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Fabián Yausaz: "Hay una literatura de calidad que no excluye al lector infantil"

Docente, poeta y narrador, hace tiempo que se afincó en Corrientes y de ello dan cuenta sus textos. Aquí hablamos de lecturas, literatura infantil y escritura.

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Era muy pequeño y su mamá le leía cuentos en la cama, antes de dormir. Recuerda uno particular: "Pinocho". Tuvo la suerte de crecer en una casa donde siempre hubo libros: "Éramos una familia de clase media que podía comprar libros. Mis padres son de Entre Ríos, mi viejo era de Victoria. Su espacio durante la adolescencia fue la biblioteca socialista, adonde iba a leer hasta que se acababa la luz natural. Después, cuando empecé a leer solo, fui por la colección Robin Hood, Julio Verne, entre tantos libros. No he parado de leer". Fabián Yausaz es de Buenos Aires y vive desde 2001 en Corrientes. Estudió Psicología en la UBA y se doctoró en Letras en la UNNE. Publicó la novela policial "Verga y tijera" (premio Semper Ediciones, 2012); "Brasil decime qué se siente" (cuentos, Premio Provincial de Literatura), "Laguna Soto" (poesía, 2015) y el "Para qué la ternura" (2019).

En este ciclo "Más leés, más ves" hemos buscado a destacados y destacadas referentes de la literatura en la región. Pasaron en estos tres meses bibliotecarios, bibliotecarias, profesores y profesoras, escritoras. Fabián resume muchas de esas entrevistas que nos llevaron por las letras: es lector, es docente, y un entusiasta amante de la literatura. Actualmente en Corrientes enseña en el Instituto San José, donde lleva un taller literario con estudiantes de la carrera del profesorado de Lengua y Literatura. Además trabaja en el Instituto Superior de Formación Docente Estrada, donde está al frente de Alfabetización Inicial.  A Fabián le entusiasma hablar de literatura y escritura. Como buen lector, cuando afirma o sostiene algo abre la puerta de su biblioteca y saca un libro para sostener una afirmación. Así, en la charla aparecen cientos de nombres. Hablamos de la importancia de la lectura, de la literatura infantil y su costado como escritor. 

—Estudiaste psicología y letras, ¿dónde se juntan esas dos profesiones?

—Se juntan en mi pasión por la literatura. Siempre he tenido la sensación de que la carrera de letras no propicia las ganas de escribir. Ahora hay carreras específicas de escritura creativa. Lo que sí pasa en la carrera de letras es que te ordena las lecturas. A uno, cuando le gusta leer, lee. Pero va por la vida de una forma anárquica, tomando contacto con los libros. En cambio, la carrera de letras te ordena y te permite conocer cosas que son importantes.

En mi caso, primero estudié psicología. Y como mi pasión por escribir seguía latente, comencé a cursar letras en la UBA. Después hice formación de posgrados vinculados con las letras y la literatura. 

—¿Qué es leer?

—Leer es extraer un significado de un texto escrito. Ese significado de alguna manera dialoga con los otros significados que tiene un lector. Leer es poder poner en diálogo ese bagaje de significados. Eso es leer en general. En cambio la lectura literaria creo que tiene otras particularidades.

—¿Por ejemplo?

—Dentro del bagaje histórico en la lectura literaria entra una emocionalidad. Un buen lector literario es un lector que pone en contacto su emoción, sus sentimientos, con ese universo que articula un texto poético o narrativo. Me parece que hay un vínculo emocional en la lectura literaria que en otro tipo de lectura no necesariamente se encuentra. 

—Sos docente en un profesorado, ¿los que se están formando como docentes leen? 

—En el lugar donde estoy se forman futuros profesores de lengua y literatura, que trabajarán después en escuelas secundarias y como mediadores para que las chicas lean. A comienzo de cada año lectivo hago una encuesta sociolingüística sobre hábitos lectores. Una de las preguntas que les hago es: "¿Cuántos libros completos leyeron en su vida?". Entre un 30 y un 50 por ciento de los alumnos del profesorado responden que no leyeron un libro completo en su vida. Entre la gente que lee, del 40 al 60 por ciento leyeron los libros que uno identifica con la currícula de la secundaria. Entonces, el panorama es de vaso medio vacío: las personas que estudian Lengua, fuera de la escuela no leen. El vaso medio lleno es que la escuela es potencialmente un espacio para generar lectura. En ese mismo sentido habría que advertir que hoy hay mucha relación con la lectura a través de dispositivos electrónicos, audiolibros y libros digitales. 

—¿Hay algún beneficio o utilidad en leer?

—En principio, creo que no. Ahora bien, vos leés un poema que te conmueve y sentís que ese poeta puso palabras a las emociones que vos tenías atragantadas. No sé si esa es una función útil o no, pero es una función. Cuando termino de leer una novela que me conmueve, siento que el mundo no es tan malo como cotidianamente lo siento. Por ejemplo, últimamente me pasó con "La Estirpe", de Carla Maliandi, y con "Darwin o el origen de la vejez", de Federico Jeanmaire. El arte te reconcilia y te liga de nuevo con la vida. Si hubo alguien capaz de escribir estas cosas, el mundo no está tan podrido como parece. Creo que un lector de literatura puede encontrar estos beneficios en el hecho estético. Cuando algo te conmueve se produce un hecho estético. Al espectador de danza, de fútbol, de Messi, también hay hechos estéticos que lo conmueven. 

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—¿Se puede contagiar ese goce estético de la lectura?

—Sí. Te contesto como hijo y como padre; en mi casa familiar siempre hubo libros. Mi vieja nos leía, mi viejo trabajaba en la Empresa Líneas Marítimas Argentinas, estaba seis meses fuera de casa, pero cuando estaba en la casa siempre estaba con un libro. Con mi hermano estuvimos en una casa donde el gusto por la lectura se contagiaba. Mi experiencia como padre también fue esa, una de las acciones más tiernas y más entrañables del contacto con mis hijos era leerles en la cama antes de que se durmieran. Las pasiones se contagian, pero no siempre son direccionales. En las salas de profesores se escucha decir que los chicos y los adolescentes no leen. ¿Y los adultos? En la cultura adulta hay una demanda de que los jóvenes o los niños realicen actividades que la cultura adulta no genera. No siempre, pero en la mayoría de los casos, pasa. 

—¿Existe la literatura infantil? ¿Qué características tiene?

—Uno de los ensayos más lúcidos sobre literatura infantil, a mi juicio, es un libro de Graciela Montes que se llama "El corral de la infancia". Ella hace dos cosas interesantes. Entrecruza el origen de la literatura infantil –los Hermanos Grimm, Lewis Carroll, los textos canónicos del siglo XIX–, que está unida a un momento de la historia en que se empieza a pensar a escribir para un lector que sea niño, con otros dos fenómenos: empieza aparecer sociológicamente y legalmente el concepto de infancia. Niños hubo siempre, pero en el siglo XIX se le da un estatuto legal, jurídico y filosófico al niño como ser humano que requiere un cuidado especial. Allí comienza a tematizarse la niñez como concepto, aparecen textos específicos de esa etapa evolutiva del ser humano, se escribe para esos lectores.

Además, Graciela Montes dice otra cosa interesante: desde los orígenes de la literatura infantil, la literatura forma parte de un sistema simbólico que ella llama "el corral de la infancia", un sistema simbólico que tiende a cuidar o proteger a los niños. Por ejemplo, en la versión de "Caperucita Roja" de Charles Perrault, Caperucita es violada por el lobo, porque se trata de un relato de advertencia. En cambio, en la versión de los Hermanos Grimm –la más conocida–, se cuida a los chicos de ponerlos en contacto con una situación de violación. Entonces Caperucita es tragada de un bocado y después salvada con la aparición del leñador. Graciela dice algo fantástico: una buena literatura infantil necesita un ogro, es decir un malo o villano, necesario para que la literatura funcione como literatura. Para no hacerla muy larga, creo que hay una literatura de calidad que no excluye al lector infantil. No hablo de una literatura que simplifique tramas o renuncie a temas, sino de una literatura que se proponga formalmente no excluir al lector infantil. 

Hay mucha literatura infantil y ahí estamos los adultos, con nuestra concepción de niñez, seleccionando lo que consideramos que es un corralito adecuado para los niños. Los buenos escritores o escritoras se proponen textos que no excluyan al lector infantil. Hay que decir también que no es fácil no excluir al lector infantil, porque supone que el escritor o la escritora trabajan con sus representaciones de lo que es un niño. 

—Hablaste de ese corralito que define textos para infantes: ¿ese lugar de legitimación en la sociedad sigue siendo la escuela?

—En familias de clase baja, sí. En familias de clase media alta, donde se pueden comprar libros, es la familia la que define ese corralito. Los libros son caros y los libros infantiles son más caros todavía. La realidad es que los libros no están al alcance de todos los niños. No hay demasiadas bibliotecas públicas que cuenten con material infantil atractivo, y vivimos en un país donde el cincuenta por ciento de la población infantil es pobre. A tu pregunta voy a responder que sí; hoy la escuela es el principal lugar donde un niño puede estar en contacto con libros de literatura infantil y con mediadores idóneos de literatura infantil. 

—Una exalumna tuya me contó que trabajás mucho la fonología, ¿por qué?

—Debe ser una estudiante del magisterio. La materia se relaciona con la enseñanza de la lectura y la escritura. Para aprender a leer hay que desgranar un sistema de correspondencia de grafemas y fonemas. Es la parte hermosa y trabajosa de un maestro y de una maestra de primer grado: ellos están ante un niño que desconoce un principio alfabético y le tienen que enseñar que esas letras tienen correspondencia con un sonido del habla. Es muy trabajoso. Si trabajás con chicos pobres, es más trabajoso. Pero alguien tiene que hacer ese trabajo, y ese alguien son los docentes. Para mí es maravilloso, porque he trabajado como maestro en primer grado y fue maravilloso que el niño o niña descubra que empieza a leer. El mundo se abre al encontrar un sentido en ese sistema complejo de sonidos y letras. 

En la materia de Alfabetización Inicial lo que hago en el segundo cuatrimestre es leer cuentos, insisto mucho en que un maestro de primaria debe leer un cuento nuevo por semana. Lo que se ve más útil es la enseñanza de la fonología. Si vos les enseñás el sonido a los chicos, les enseñás que hay un sistema que le permite acceder a un universo de significado complejo, pero que puede aprehender. Le mostrás todo el trabajo, pero no le mostrás el beneficio que le brinda ese conocimiento. Si vos le enseñás todo el sistema de sonidos y después le leés un buen cuento, lo vas a conquistar, porque el chico va a querer leer ese cuento, y para ello va a aprender a leer mucho más rápido. 

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"El impulso y la necesidad de escribir hace al escritor"

Además de lector y docente, Fabián Yausaz es poeta y narrador. El primer recuerdo que tengo de él es leyendo uno de sus cuentos de "Brasil decime qué se siente". Fabián empezó a escribir buscando el amor. "Empecé escribiendo cartas en la adolescencia. No funcionó. En realidad, nunca funciona. Los escritores que escriben y creen que van a ganar con la escritura, están equivocados. Volvemos a la funcionalidad", recuerda. "Empecé a escribir anhelando el amor. Anhelo el amor. Esto ha sido una marca identitaria de por qué sigo escribiendo. Hay una intención de ser querido, reconocido, a través de lo que escribo. Tampoco funciona. Pero es algo que me alienta. Hay una búsqueda de amor y de cariño a través de la escritura". 

¿Qué es más importante, tener o conocer las herramientas de la lengua para escribir, o tener una idea? "La necesidad de escribir es importante. Vos podés escribir mal, con faltas de ortografía, pero podés hacer buenos textos. El ejemplo académico siempre es Roberto Artl, que no escribía bien, pero tenía una necesidad de escribir. Hay pibes o chicas, adolescentes, que no tienen recursos, pero tienen una necesidad de ponerle palabras a su interioridad. Por ahí no cuentan con una erudición o una lectura, pero tienen ese impulso interior. Lo educativo se aprende, en cambio ese impulso no se aprende: lo tenés, lo cultivás, le das lugar, o no. Lo que hace a un escritor o una escritora es el impulso y la necesidad de escribir. Más allá de que te lean o no, termina siendo una necesidad que va más allá de eso. La necesidad de poner palabras a la interioridad no se aprende, no se puede aprender. En cambio, la sintaxis y la gramática sí las podés aprender".  

5inco imprescindibles

"Del topito birolo y de todo lo que pudo haberle caído en la cabeza", de Hans Werner Holzwarth – Wolf Erbruch; "El mono y el yacaré", de Gustavo Roldán; "Choco encuentra una mamá", de Keiko Kasza; "Federico se hizo pis", de Graciela Montes; "Usted no viaja asegurado", de Franco Rivero.

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