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Últimos disparos al cielo de Malvinas

El 14 de junio de 1982 el general Menéndez firmó la rendición de las fuerzas argentinas que ocupaban las Malvinas desde el 2 de abril, frente al general Jeremy Moore, jefe de la avanzada inglesa. Sin embargo y pese al "alto el fuego", en distintos sectores de las islas nuestros soldados seguían oponiendo resistencia.

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De Felippe en Malvinas, el primero de la izquierda.

Esta es la particular historia de un puñado héroes que, ni siquiera entonces, dejaron de disparar demostrando su valor y coraje ante el enemigo.

Omar De Felippe (exjugador y reconocido DT del fútbol argentino), como casi todos los combatientes, era un pibe cuando le tocó ir a Malvinas. Cumplió 20 años un día después del desembarco y lo que vivió en el Sur lo marcó para siempre.

"La última semana con nuestro grupo fuimos al frente, cuando ya los ingleses venían avanzando sobre nuestras líneas. A los tres días se firmó la rendición. Nosotros , la compañía A del regimiento de La Tablada, desoyendo la orden, hicimos un contraataque. Estuvimos toda la noche a la intemperie con un frío tremendo, esperando que nos dieran la orden de atacar. La orden nunca llegó, o llegó en algunos batallones para que se rindieran sin oponer resistencia, tal lo acordado por nuestros "superiores" (en su mayoría jamás pisaron la línea de combate, ni salieron de Puerto Argentino).

Es que el alto mando inglés "sabían, habían visto, padecido" el coraje de los combatientes argentinos que estaban en el frente de batalla; peleaban con lo que tenían y hasta lo último, pistolas, algunas granadas, morteros. Además de la destreza, el profesionalismo y el arrojo de los pilotos de la Fuerza Aérea, que con sus ataques, le infligieron enormes daños a la poderosa flota inglesa, dañando y hundiendo varios buques durante la guerra. Por eso querían asegurarse de que la rendición fuera incondicional y sin oponer resistencia.

"En medio de eso, hubo gestos heroicos de soldados, oficiales, batallones, que ante el rumor de que se estaba "negociando" la rendición, hicieron un compromiso de no entregarse, no ser jamás prisioneros de los ingleses". De Felippe hizo referencia al momento en el que tuvo que entregar su arma, uno de los más duros: "Cuando nos volvieron a llevar al aeropuerto, en la mitad del trayecto tenías que entregar el armament. Pasaban a todos, nos desarmaban y luego nos volvían a llevar a Puerto Argentino, donde nos embarcaron a nosotros en el Canberra, a otros en otros barcos.

"Fue llorar cuando tenés que dejar el armamento; en realidad muchos no lo entregamos, en ese trayecto fuimos destruyendo nuestras armas en el camino y tirandolas al agua para inutilizarlas y que no le sirvieran a nadie. Creo que fue una bronca grande, por el dolor de que estás entregando el armamento que fue el que resguardó tu vida", describió.

DOCE TIROS DE EMOCIÓN

El entrenador se refirió a los enfrentamientos: "Combatimos con mucho valor, dejamos nuestro puesto y atacamos las posiciones de los ingleses, los tuvimos cara a cara en numerosas oportunidades, avanzamos varios kilómetros y finalmente fuimos repelidos. Eran demasiados y nosotros apenas un puñado. Ya sin municiones, tuvimos que volver a la trinchera. Algunas horas después llegaron las fuerzas enemigas y entregamos nuestra posición con mucha bronca y dolor", manifestó.

Además recordó una anécdota en medio de la rendición: "Antes de eso, como no queríamos rendirnos sin pelear, ni entregar nuestras armas al enemigo, decidimos pasar una pistola 9 milímetros desarmada entre cuatro o cinco de nuestro grupo (cada uno tenía una parte del arma escondida), y una vez que pasamos el último "retén" (puesto de requisa y cacheo a los prisioneros de guerra) a los 200 metros, ya al borde del mar, nos fuimos pasando el cargador, la culata, el caño, mientras caminábamos en grupos, vigilados por los soldados ingleses, siempre atentos por temor a que alguien intentara algo, como atacarlos o arrebatarles las armas. Fue entonces que uno de los nuestros terminó de armar la pistola, le puso las balas y descargó los doce tiros al aire, al grito de "Viva la Patria!", seguido por toda la tropa.

Luego la arrojó al mar. Fue una locura, porque se nos vinieron al humo los ingleses, nos tiraron al piso, nos apuntaron con sus armas, furiosos, gritando, casi nos limpian a todos. Yo creo que fue una descarga, algo inconsciente, pero para nosotros, entregar el arma era igual o peor que rendirnos. Era como entregar la bandera".

PALABRAS DE UN COMBATIENTE

A De Felippe le costó procesar la guerra. Siete años de su vida para asimilar y comprender todo lo que pasó, y cómo seguir. Luego, además de su profesión, se dedicó a dar charlas para adultos y en escuelas sobre su experiencia en Malvinas. En una de esas ocasiones, luego de escucharlo, junto a la colega Mariana Herrera (semanario Noticias de Tucumán) hablamos con él casi informalmente, pero sobre temas puntuales de sus vivencias durante y después de la guerra.

—¿Cada cuánto te acordás de que fuiste a una guerra?

—Y… te acordás. En especial cuando se cumple alguna fecha, un aniversario, como este 2 de abril, que es muy especial. Yo estoy en un grupo de WhastApp con mis compañeros de la Compañía Tacuarí del Regimiento 3 de La Tablada. Seremos unos 80, 90, en el grupo, y constantemente estamos al tanto de qué le pasa al otro, de darnos una mano. Siempre trato de estar. Aunque sea para escuchar. Pero sí, te acordás siempre. Hoy lo puedo vivir de otra manera. Tuve la suerte de darle forma al tema Malvinas y ubicarlo en un lugar de mi vida. Tratar de que no me afecte, al contrario, de que me fortalezca. Lo he podido canalizar para utilizarlo. No deja de ser un sentir. Y un sentir que me genera un orgullo tremendo.

—¿Hablaste con tus hijos del tema?

—Sí, lo hice a su debido tiempo y edad. Pero trato de no hablar de la guerra en sí, de lo que me tocó vivir. Yo me fijo siempre en quién es el público. Cuando doy una charla, si son chicos, si son adultos, qué puedo explicar y qué no. En eso tengo mucho cuidado, por el respeto que le tengo a Malvinas. Mi hija entiende todo. Hay un par de libros en los que figure, y ella los 2 de abril siempre me los trae, me los muestra. Trato de hablar solo lo necesario.

—¿Hay cosas de aquella experiencia que no se las contaste a nadie?

—Sí. A nadie. Y me las voy a llevar conmigo.

—¿Y cómo se vive con eso?

—Ya están ubicadas en el lugar que tienen que estar, y listo. Cuando volví de la guerra tuve un proceso en el que no quería hablar del tema. Estuve como 7 años así. Hay cosas que no vale la pena contar. Yo no me echo en cara nada. Pasamos cosas muy fuertes y hay que tener en cuenta cómo lo vivió cada uno. Te doy un ejemplo: pasaron 40 años y mi mamá nunca me preguntó nada de la guerra. Nada. No quiso saber, nunca. Nunca, nunca, nunca. Y no me lo va a preguntar nunca, eh. Entonces, lo que esa mujer ha sentido se lo va a llevar a la tumba, ¿me entendés? Verla llorar cuando me iba... ¿Sabés lo que debe ser que vengan y se lleven a tu hijo a una guerra?

—¿Qué recuerdo tenés del triunfo de Argentina ante Inglaterra en el Mundial ´86?

—Para nosotros fue una caricia al alma ese partido, los goles de Diego. Lo miré en mi casa, con mi vieja. Habían pasado un par de años de la guerra y todavía estaba muy afectado emocionalmente. Lo disfruté tanto por dentro... En definitiva, no me cambió nada, pero sentís orgullo. Fue eso, una caricia al alma. —Si pudieras rebobinar la cinta, ¿irías de nuevo a Malvinas? —Creo que sí. A pesar de todo, y sin dudas, volvería.

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