraron a 20 mil moribundos". (Titular del diario "La Razón" del 18 de abril de 1945)

La noche es fría y Caín se envuelve en la piel de cabra. Se duerme penosamente. Sueña con hombres jóvenes amarrados, los ojos vendados o encapuchados por trapos sucios. Todo es oscuro y flotan en esa oscuridad voces heridas, agónicas. Hay sombras que se mueven. Los hombres maniatados gritan, se retuercen y caen.

Otra vez, Caín logra palabras desconocidas. 

Dice: Margarita Belén.

Te puede interesar