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Réquiem

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Habíamos aprendido a acompañar a nuestros muertos, aunque no dábamos más y el camino fuera extremadamente largo. Neco, Benito y yo salimos del sendero en fila india y nos adentramos en el cañaveral. Benito llevaba un machete y era el encargado de abrir camino descogotando cañas. Cuando mi padre llegó aquí, digo, más allá, a la finca de los Hardy para la zafra de no sé qué año, se nos vino la desgracia, porque murió mamá y era joven, apenas veintisiete, y su hermano murió después, porque pisó una yarará rabiosa y lo picó y lo dejó seco antes de que lleguemos al centro sanitario. Ya falleció, dijo el enfermero, y lo tapó con una manta.

Ahora llevábamos a Pomelo colgado de una rama fuerte de urunday, atado de manos y tobillos, colgando, más muerto que un cascote. La tierra lastima los talones, pero debemos seguir antes de que caiga la noche, la madre de Pomelo tiene que saber que su hijo está muerto y se lo llevamos para que no crea que regresará mañana u otro día porque se abrió de nosotros. Estamos lejos del río todavía, estamos meta pelear con las cañas que lastiman con sus hojas afiladas, por más que tengamos el cuero duro, igual las guanacas te abren tajos.

Naco lloriquea, quería mucho a Pomelo, era como su hermano. Cuando salíamos a mariscar, Pomelo no era bueno cazando y lo ayudaba Neco. Neco había perdido  un ojo, se había clavado de chico una hoja de vinal; son como cuchillos, y peor también.

Doña Encarnación, la mamá de Neco, cuando llegó el hijo con el ojo sangrando, bah, no era el ojo, era el hoyo donde había estado el ojo, ngritó y gritó en la noche como un pájaro raro, daba miedo oírla de lejos. ¿Quién te hizo eso?, gritaba, y se tapaba la vista para no ver el estropicio que había hecho la hoja del vinal.

Decían que doña Encarnación, de joven, había trabajado de puta en la zona del puerto y que por eso gritaba tanto cuando se enojaba, pero nadie decía nada frente a ella porque era una mujer fuerte, podía descuartizar un chancho.

Fue una lástima lo de Pomelo. Nadie quiere hablar de eso. Lo llevamos y listo, no sé hace cuánto tiempo que estamos cruzando el cañaveral. No hace calor y eso es lo bueno. Los muertos pesan, dice Benito. Teníamos sed, pero sólo teníamos el ruido de las cañas rotas en la tierra cuando pisábamos. Me sangraban un poco los talones, estaban cuarteados ya de antes. El olor dulzón que el viento arrancaba de las cañas de azúcar nos daba la impresión de que estábamos más cerca. Pero sabemos que no es así, pensar eso es como tener fiebre.

Paremos un rato, dijo Neco. Dejamos caer el cuerpo de Pomelo. Se había hinchado un poco, yo prefería no mirar.

Benito salió a caminar, quería encontrar agua. Dejemos a Pomelo aquí, había dicho mientras se iba, ya está muerto, hasta que lo encuentren ya va a ser carroña. Y se perdió entre el arpa seca de las cañas.

Neco me miraba serio, ceñudo. Era tan moreno que los ojos parecían candiles de rancho prendidos en la inmensidad de la noche.

Yo jamás me voy a olvidar lo que pasó, dijo, mordiendo una pedazo de caña.

Nadie tiene que enterarse, dije, alcé la vista: el cielo se iba apagando como si se le estuviera acabando el kerosén.

Silencio.

Unos abejorros volaban sin ton ni son a un costado del muerto.

Vi el sendero, alisado por tantas y tantas pisadas con precisa obsesión, huellas desparejas y que tal vez tenían su origen en los distintos pesos de caña que cargaban esos caminantes.

El sendero, dije y Neco me miró, echó un vistazo a las huellas, y dijo que estábamos cerca del embarcadero.

El río está cerca, dije. Y me puse de pie.

De entre el murmullo de las cañas emergió Benito, respirando agitado y dijo que el río estaba a cincuenta metros.

No, contestó Benito, eso está río arriba, unos kilómetros, a la altura de las barrancas.

Nos falta mucho, dije, mirando el cuerpo de Pomelo.

Los tres bajamos la vista. Benito suspiró, trató de decirnos algo y se calló.

Vamos a hacer un réquiem, dije.

¿Qué es eso? –preguntó Neco.

Es un homenaje al muerto, yo fui monaguillo en Apóstoles, dije.

Nos juramentamos que nadie hablaría jamás lo que sucedió en el réquiem.

La hoguera levantó sus más crueles llamas cuando empezó a quemar la cabeza y el pecho de Pomelo.

Las cenizas se nos adherían al sudor de los torsos.

Partimos rumbo al río cuando las llamas no cesaban de inflamarse más y más.

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