Clara Victoria
Autor: Isaías Lafuente Editorial: Planeta
Una narración exquisita que nos acerca a uno de los mayores hitos de la historia del feminismo en España. La historia acostumbra a construirse sobre paradojas. Este libro rescata una de ellas: cómo España consiguió aprobar el derecho al voto femenino en un encendido debate en el Congreso que tuvo lugar entre dos mujeres parlamentarias: Clara Campoamor y Victoria Kent, posicionadas a favor y en contra del sufragio universal.

Cuando se cumplen noventa años de ese hito y en una edición de lujo con ilustraciones de Helena Pérez García, Isaías Lafuente escribe el relato definitivo sobre este momento histórico e intenta poner fin a todos los falsos mantras que hoy en día siguen proclamándose.
Isaías Lafuente (Palencia, 1963. Castilla y León, España) fue subdirector de los programas Hoy por hoy y A vivir (Cadena SER). Desde hace diez años dirige la ‘Unidad de Vigilancia’, en La ventana, un espacio de radio semanal dedicado a los destrozos de la lengua en los medios.
Es autor de Tiempos de hambre (1999), una crónica de la posguerra; Esclavos por la patria (2001), una investigación sobre la explotación franquista que sufrieron los presos republicanos; Agrupémonos todas (2003), un ensayo sobre la lucha de las mujeres españolas, y La mujer olvidada (2006), trabajo en que se basó una película sobre la vida de Clara Campoamor.
En 2013, recibió el Premio Nacional de Periodismo Miguel Delibes y, como miembro de Hoy por hoy, recibió dos premios Ondas, Nacional e Internacional.

I (FRAGMENTO) UN LARGO CAMINO
Aquel 1 de septiembre de 1931 amaneció un buen día en Madrid, como si el verano se resistiese aún a marchar. Era una mañana agradable para dar un paseo y relajarse antes de afrontar una jornada que preveía intensa. Y puede que Clara no lo hiciera, pero podemos imaginar que en aquel día tan especial para ella tomase esa decisión: regresar al viejo barrio de Maravillas, al lugar en el que nació, para volver a pisar sus calles bulliciosas, ver a sus antiguos vecinos, rememorar lo que allí vivió y emprender desde ese punto el camino hacia el Parlamento. Posiblemente la biografía de cualquier persona, por rica que esta sea, pueda describirse con unos cuantos momentos memorables vividos junto a un puñado de personas dignas de recuerdo, para bien o para mal. Y esos instantes se enmarcan en lugares que nunca llegamos a olvidar. Desde su casa familiar, en la planta baja de un modesto edificio en la calle del Marqués de Santa Ana, entonces llamada calle del Rubio, hasta el Congreso de los Diputados había apenas un kilómetro, una distancia que a buen paso se cubre en unos minutos, pero que ella había tardado cuatro décadas en recorrer.
Clara era una mujer que había nacido a destiempo en un mundo fuera de tiempo, construido por y para hombres que en su mayoría ignoraban o, sencillamente, despreciaban a las mujeres. El espacio reservado para ellas quedaba circunscrito a los márgenes definidos por las paredes del hogar. Y su destino era una vida sometida a la autoridad paterna hasta que, con la mayoría de edad, podían decidir tomar uno de los tres caminos señalados para su sexo: el matrimonio, por el que pasaban del sometimiento al padre al ejercido por el marido; la vida religiosa, que las ataría de por vida a las estrictas normas de una congregación y a la autoridad de una superiora o abadesa, o la soltería, la única opción que les permitiría mantener los escasos márgenes de independencia y libertad que la costumbre y la ley negaban a las mujeres casadas. No era este último el camino mejor visto por aquella sociedad en que nació, hasta el punto de que, para referirse a ellas, se usaba como despectivo calificativo el término de solteronas, bien distinto al que tomaba el adjetivo en el caso de los hombres, considerados siempre un buen partido. Clara había optado por esta tercera vía. Desconocemos sus razones y no vienen al caso. En un radio de unos cientos de metros desde la humilde casa en la que se asomó al mundo, a las 10 de la mañana del día 12 de febrero de 1888, se encontraba la iglesia de San Ildefonso, en donde fue bautizada días después con los nombres de Carmen Eulalia, que nunca usó en su vida. Unos cuantos números por encima de su casa estaba la sede del diario La Correspondencia de España, en el que trabajaba su padre, Manuel. Un hombre que la llevaba de vez en cuando a la redacción del periódico, que le inculcó la afición a la lectura y el valor del estudio y, sobretodo, le transmitió su fuerte conciencia republicana. Recordó entonces Clara con media sonrisa que el fervor de su padre era tal que, en Navidades, los regalos que recibían ella y su hermano no los traían los Reyes, sino la República. Y como no entendían muy bien quién era esa señora, el padre les explicaba con paciencia que la República estuvo y la echaron cuando ellos aún no habían nacido, pero "vendrá, quizás cuando vosotros seáis mayores, quizás cuando yo no pueda verla, pero vendrá". Cerca de su casa estaba también la escuela en la que Clara estudió hasta que tuvo que abandonarla a los 13 años, tras la muerte prematura y repentina de su padre, y los comercios en los que debió trabajar después como dependienta o recadera para ayudar a su madre viuda a salir adelante.
¿TIENE DERECHO UNA MUJER A LA EDUCACIÓN?
El entramado de calles en las que vivió su infancia y adolescencia desembocaba en la calle de San Bernardo. Allí estaba el Instituto Cardenal Cisneros, en donde comenzó sus estudios de bachillerato, ya con 32 años. Y justo al lado se levantaba el edificio de la Universidad Central de Madrid, en la que obtuvo su licenciatura de Derecho con 36. Una carrera vertiginosa que Clara emprendió para recuperar el tiempo perdido y retomar los estudios truncados por su prematura orfandad. Fue un esfuerzo excepcional, pero no único.
En 1920, la propia Clara Campoamor escribió un artículo en el diario ‘Hoy’ dedicado a las jóvenes universitarias de Madrid. Allí cuenta el caso de Carmen López Bonilla, que estaba estudiando el último curso de la doble licenciatura de Derecho y Filosofía y Letras, y el de otra estudiante, la señorita Santos Güeldo, que había comenzado el bachillerato en 1916 y ya estaba a punto de licenciarse cuatro años después, como Clara, en Filosofía y Letras.
En aquel viejo caserón, seis años antes de nacer Clara, una joven llamada Dolores Aleu, licenciada en Medicina en la Universidad de Barcelona, defendió su tesis doctoral ante un tribunal de hombres proclamando orgullosa: "Hago uso de un derecho ya indiscutible, por más que —y esto es lamentable— tenga límites en un corto número de españolas".
Poco más de 20 palabras en las que aquella mujer rompedora manifestaba su legítimo orgullo personal, reivindicaba como irreversible una conquista histórica de las mujeres españolas y removía la conciencia de una sociedad que a esas alturas del siglo andaba discutiendo en sesudos congresos si la mujer tenía derecho a la educación. Uno de ellos, el Congreso Hispano-Luso- Americano, se celebró cuando Clara tenía apenas cuatro años, en 1892. Allí resonaron, entre otras, las voces de Concepción Arenal y Emilia Pardo Bazán. Arenal defendió que "lo primero que necesita una mujeres afirmar su personalidad, independientemente de su estado, y persuadirse de que soltera, casada o viuda, tiene deberes que cumplir, derechos que reclamar y dignidad que no depende de nadie". Pardo Bazán denunció que "la educación actual de la mujer no puede llamarse educación, sino doma, pues se propone por fin la obediencia, la pasividad y la sumisión". Y que "las leyes que permiten a una mujer estudiar una carrera y no ejercerla son leyes inicuas".
Finalmente concluyeron que sí, que las mujeres tenían derecho a la educación. Pero ese derecho no siempre se les reconocía después como propio, sino derivado de su condición de futuras madres que un día tendrían que educar a su vez a los hombres llamados a dirigir la sociedad. Porque aquella España de finales del XIX seguía considerando extravagante no ya que una mujer pudiera vestir la toga, sino que siquiera pisase las aulas de la sagrada universidad, aun cuando ninguna norma lo prohibía de forma expresa. Sencillamente, se daba por supuesto. Y la presión ejercida para que desistiesen en su intento fue tan implacable y eficaz que consiguió que muchas tirasen la toalla. Como María Elena Maseras, que comenzó su carrera dos años antes que la doctora Dolores Aleu y compartió con ella el espacio universitario, pero renunció finalmente a culminar sus estudios. Aquella sociedad, aún en las décadas siguientes, fue poniendo obstáculos administrativos de todo tipo para desanimar a aquellas pioneras hasta que, 40 años después, el 8 de marzo de 1910, decidió abrir definitivamente las aulas universitarias a las mujeres españolas sin trabas ni condiciones. Clara tenía entonces 22 años y no podía ni soñar con pisar la universidad. El tiempo transcurrido entre el intento de las valientes pioneras y aquella decisión gubernamental es una buena muestra de la resistencia que secularmente opusieron los hombres a los legítimos avances de las mujeres.
Con aquel decreto pareció que las aulas universitarias eran terreno conquistado para las mujeres españolas en ese comienzo del siglo XX. Pero no tardó mucho en desencadenarse la siguiente batalla: intentar que aquellas que obtenían su título universitario no pudieran ejercer la profesión para la que se habían formado. Le sucedió a María de Maeztu cuando comenzó sus estudios de Derecho en Salamanca.
En el momento en que llegó la noticia a su ciudad natal, el Colegio de Abogados de Bilbao convocó una reunión extraordinaria para estudiar aquella grave cuestión: qué harían en el caso de que aquella joven paisana se atreviese a dar el paso y solicitase su colegiación. Aquel sanedrín de hombres acordó entonces cerrarle sus puertas preventivamente en el caso de que, al terminar su carrera, lo intentase. Y no solo eso. También animó a los otros colegios de abogados de España para que hicieran lo mismo con ella o con otras jóvenes que lo pretendieran.










