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Un hombre soñado

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Él vendría. Aída apretaba la carta contra sus pechos. El papel latía, sus ojos latían, sus manos temblaban. En el pueblo no es que faltaran hombres jóvenes de su edad; había algunos que eran lindos muchachos, robustos, trabajadores, y si no bebían demasiado alcohol, se comportaban como hombres de bien, como gustaba decir su abuela Nancy.

Aída vivía en su casa en plena calle céntrica de Villa Hortons, sus padres habían muerto en un accidente rutero y su soledad, a los veintinueve años, ya le pesaba, le vaciaba el alma. La casa era demasiado grande y los silencios que nacían de sus rincones la deprimían.

Deseaba casarse, tener hijos, pero no con un lugareño; esperaba (y soñaba) la llegada de un forastero que la cautivara. Sus padres le habían dejado un fideicomiso que administraba su tío Alberto, contador de Wagner & Hortons, la desmotadora de algodón más grande de la zona. Suponía que disponer de esa pequeña fortuna sería un aliciente más para que el candidato se entusiasmara  con ella. También era cierto que más de un joven vecino había intentado convertirla en su novia, pero no era el caso: quería ser sorprendida por un forastero, un hombre de lejanías. 

Cuando veía en las películas a un hombre y una mujer besarse, inflamados de pasión, se preguntaba si alguna vez dejaría de ser espectadora de los amores volcánicos de los otros, o mejor, de las otras.

No hacía mucho había leído un pequeño aviso en el diario zonal donde un hombre llamado Juan Berent anunciaba su deseo de casarse con una joven que no pasara de los treinta años. Aída no hesitó en responderle. Tengo veintinueve años, soy delgada y en el pueblo dicen que soy bonita. Estoy lista para recibirte. ¿Tienes una fotografía tuya? Mándamela, solo porque soy una mujer curiosa.

Llegó entonces la carta de Juan Berent.

Viajo hoy en el tren Crucero. Si me esperás en la estación me vas a reconocer ni bien pise el andén. Llegaré si todo va bien cerca del mediodía.

Una fotografía de plaza acompañaba el recado. Un hombre morrudo, de espesos bigotes, alto y de fuertes brazos, sonreía recostado en la base de una estatua. 

Parece un actor de Hollywood, fantaseó.

Trémula, dobló en dos el papel que estrujaba tan cerca de su corazón, lo guardó en la cómoda con la instantánea y corrió a bañarse, tarareando una canción de David Bisbal.

Se pintó los labios, se vistió con una solera que destacaba sus opulentos senos, se colgó unos aros de oro que habían pertenecido a su madre. El reloj de pared marcaba la hora once, el tren llegaría en media hora.

Saludó a Don Antenor, el único empleado de la estación, un experto en tocar la campana de salida de las lentas formaciones que marchaban hasta el borde de Santa Fe. Se sentó en uno de los bancos de madera en tanto hacía girar en una mano, una florcita silvestre que había recogido en el camino.

Suspiró. Juan Berent, Juan Berent, murmuró, cómo te voy a cuidar, a mimarte, a cocinarte mis famosas pastas, y qué lindos que van a ser nuestros hijos. Sintió que sus ojos brillaban, húmedos, hirvientes.

La luz del mediodía era intensa y al cruzar las copas de los árboles dibujaba un delicado encaje de sombras sobre el andén, las vías y el pastizal. Una ventolina suave y fresca, al rozarla, imaginaba que la embellecía aún más.

¿Aquella no era una mañana en el paraíso?

Distraída en sus pensamientos, Aída no reparó en el auto color escarlata estacionado a unos veinte metros del andén. En su interior, dos hombres fumaban. Uno vestía una guayabera celeste y el otro, de traje gris, ocultaba buena parte de su cara detrás de unos anteojos de sol muy oscuros. No hablaban entre sí, solo clavaban la vista en el andén.

Aída se imaginaba besando con ternura a su marido por la mañana y con pasión al anochecer. Amor, benevolencia, esperanza y felicidad, mucha felicidad. Se miró las palmas de las manos y las percibió tibias como si acabaran de acariciar la mandíbula de su hombre; se detuvo en las uñas, cuidadas, tersas y rojas, como sus labios. Sin abrir la boca, movió su lengua, ansiosa, imaginándola en un beso profundo. Ardiente, esa era la palabra.

El reloj de la estación marcaba las once y media. Un matrimonio maduro con sendas valijas buscó el asiento más lejano de la entrada de la estación, al borde del cartel despintado donde apenas se leía Villa Hortons.

Entrecerró los ojos. Se vio sentada a una mesa del club social en una noche elegante y perfumada. Él, su ya marido Juan Berent, enfundado en un smoking de solapas de raso negro, hacía reír a sus amigas Fanny y Dorita, iluminadas por las arañas doradas. Un relámpago de celos la estremeció.

El hombre de anteojos de sol del auto escarlata hablaba por el celular mientras que el otro fumaba y fumaba. A los pocos minutos, otro automóvil, blanco, tripulado por tres individuos, rodó lentamente hasta estacionarse frente a la entrada principal de la estación.

Cuando el tren pitó a la distancia anunciando su arribo, Aída, de un brinco, se incorporó y se aproximó al borde del andén.

Los cuatro individuos de los autos dejaron los vehículos y se distribuyeron a cierta distancia uno del otro.

La locomotora frenó con jadeos de dragón. El tren se detuvo. Bajó una familia de campesinos gringos. Más allá, un hombre gordo sudado y muy cansado portando una maleta y, finalmente, con lentitud, descendió Juan Berent.

Era alto, cetrino, de pecho ancho y brazos gruesos. Sonreía debajo de un bigotito breve y muy cuidado. Cuando descubrió a Aída levantó un brazo para saludarla. Aída comenzó a correr a su encuentro.

Con la brevedad de un parpadeo, los tipos que ocupaban los autos estacionados  se abalanzaron sobre Berent y lo inmovilizaron.

Forcejeos, puteadas y golpes con una cachiporra.

-¿Qué hacen, bestias? – gritó Aída, tratando de abrazar a Berent.

El hombre del traje gris y anteojos de sol, separando bruscamente a Aída, le dijo que ese hombre era un tipo peligroso, que estaba acusado de seis violaciones.

Las seduce con los avisos en los diarios y luego, al hallarlas, las viola como un salvaje. Está sospechado de haber asesinado a una de ellas, a Joana Méndez, una joven rosarina.

Cuídese mucho, señorita, dijo la voz ronca del policía.

Aída vio la espalda ancha de Juan Berent, las manos esposadas, y en el momento en que lo introdujeron en el auto color escarlata, deseó llorar, pero no pudo.

Por mucho tiempo no pudo llorar. 

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