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Argentina y la cumbre del G7

Preocupados por la influencia de China en el mundo, los países miembros del G7 -Alemania, Canadá, Estados Unidos, Francia, Italia, Japón y el Reino Unido- anunciaron la puesta en marcha de un programa de inversiones de 600.000 millones de dólares para naciones en desarrollo. Argentina, el único país de América Latina invitado a participar de la cumbre que reúne a las economías más poderosas del planeta, podría verse beneficiada en el nuevo contexto geopolítico y económico que comienza tomar forma tras el conflicto en Europa del Este. Pero para eso debe hacer las cosas bien.

En el encuentro que se celebra en Alemania, el presidente de Estados Unidos, Joe Biden, dijo que el programa de inversiones en infraestructuras que impulsa el G7 será clave para avanzar hacia una "estabilidad global" y apuntalar el desarrollo sostenible del planeta.

Lo que llamó la atención es que los líderes del G7 no hayan hecho mención, al menos hasta el momento en que se redactan estas líneas, a un eventual programa de alivio de las deudas de los países del sur global. En ese sentido, se puede mencionar un artículo publicado por la economista Mariana Mazzucato, profesora en la University College London, en el sitio web de la organización internacional Project Syndicate , titulado "¿Cómo puede ayudar el G7 a los países agobiados por la deuda?", en colaboración con el ex miembro del Parlamento Europeo, el británico Alan Donnelly, donde se plantea que Canadá, Francia, Alemania, Italia, Japón, Reino Unido, Estados Unidos y la Unión Europea "están en una posición privilegiada" para ayudar a los países más endeudados a gestionar condiciones macroeconómicas desfavorables. Los autores de ese artículo recuerdan que los miembros del G7 son, además de China, la mayor fuente de financiación del desarrollo a nivel global. Y remarcan un dato que no es menor: también están entre los principales accionistas del Fondo Monetario Internacional y del Banco Mundial, y son actores de poder en foros clave como el Club de París de acreedores soberanos y el G20, donde hoy en día se formula la mayor parte de los acuerdos de alivio de deuda y renegociación de deuda.

"A pesar del enorme poder de este grupo de países, reducido y acaudalado, no ha utilizado plenamente las herramientas a su disposición para ayudar a los países más pobres. La primera herramienta son los derechos especiales de giro (DEG) del FMI, una moneda fiduciaria internacional que el FMI puede emitir a instancias de los países del G7 para ayudar a los países más pobres a gestionar sus deudas crecientes y los efectos de la inflación", advierten Mazzucato y Donnelly. Como curiosidad, se podría agregar que el recientemente electo presidente de Colombia, Gustavo Petro, ya en tiempos de campaña electoral había expresado coincidencias con muchas de las ideas que postula

Mazzucato -considerada una de las economistas más influyentes en el mundo actual-, como su propuesta de un nuevo pacto social entre el sector público y privado basado en la equidad social y la sostenibilidad ambiental.

"Si el G7 quiere que los países de bajos y medianos ingresos inviertan más en salud para todos, descarbonización y otros Objetivos de Desarrollo Sostenible de las Naciones Unidas, necesita hacer todo lo que esté a su alcance para ayudar a crear las condiciones externas correctas. Al respaldar una nueva asignación de DEG, ofrecer un alivio de deuda condicionado y al poner fin a la obsesión del FMI con la austeridad, los líderes del G7 pueden ayudar a brindarles a los países más pobres una posibilidad de dar pelea", concluye el artículo que lleva las firmas de Donnelly y Mazzucato.

¿La visión que comparten los líderes del G7 ayudará a modelar, para mejor, el mundo de la pospandemia, o la decisión de lanzar un programa de inversiones para naciones en desarrollo es más de lo mismo, es decir, inversiones acompañadas de condicionamientos desventajosos para los países del sur?

Más allá de los cambios que se produzcan en el nuevo orden global que surgirá tras la pandemia y la guerra en Ucrania, está claro que Argentina podría ocupar un lugar clave como proveedor de alimentos y de energía en un mundo que ya incrementó la demanda de esos recursos. Pero antes deberá resolver su gran problema de inestabilidad macroeconómica y de políticas pendulares que van de un extremo a otro. Será necesario un nuevo pacto social entre los distintos sectores y muy especialmente entre el sector público y privado, una dupla que debe complementarse en forma inteligente.