"Falta condenar a los responsables políticos del asesinato de Berta"
Nina Lakhani, reportera de justicia climática de "The Guardian" publicó "¿Quién mató a Berta Cáceres?", libro que investiga el asesinato de la activista y la corrupción en Honduras.

El 2 de marzo de 2016, a dos días de cumplir 45 años, un sicario disparó a bocajarro a Berta Cáceres en su casa de La Esperanza. Un año antes de ser asesinada había recibido el Premio Goldman, máximo reconocimiento mundial para defensores de la naturaleza, por liderar un movimiento de oposición a la construcción de Agua Zarca, proyecto financiado internacionalmente de represas hidroeléctricas en el río Gualcarque, lugar sagrado para el pueblo lenca.
La periodista británica Nina Lakhani pensó que si habían asesinado a Berta Cáceres, podían asesinar a cualquiera. Ha publicado un libro que recoge su exhaustiva investigación del caso con más de un centenar de entrevistas. Paralelamente, ilumina las zonas más oscuras de Honduras tras el golpe de Estado de 2009. Un viaje en busca de justicia y un homenaje a la activista ambiental más conocida de América Latina.
-¿Quién mató a Berta? En 2021 una sentencia condenó a David Castillo, directivo de la empresa DESA, como uno de los autores intelectuales. ¿Se ha hecho justicia?
-Creo que se ha hecho parte de la justicia. En el primer juicio, en 2018, condenaron a siete sujetos, los sicarios y varios intermediarios. Y el año pasado fue condenado David Castillo, fundador y presidente de DESA, la empresa que llevaba a cabo el proyecto de Agua Zarca y exmilitar de inteligencia entrenado en EEUU. Por supuesto, él jugó un rol muy importante en el asesinato de Berta, pero faltan responsables. Creo que no debemos ver el asesinato como un hecho aislado. También ha habido una campaña de terror contra ella, otros asesinatos, acoso sexual, militarización en la zona por parte de accionistas de la empresa y funcionarios del Estado. Sabemos que la empresa tenía la posibilidad de llamar y exigir la presencia de fuerzas especiales entrenadas para reprimir a la gente. Hay muchas capas de responsabilidad. Ahora tenemos algunos responsables condenados, pero faltan los responsables estatales.
-No fue la primera ni la última activista asesinada en Honduras, pero es un caso emblemático. Háblenos del trabajo de Berta en su organización, COPINH (Consejo Cívico de Organizaciones Populares e Indígenas).
-Fundó el COPINH en 1993 y se enfocaba en las luchas territoriales, pero desde el principio supo vincular los derechos territoriales con los derechos humanos, de las mujeres, el derecho a servicios básicos y a los recursos naturales. Su lucha contra la presa de Agua Zarca representaba un proyecto emblemático, porque tenía financiamiento internacional, presencia de empresas de países como China, accionistas de la oligarquía del Estado… Y, además, actuaba siguiendo las tácticas de contrainsurgencia que se estaban llevando a cabo contra los movimientos sociales en Honduras.
-Y contra la población indígena…
-Sí, por supuesto. Muchos de los proyectos que se concesionan en América Latina se llevan a cabo en las zonas rurales y provocan un desplazamiento forzado de la población indígena. En el caso de Río Blanco, es un río que da vida a las comunidades. Sin río no hay vida, porque ofrece agua para los animales, pescado que les alimenta e incluso medicina, porque se alimentan espiritualmente de él. Con una presa ahí la gente estaría obligada a irse.
-¿Se ha ejecutado el proyecto de la presa Agua Zarca?
-No, el asesinato de Berta paró el proyecto, pero la concesión sigue vigente y, por tanto, la amenaza también.
-Tuvo la oportunidad de entrevistarla en el año 2013. ¿Cómo era Berta?
-La conocí en un periodo muy complicado para ella y para Honduras. El golpe de Estado [que expulsó al presidente Manuel Zelaya] había sido en 2009 y la conocí en el marco de las elecciones de 2013. Estaba viviendo la vida de una prófuga, porque tenía órdenes de captura emitidas por cargos falsos. Me advirtió de que había limpieza social en Honduras. Me concedió una entrevista en la casa de su madre, en La Esperanza. Era seria, comprometida y muy inteligente. Tenía la capacidad de explicar la lucha local de Río Blanco en un contexto regional y global, en un contexto económico y social. Sin tener estudios formales, tenía esa capacidad de hacer análisis muy profundos y de explicárselo a un campesino.
-Cuenta en el libro que ella se sentía amenazada. El día antes de morir se despidió de una de sus hijas en el aeropuerto como si tuviera el presentimiento de que sería la última vez…
-Sí. Mucha gente dice que Berta Cáceres no tenía miedo. Sí que tenía miedo, pero era valiente. Le daba pena no tener a sus hijos con ella, no poder caminar por las calles, no poder bañarse en el río, que para ella era como alimentarse. A mí me dijo: "Quiero vivir. Amo a mi país y debemos refundarlo para que los jóvenes no se vean forzados a emigrar". Tenía un gran compromiso con Honduras, aunque le habían jodido varias veces.

-La criminalización de activistas de Derechos Humanos es frecuente.
-La criminalización siempre ha sido una de las tácticas de represión. Lo podemos ver como en los peores momentos de Europa. El fascismo en España, Italia o Alemania se llevó a cabo en un contexto legal. La ley siempre ha sido mal utilizada por proyectos de políticas económicas. La criminalización e intentar corromper a los activistas son estrategias frecuentes. En Honduras ha habido más asesinatos después del de Berta y más casos de criminalización. Si consigues encarcelar a un activista, el movimiento se ve forzado a enfocarse en su liberación y se debilita. Hay otro caso en Honduras, el de Guapinol, en el que varios activistas fueron encarcelados.
-¿Cómo se pueden organizar para defenderse de la represión de sus propios Estados?
-Es muy difícil. Algunos se van a EEUU. En el caso de Berta y de sus compañeros, Amnistía Internacional los definió como presos políticos, por la criminalización que sufrían. Creo que en Europa pasa igual, cada vez más la ley se utiliza en contra de los ciudadanos. Durante la pandemia, por ejemplo, era difícil manifestarse en el Reino Unido. Cada vez más se intenta evitar el levantamiento social, sea de la naturaleza que sea.
-En el libro usted narra paralelamente la historia de Berta Cáceres y la historia reciente de Honduras. Afirma que es el país más peligroso para las mujeres…
-Si analizamos las cifras, sí. El golpe de Estado marcó un antes y un después en Honduras, se convirtió en un Estado criminal en lugar de ser un Estado de derecho. Primero aumentaron el tráfico de drogas y convirtieron el país en un lugar no solo de tránsito, sino de producción. Lo hicieron los mismos políticos. Y también quisieron vender los recursos naturales. Después del golpe se convirtió en el país más peligroso para los abogados, para defender el ambiente y para hacer periodismo. Y cuando me preguntan por qué pasa esto en países como Honduras o México, siempre digo que no se trata de manzanas podridas, se trata de sistemas políticos diseñados para funcionar así.
-El mismo día del veredicto del juicio por el asesinato de Berta el Partido Nacional fue acusado de operar como una estructura criminal. Y varios familiares del presidente Juan Orlando Hernández fueron acusados de tráfico de drogas y corrupción.
-Sí. Creo que mucha gente se ha equivocado al etiquetar a Honduras como un país quebrado, es un Estado criminal. Ahora Hernández está en Nueva York y tendrá que enfrentar cargos de narcotráfico y tráfico de armas. Su hermano ya está sentenciado. Uno de los bancos que cito en el libro y que intentó parar su publicación, FICOHSA, se enfrenta a acusaciones de haber apoyado a Hernández para esconder sus bienes y su riqueza. La lucha por la justicia y la verdad es larga, pero se consigue.
-Quizás lo más difícil sea perseguir el rastro del dinero…
-Como periodistas nos preocupamos mucho por otras partes de las historias y, aunque sea lo más difícil, seguir el rastro del dinero es lo más importante. Más de la mitad de las inversiones de la Corporación Financiera Internacional del Banco Mundial son llevadas a cabo a través de otros bancos o empresas. Imagínese lo difícil que es seguir el rastro del dinero cuando llega un megaproyecto a una comunidad de Nigeria o de Filipinas. Hay una falta de transparencia total. Sabemos lo que sabemos en el caso de Agua Zarca gracias a la fuerza de Berta, su familia y la investigación, pero hay miles de casos así.
-Xiomara Castro es la nueva presidenta de Honduras desde enero. ¿Está mejorando la situación tan convulsa de los últimos años?
-Creo que sin duda ha bajado el terror y que hay esperanza. Xiomara Castro era la primera dama de Manuel Zelaya, el presidente expulsado por el golpe de Estado. Yo diría que no hay políticos que sean ángeles. Sin embargo, ahora ha regresado mucha gente formada que fueron obligados a exiliarse y la presidenta está construyendo un buen equipo. Lo que pasa es que tienen que reconstruir un país desde cero. Se ha destruido el Estado de derecho, hay que reconstruir el sistema educativo, el sistema de salud… Todo.
-¿La familia de Berta Cáceres continúa con su legado?
-Su segunda hija, Bertita, es la actual coordinadora de COPINH. Sus cuatro hijos son personas comprometidas y la organización se va fortaleciendo de nuevo después de que el asesinato de Berta debilitara a todos los movimientos activistas. Cuando la mataron era la defensora más reconocida de América Latina. Había ganado el Premio Goldman, había sido recibida por el papa Francisco en el Vaticano. Y aun así la asesinaron. Eso tuvo un gran impacto.
-¿Usted ha recibido represalias a raíz de la publicación del libro?
-Claro, intentaron parar su publicación. Hubo una campaña en la que me etiquetaron como "terrorista mediática". Me acusaron de manchar el buen nombre de las Fuerzas Armadas. Llevo años sin visitar Honduras por aire, siempre voy por tierra, porque temo que me detengan en el aeropuerto. Durante el primer juicio emitieron un comunicado de un grupo campesino falso en el que me declaraban persona non grata. Tengo amigos que me previenen: en Honduras no me van a matar… pero sí que me puede ocurrir un accidente. Y si me matan pueden decir que lo han hecho unos mareros (miembros de bandas mafiosas) porque me han vinculado con un caso de crimen organizado.
-¿Hay complicidad de otros países en esta represión?
-Las Fuerzas Armadas reciben entrenamiento por parte de otros países, de ejércitos como los de Israel, Colombia, Chile o EEUU. No pueden decir que no saben lo que ocurre, hay una responsabilidad indirecta.
-Actualmente trabaja como reportera de justicia climática para The Guardian con base en Nueva York. ¿En qué temas pone el foco?
-Intento contar las historias de las comunidades y pueblos que están recibiendo el impacto del cambio climático. El impacto no es igual en todos los lugares y expone las desigualdades que ya existían. Intento tratar eso también cuando hablamos de las soluciones, como las energías renovables. Si seguimos imponiendo los proyectos de energía renovable como el de Agua Zarca, vamos a acabar con los pueblos indígenas.
-Pero siguen primando intereses económicos frente al bienestar de las comunidades. ¿Cree que hay alternativas?
-Si seguimos con el modelo económico dominante vamos a acabar con la Humanidad. El planeta va a sobrevivir, pero la Humanidad no. Mira, en mi país British Petroleum (BP) acaba de anunciar ganancias de más de u$s 6.000 millones en los primeros tres meses de este año. Pero el discurso es pedir a BP que invierta más en las energías renovables. ¡Por favor, son empresas mafiosas! Necesitamos democratizar la energía. Y si hubiésemos prestado atención a las advertencias de los expertos científicos hace 20 años, ahora no tendríamos la adicción a los combustibles fósiles de Rusia, Venezuela o Arabia Saudita, países que son petrodictaduras. Ahora Biden manda a su gente a Venezuela para suplicar más petróleo. ¿Cuándo vamos a darnos cuenta de que eso debe acabar?
-¿Hay ejemplos de democratización de la energía?
-En Puerto Rico, por ejemplo, el huracán María destruyó en 2017 el sistema energético. Miles de personas murieron por falta de energía en los hospitales. Ahora hay un movimiento muy interesante que se llama "Queremos Sol". En Puerto Rico hay suficiente sol para generar tres veces más electricidad de la que necesitan. Lo hacen con paneles solares en los tejados y redes pequeñas y locales. No tienen suelo suficiente para crear granjas solares en manos de grandes empresas, pero tienen techos, y por eso es un ejemplo de democratización de la energía. Pero es el poder económico el que siempre ha movido el poder en el mundo.
-¿Cree que es importante contar historias positivas en materia de clima?
-Sí. Hace poco estuve en Hawái, donde han sufrido sequías a causa de la agricultura industrial. Ahora los agricultores indígenas están rescatando las formas de agricultura tradicional, no de monocultivo. Tienen el pensamiento de alimentar primero la tierra y luego alimentarse ellos. Están recuperando las formas tradicionales y aprovechando las técnicas modernas. Para salvar a la Humanidad necesitamos ir a los pueblos indígenas y quitarnos la arrogancia, porque existimos gracias a ellos.
*Publicada en La Marea










