No a los dictadores
El presidente mexicano, López Obrador, ha exigido a su par de EEUU, Joe Biden, que invite a las dictaduras de Cuba, Nicaragua y Venezuela a la próxima Cumbre de Jefes de Estado de las Américas, a celebrarse entre el 6 y 10 de junio en Los Ángeles; ha insistido que "nadie debe excluir a nadie" y ha amenazado con no participar si se excluye a los dictadores Diaz-Canel, Maduro y Ortega.
El mandatario se ha posicionado así como vocero de las dictaduras y su intermediario ante Washington. Sin embargo, no está dispuesto a hacerse presente para ello, es sólo un protagonismo verbal. Pero su ausencia no significa un fracaso de EEUU, sino un desprestigio para México en el mundo democrático y un desaire personal a Biden. Se le ha unido en este reclamo el presidente argentino, Alberto Fernández, que ha dicho que se deben "evitar exclusiones que impidan que todas las voces del hemisferio dialoguen y sean escuchadas…" y que "es indispensable que superemos las divisiones ideológicas y nos enfoquemos en la búsqueda de coincidencias." También ha manifestado que iría a la cumbre para expresar la voz de los excluidos. Este sí dará la cara, para vergüenza ajena de los demócratas argentinos, y hasta ha anunciado que en LA se celebraría una reunión de la Celac, organismo que preside pro tempore.
Este llamado a la inclusión no deja de ser una hipocresía: se busca incluir dictaduras que no solo excluyen a sus opositores de todo diálogo o participación política, sino que los censuran, reprimen, asesinan, encarcelan y exilan. A estas víctimas deberían defender los presidentes.
Algunos arguyen que la decisión de a quién invitar debería ser colectiva a través de la OEA, que funge como Secretaría de las Cumbres, ignorando que la regla es que el anfitrión decide a quién se invita y cuál es la agenda del evento. Otros dicen que ya se invitó a Cuba a las Cumbres de 2015 y 2018 y procedería hacerlo ahora también, olvidando que en esos años las democracias del continente se ilusionaban con el retorno de Cuba al mundo democrático, tras el acercamiento del presidente Obama al régimen castrista. La ilusión duró poco, la tiranía continua.
Por su parte, el gobierno de Biden se ha mantenido firme en su negación a invitar a los dictadores. La Cumbre es un evento exclusivamente para las democracias del hemisferio; así lo estableció la Cumbre de Quebec en 2001: "Cualquier ruptura inconstitucional del orden democrático en un Estado del hemisferio constituye un obstáculo insuperable para la participación del gobierno de este Estado" en las Cumbres. O sea, las dictaduras no tienen derecho a participar; la exclusión es la sanción por no respetar el orden democrático.
El encuentro buscará un renovado compromiso de cooperación inter-americana sobre temas cruciales propuestos por EEUU: salud y resiliencia en las Américas; un futuro verde; transición a la energía limpia; transformación digital y gobernabilidad democrática. El tratamiento adecuado y exitoso de los temas agendados y otros desafíos regionales depende de la viabilidad y efectividad de una gobernanza democrática. Por ello el principal reto de la cumbre es acordar mecanismos de cooperación para fortalecer la capacidad de las instituciones democráticas para abordarlos. Ello implica crear nuevos o fortalecer existentes instrumentos de cooperación y solidaridad hemisférica como la Carta Democrática Inter-americana o la Convención Interamericana contra la Corrupción, entre otros.
La democracia en las Américas es imperfecta y su performance deja mucho que desear: no satisface las necesidades y aspiraciones de las mayorías y su dirigencia política irrespeta las instituciones y las normas democráticas. Pero es perfectible, sus instituciones y prácticas democráticas pueden fortalecerse, para limitar el poder, resguardar y proteger las libertades y los derechos humanos fundamentales y para garantizar elecciones libres y justas. Además, las democracias no guerrean entre sí y son garantía de paz interestatal. A pesar de sus imperfecciones, no hay equivalencia moral/política entre una democracia del hemisferio y las dictaduras mencionadas. Si las incluyes, las aceptas como iguales.
Si invitas a las dictaduras, en primer lugar, se estaría violando el principio establecido en Quebec y sería absurdo tenerlas en la mesa para acordar formas de fortalecer las democracias del continente, y nadie imagina que su participación produciría cambio alguno en su trayectoria tiránica. Por otro lado, Biden quedaría muy mal si invitase a los dictadores, bajo presión de o cediendo al chantaje de López Obrador.
La insistencia por incluir a las dictaduras no tiene mucho sentido; parece más bien restos de un persistente y anacrónico antinorteamericanismo. No es el momento de ser tolerantes con dictaduras; más bien es el momento de mostrar solidaridad con sus miles de presos políticos, exiliados y refugiados y de exigir una apertura democrática con elecciones integras, inclusive de imponerle sanciones diplomáticas, económicas y financieras.
Además, la democracia en las Américas no es ajena a la nueva Guerra Fría entre el mundo democrático/liberal liderado por EEUU y la Unión Europea y el mundo de la autocracia liderado por China y Rusia. Ante el desafío y la arremetida de estas contra el mundo democrático —trágica y brutalmente ejemplificado en la cruel invasión de Rusia a Ucrania— no se puede ser aquiescente ni indiferente con las tiranías. Las circunstancias actuales exigen confrontarlas y fortalecer las instituciones, valores y prácticas democráticas, así como renovar el compromiso de ejercer y defender la democracia en el hemisferio.
(El autor es exfuncionario de OEA y autor de "The OAS as the Advocate and Guardian of Democracy", 2015)










