Escenas de la vida moderna

1.
Nuestro amor se dibujó en un plano de descontrolada pasión, antes de que comprendiéramos que en realidad era un poliedro tallado con facetas innumerables y contradictorias. Nos amamos con un ardor tal que nuestros cuerpos se fundieron en uno, y ahora ni los testigos más conocedores atinan a reconocernos como entes separados. Para peor, la creciente evidencia de que nuestras preferencias ideológicas y políticas, nuestras obsesiones y nuestras negaciones, nuestros gustos artísticos y culinarios, son opuestos por el vértice, ha sido diagnosticada por el psiquiatra como "severo desorden de la personalidad con tendencias esquizoides".
2.
Meten a la lauchita en el laberinto. Al final del mismo, el objeto del deseo: una porción de oloroso gruyere, o un machito atractivo, lo que correspondiere. La estructura permite que la laucha vea dónde está el objeto deseado, pero impide que tenga acceso a él. Entonces, le ponen unos premios consuelo: objetos parecidos pero de menor valor, a los que sí puede acceder con facilidad.
¿Qué hace la laucha? Al principio trata de hallar el camino hacia el premio que de verdad ansía. Mucho después, persuadida de la imposibilidad de alcanzarlo, renuncia a él y se dirige a algún sustituto inferior. Es decir, adopta un comportamiento racional, pragmático, utilitarista.
Y es aquí donde se inicia el experimento de verdad: operan el cerebro de la rata (le hacen cosas con un láser). Ahora la rata, operada, es arrojada de nuevo al laberinto, donde vuelve a ver el inaccesible objeto del deseo. Intenta llegar a él. Mucho después, persuadida de la imposibilidad de alcanzarlo, renuncia y se dirige a algún sustituto inferior. Pero esta resignación al rato muere, y la rata vuelve, y vuelve, y vuelve, tan inútil como reiteradamente, a buscar "el" objeto.
La operación para humanizarla fue un éxito: el deseo del pobre animal ahora estará por siempre cautivo de la cosa inaccesible, y nunca tendrá descanso, sólo pausas, en su perpetua peregrinación hacia lo que eternamente estará más allá.
3.
La escena, en el subte, un día de enero, por la tarde: un señor que ha salido de Constitución rumbo a Retiro va pacíficamente sentado junto a una ventanilla. De repente, estación San Juan, sube un grupito de pibes, seis, de 16, 17, 18, con aspecto de fascinerosos de clase media. Contrariamente a la expectativa del pacífico señor, que ve delincuentes juveniles por todos lados (porque se está poniendo viejo y timorato), los chicos no se dirigen ni molestan a ningún pasajero. Un par de ellos se paran en el marco de la puerta, y cuando el automático manda el cierre, ponen los pies entre las hojas, impidiéndolo parcialmente. Luego, apenas pasada la estación, fuerzan la apertura y uno de ellos, el más bajo, aunque no el menos imponente, se tiende de espaldas en el piso y asoma media cabeza fuera del vagón, dando unos alaridos aterradores, ante la vista risueña de sus colegas. El señor logra superar la violenta sorpresa, se levanta como para auxiliarlo, o algo así, pero entonces los dos pibes que aguardaban más lejos de la puerta lo paran y le dicen que se siente adonde estaba, con un gesto casi amable, de tan terminante. Sigue el alarido, ahora acompañado por algunas carcajadas de los custodios del deportista suicida, así hasta entrar en Independencia, donde se para y adoptan todos correctísima actitud. Suben nuevos pasajeros. Al salir de la estación, recomienza el show de terror sports, con la gente asustada, espantada, encantada, hipnotizada, cualquier cosa menos indiferente. En Piedras, con los seis ya de pie a los lados de la puerta, suben tres policías que los encaran directamente: -A ver, pendejos, ¿qué hacen? –Nada, ¿por?-, replica el protagonista del bungee jumping subterráneo. –Se bajan, ya-. Y el vigi más corpulento los pecha en dirección al andén, mientras otro toma a uno del brazo y se lo cruza por la espalda, haciendo que el chico se doble de dolor. Entonces el subte parte, y sólo se ve a los agentes de la ley arreando, a patadas, a los pibes hacia una salida. El señor se conduele de ellos: piensa que buscando emociones fuertes y novedosas, uno suele a veces encontrar las más tradicionales... y violentas.
4.
Optó por no contestarle. Se sentía como el condenado que prefiere asumir culpas ajenas antes que dar las explicaciones que le exigen. Lo invadió un deja vu de discusiones que exacerbaban los rencores, que envolvían el diálogo en una cerrazón crispada de odios antiguos y absurdos.
Pensó que el problema era su tendencia a aguardar de ella una contribución que no iba a darle nunca en la solución del conflicto. Porque no podía, no quería... ¿sabría que había un conflicto? Deseó poder abandonar sus deseos, sus juicios de valor, la complejidad infernal de la convivencia. Pero cualquiera de las opciones que le venían a la mente le parecía más irrazonable que seguir aplazando el problema indefinidamente.
5.
Mientras corría el tren, que se alejaba impiadoso, la desesperanza se cambió por agitación, hasta llegar al ahogo. Nada venía saliendo bien, y encima ahora el aire parecía huir de sus pulmones, como el último vagón, cada vez más lejos de su alcance. Mañana largo el faso, tengo que largar, se prometió convencido. Y enseguida la risa vino a carcomer la promesa, y un desgarro de tos le entró en el pecho, como un potro que galopa sobre hojas quebradizas. Mañana largo, pensó con amarga ironía, y otra vez la risa, la tos, las hojas, la promesa. Mañana, mañana.










