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Cara a cara 

A Pancho Druetta.

Es una tarde próxima a navidad, un sol frío ilumina de costado a mi abuelo Isidoro que, tras sentarse, me mira a través de los barrotes del locutorio. Estoy preso desde hace seis años y es la primera vez que me visita. Su nariz aguileña me apunta indignada, tarda unos minutos en saludarme. Se escuchan, tumultuosas, las voces de los otros presos que también han recibido la visita de familiares. Un bebé chilla, la mamá saca una enorme teta y se la encaja al llorón.

No entiende por qué hice lo que hice. Me pregunta cuántos bancos asalté en todos estos años. No me pregunta por qué. Su cara se ha secado con esta pregunta, ahora parece un cóndor, el cuello flaco, largo y arrugado, la mirada empequeñecida y negra, la nariz afilada.

-¿Por qué viniste?

-Porque estás por cumplir treinta años, y para saber otras cosas de tu desbarrancada vida –dice, mueve el bigote blanco y regresa a su mundo digno. Un acto de pequeña magia.

-Te falta un ojo –dice, seco.

-Ya sabés, abuelo, los bancos siempre  te sacan un ojo de la cara.

-Seguís siendo un mocoso de mierda…

-Todos decían que salí a vos.

-Pero yo fui un honesto gerente de banco, jubilado después de treinta y ocho años, sin tocar una moneda que no fuera mía. Además, ahora tengo un aserradero, no ando asaltando por el mundo. Jamás maté un hombre.

-Yo tampoco, abuelo. No murió nadie, el tipo se salvó. Lo dieron por muerto y así salió en las noticias. Pero sobrevivió.

-Tu sangre fría me desespera… -pienso que la voz del abuelo siempre fue insoportable.

-Soy lo que sos, soy tu sangre… -sé que lo chicaneo, me gusta molestarlo, sacarlo de su mundo de trajes oscuros, camisas blancas y corbatas azules.

-¡Vos no sos mi sangre! –grita, y pega un palmazo en el mármol del locutorio -Yo hace muchos años que te saqué de mi vida. Tu abuela Concepción se murió de disgusto cuando se enteró por la tele que su nieto Tito fue detenido en un asalto al Banco de Moreno… Pero, antes de terminar con esta cosa absurda, quiero saber por qué te metiste en la vida criminal…

-Abuelo, hablás como una novela policial… "mundo criminal", yo me metí a asaltar bancos, y no en ningún mundo criminal.

-¿Qué tenés ahí, en la base del cuello? –señala el viejo una cicatriz honda.

-¿Aquí? Una cicatriz.

-¿Cómo te la hiciste? –los ojos del abuelo tienen fuertes deseos de saltar como garras a mi cuello.

-En un tiroteo, en un raje, el cana de la financiera me acertó y me comí el plomazo; casi me mata, y eso que yo no le hice daño a él ni a nadie. Ya ves cómo es la policía…

El viejo hace un gesto de desagrado, baja la mirada vidriosa, se mira las manos: son una galaxia de lunares, nunca me había fijado en ellos. Suspira hondo, yergue la cabeza hasta recuperar el aspecto de cóndor vestido con un traje azul marino. A sus espaldas, cruza el guardia Popeye, un grandote pegador y corrupto. Me sonrió, y pude ver toda su asquerosa saliva bañando sus dientes. Si Popeye me había dejado de pegar fue porque me consideraba un pesado, un poronga, el más prometedor de su generación. Y también le tenía que pasar, cada tanto, leche, fasos y yerba. Los corruptos también se cagan en las patas, pero son tiburones salvajes.

-Decime, Tito, ¿por qué te metiste en esto? Con una mano en el corazón te lo pido. –el viejo está bajando la guardia, los rounds en las visitas de Devoto son agotadores.

-Es que a mí nunca me gustó tomar sol…

Sonrió, y me dieron ganas de darle un abrazón, esos con lágrimas, mocos y todo.

-Claro, el sol les falta –dijo hamacando la cabeza-. Se te ve pálido, nene, ¿ustedes no tiene recreos?

-Sí, pero duran lo que un pedo en una canasta. Son verdugos-verdugos, abuelo, sin joda. Vos dirás que exagero, que qué voy a decir si estoy hasta las manos, pero es posta, creéme.

El abuelo abandona mi cara enrejada y mira hacia los costados. El pasillo es estrecho y la pobre luz que baja llega de una altura imposible, desde pequeños ventiletes. Vuelve su rostro a mí, le conocía los dibujos que hace la aflicción a sus arrugas.

-¿Por qué te dicen "poronga"? –le costó pronunciar la palabreja.

-Porque soy uno de los jefes del pabellón… Los primeros dos años me los pasé cagando a patadas a estos negros de mierda que también querían serlo. Y el "poronga" máximo dijo: paren, paren, dejen de joder, este pibe ya es el nuevo "poronga". Como a vos, abuelo, cuando te ascendieron a tesorero en el Nación. Si te muestro el pecho o la espalda, te morís, tengo más tajos que los que podés encontrar en una playa de Villa Gesell.

El abuelo sonrió y dejó que se le escapara una nube rápida de ternura.

-Che, Tito, qué baranda a mierda que hay acá!

-Es que esta inmundicia está llena de meones, pero más llena está de cagones.

-Ahora, hijo, por una de las cosas importantes que vine…

-Sí, dale, abuelo.

-Es saber por qué te subieron la condena a quince años.

-Te lo cuento simple. Acordate que esto es Devoto. Un yuga (carcelero) de mierda descubre que el Corto Hurtado estaba haciendo lagartijas en la celda, cuando eso está prohibido. Abre la celda y de un solo bastonazo le aplastó el cráneo, le reventó los ojos y le pulverizó la mandíbula, ¿entendés? El Corto murió a los dos días. Ya cuando lo llevaron a la enfermería, no existía más.

-¡Por favor! –el abuelo ya está descompuesto y suda como en un sauna.

-Entonces, en el primer recreo que me pecho con el yuga asesino, un tal Roque, saco mi faca y le descuelgo un testículo.

-¿Qué es eso, por favor, hijo?

-Que le corté el testículo y el turro empezó a los gritos y quería correr pero al ver su propia sangre chorreando se detiene y cae. Lo miré y me quedé quieto hasta que llegó la guardia externa, los pesados. Me dieron como en la guerra. Por ese hecho me ampliaron la condena 

-(Voz de altoparlante) ¡Terminadas las visitas!

-Abue, te quiero, venite otra vez, por favor, quiero contarte cosas lindas.

-(Llorando a moco tendido) Sí, querido, claro. No te metás en más líos.

El abuelo dio media vuelta y murmuró, secándose el llanto:

-Pobre humanidad, Dios mío.