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Cintillo Historias chaqueñas a 40 años de Malvinas

Vicente Ayala: "Cumplí con la misión de dar todo en Malvinas"

Desde Villa Ángela partió para hacer el servicio militar obligatorio. Tuvo 45 días de instrucción y después fue a la guerra. Hoy, 40 años después, trae todo su cielo interior para contar lo que vivió.

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Nació a 35 km al oeste de la ciudad de Villa Ángela, en la Colonia Domingo Matheu. A los nueve años se trasladó a la ciudad y pasó ahí su adolescencia. No alcanzó a terminar la primaria, había que ir a cosechar algodón con la familia, y dejó los estudios. "Hoy hay máquinas, pero allá por los años ´70 y mucho antes también se cosechaba a mano", recuerda. 

La vida era dura y la esperanza era el trabajo. "No había otra cosa", desliza. Fuera del tiempo de cosecha, Vicente Ayala se fue abriendo paso en un oficio, se hizo albañil. Logró trabajar en una empresa constructora. Un vecino le cuenta que se había hecho el sorteo para el ingreso al Servicio Militar Obligatorio y que la información estaba en el diario, así que una tarde fue a buscar su documento y miró en el diario los números. Así se enteró de que tenía que alistarse en el Ejército. 

Se hizo la revisión médica en Resistencia, salió apto para todo servicio; eso fue a fines de 1981. Un tiempo después le llegó la orden para presentarse en el Regimiento 12 de Mercedes, Corrientes. Allí tuvo 45 días de instrucción en el campo. 

El 1 de abril de 1982 Vicente estaba haciendo su primera guardia como soldado en el regimiento de Mercedes. A la mañana siguiente, a las 8 de la mañana del 2 de abril, el cielo amplio del sur correntino estaba despejado. El cabo primero Bazán le ordenó que dejara su arma en la guardia y que se presentara en su compañía. "Nuestro país entró en guerra y usted fue convocado. Prepárese para morir", cuenta Vicente que le dijo el cabo; su primera reacción fue una sonrisa, incrédulo ante semejantes palabras. 

Cuando llegó a su compañía ya estaban todos formados. Nadie sabía nada. Se preguntaban qué estaba pasando, pero no había respuesta. Les dieron ropa y armas. Los oficiales eran los únicos que sabían lo que estaba pasando aquel día álgido para los soldados. Recién al medio día, cuando estaban formados con sus ropas y sus armas, les informan que el país había entrado en guerra. Que ellos habían sido convocados para viajar al sur. 

Hubo varias vueltas antes de que Vicente Ayala llegar a las Malvinas. Allí pasó por Monte Kent y después por Puerto Darwin: "Desde ahí me moví a un lugar que se llamaba Pradera del Ganso", relata. Tenemos esta charla por teléfono, nos llega el sonido de su voz, que se pisa de a ratos con el ruido de la guerra, el viento gélido del dolor.

El excombatiente guarda en su memoria las sensaciones que le provocaban las islas. "Al principio estuve encantado con el paisaje, era lindo, había montañas, cerros, me encantaba mirar esos lugares. Pero después todo se apagó. Solo sentía en mis oídos cómo resonaban los sonidos de las balas y la muerte", reflexiona. A partir de mayo la ofensiva inglesa fue con todo. Comenzó a ver a sus compañeros caer, fatalmente heridos. 

—Esos días no me los voy a sacar más de la mente. Pasaron 40 años y yo todavía sueño con aquellos hechos. Hubo días enteros en que no podía dormir. Me costó mucho. No me voy a olvidar nunca de lo que pasé y he vivido en Malvinas. Soñaba por la noche, a veces caía un trueno en Villa Ángela y ya me remontaba al sur del país, hubo días en que me levantaba pegando unos gritos en la cama, la pasé mal. Muy mal. Hay cosas que no quiero recordar". 

—Cuando los ingleses comenzaron atacar con furia vivimos angustiados. A medida que iban pasando los días nos íbamos deprimiendo cada vez más, sin encontrar consuelo. No hablábamos entre nosotros. Yo sentí las balas silbar sobre mi cuerpo. La sensación aún sigue siendo muy fea.

—¿La rendición trajo algo de alivio en aquel momento?

—Una mañana recuerdo que un teniente coronel nos dice que tenemos que entregar nuestras armas, el Ejército Argentino se había rendido. A las 12 del mediodía teníamos que salir a la pista de aterrizaje en Puerto Darwin a entregar todas nuestras armas.

Sentí un poco de alivio, pero también tristeza. Tenía una sensación rara, una mezcla de amargura muy profunda. Tenía ganas de llorar o patear algo, no sé explicar. Algunos de mis compañeros en ese momento se largaban a llorar y tiraban su armamento. Había una sensación muy fea en el ambiente. La impresión era como cuando se pierde un partido de fútbol sobre la hora, era algo que parece que lo teníamos y sin embargo lo perdimos. Tenía una amargura difícil de traer ahora con palabras. Ojo, nosotros no queríamos tampoco seguir la guerra, nosotros no queríamos más muerte. Pero salimos derrotados, y eso lo sentíamos. Mirábamos el cielo y ya no estaba la bandera argentina flameando en un suelo que es argentino, ver eso era una impotencia inmensa.

—Este año se cumplieron 40 años de aquellos hechos, ¿cómo se viven estos meses, cuando alguien abre la puerta de los recuerdos?

—Estos meses de la guerra siempre son especiales para nosotros, los excombatientes. Acá en nuestra comunidad -en Villa Ángela- nosotros damos charlas en las escuelas y en los colegios. 

Cada 2 de abril los excombatientes nos abrazamos, a veces hasta las lágrimas. Estamos vivos. No estamos bien, pero estamos vivos. Miramos a nuestros hijos, nuestra familia, es linda la vida después de lo que vimos y de lo que pasamos en Malvinas. 

A mí me tocó juntar a los muertos en la isla. Cargaba en un acoplado como si fueran trozos de leña a los compañeros para llevarlos al cementerio. Ese cementerio de Malvinas que tanto se ve por las fotos y videos, yo estuve ahí llevando a compañeros a ese lugar. Después de todo eso, encontrarme con los camaradas, con los que viven acá o con los de los pueblos vecinos, no puedo más que abrazarlos. Esta es nuestra vida, pasamos por eso y los que quedaron allá son los héroes. Yo tenía 18 años cuando fui. Me siento orgulloso, porque a pesar de mi corta edad y de mi inexperiencia en la vida pude afrontar esas cosas. No cumplí quizás con la misión de ganar, pero cumplí con la misión de dar todo en Malvinas. 

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Vicente junto a sus hijos.

Frío y noches profundas

A lo largo de este ciclo de entrevistas que estamos publicando en el marco de los 40 años de Malvinas hay varias coincidencias en los testimonios de excombatientes. Por ejemplo, muchos se han encargado de subrayar lo que han sufrido con las bajas temperaturas que hacían en el sur. 

Hoy Vicente Ayala encuentra palabras para describir con justeza lo que le pasaba: "Tenía la sensación de que se me quemaba la cara. Recuerdo ahora que se secaba la piel y se partía en seco. El aguanieve, el mar y el viento helado eran impresionantes. Se congelaban los pies, las manos y la cara, el cuerpo entero. Algunos compañeros gritaban. Era un descontrol, y por momentos no había forma de aplacar el frío". 

Cuenta Vicente que allá en el sur amanecía a las 10 de la mañana, y a las 5 o 6 de la tarde ya estaba oscuro. "Las noches eran muy largas e interminables", agrega. A diferencia de otros excombatientes, a él le tocó salir a cazar ovejas y con permiso de sus superiores militares entró a la quinta de unos kelpers a sacar provisión para poder alimentarse. "Al principio los jefes se oponían a que entráramos a sacar alimentos. Pero ellos también estaban pasando hambre, así que comenzaron a tener tantas necesidades como teníamos nosotros", recuerda.

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