Cuarenta días y cuarenta noches
La mayoría de los cristianos somos impacientes y esperamos soluciones inmediatas a nuestros problemas, pero ese no es el camino.
Motivado por la ciencia y la tecnología, entre otras cosas, el ser humano se ha convertido en un robot que responde a normas que la sociedad le impone de manera sutil. Una de esas normas es la inmediatez.
Ya casi nadie quiere esperar. Lo vemos por ejemplo en los semáforos de la ciudad, todos quieren pasar lo antes posible, no pocos lo hacen sin respetar la luz roja.
UN SENTIMIENTO QUE LLEGÓ A LA IGLESIA
Lamentablemente, este requerimiento de inmediatez ingresó también a la iglesia, porque la mayoría de los feligreses quieren respuestas y soluciones rápidas.
Nos olvidamos que Dios no usa reloj, y para él un día es como mil, o mil días como uno. Nunca sabremos el tiempo en el cual responderá una oración o súplica. Pero nunca será temprano, ni tarde; será cuando lo considere oportuno.
SABER ESPERAR ES LA DIFERENCIA
Después de que su pueblo salió de la esclavitud en Egipto, ya en pleno desierto del Sinaí, Moisés escuchó la voz divina que le indicaba que subiera a la montaña y allí esperara para recibir las tablas donde estarían escritos los diez mandamientos que debían cumplir. Pero le impuso una serie de requisitos previos que debía hacer; el primero: esperar.
Luego Moisés subió a la montaña, y una nube la cubrió. Y la gloria de Dios reposó sobre el monte Sinaí, y la nube lo cubrió por seis días. Al séptimo día llamó a Moisés de en medio de la nube para que suba. Pero allí no terminó la espera, porque entró en medio de la nube, y subió a la montaña; y obedeciendo, estuvo allí cuarenta días y cuarenta noches hasta recibir lo prometido. Supo esperar.
Algo parecido, con resultado adverso, ocurrió cuando el profeta Samuel le dijo a Saúl, el primer rey de su pueblo, que lo esperara siete días antes de entrar en batalla contra los filisteos, porque antes tenía que ofrecer un sacrificio a Dios. Saúl esperó hasta el séptimo día a la tardecita, pero como Samuel no llegaba, se cortó solo, e hizo el sacrificio a Dios. Pero Samuel llegó al rato y le dijo: "Locamente has hecho; no guardaste el mandamiento que Dios te había ordenado; y por esa causa ahora tu reino no será duradero como él lo tenía planeado".
LA MAYORÍA SOMOS IMPACIENTES
No todos, pero la mayoría de los cristianos somos impacientes a la hora de esperar; no sabemos hacerlo. Casi siempre esperamos soluciones inmediatas a nuestros problemas y ese no es el camino.
Salvando las enormes distancias, los hinchas de futbol fueron más pacientes que algunos cristianos. Estuvieron siete días y siete noches acampando para conseguir las entradas que tanto deseaban, y la mayoría la consiguió. Ninguno de ellos se quejó por la espera a pesar que tuvieron que soportar días de intenso frio y luego de intenso calor. Pero consiguieron lo que esperaban.
Volviendo a las oraciones, la mayoría de las veces Dios no contesta con inmediatez, lo hace cuando lo considera oportuno y casi nunca coincide con nuestros relojes. Pero sabemos que lo hace. En nuestro caso particular, contestó una oración después de treinta años. ¡Pero lo hizo!
No sabemos cuánto tiempo más tendrás que esperar esa contestación, pero sí sabemos que lo hará. Solo debemos aprender a conjugar el verbo esperar: Yo espero, tú esperas, nosotros esperamos.
No te desanimes. El desánimo es la principal herramienta que utiliza el enemigo de Dios para destruirte. Solo debemos aprender a esperar.













