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Elcida Villagra: "Se puede producir alto teatro desde el interior de la provincia"

En Sáenz Peña asoma el sol de la producción y la puesta de obras de teatro de calidad. Elcida, de La Usina, cuenta aquí su recorrido, su formación y su amor por el arte escénico. 
 

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"El teatro me gusta desde que tengo memoria. Hay un estilo aquí que pulsa por decir las cosas de una manera, una  voz propia. Hay personas que escriben, que dibujan, tallan o cantan. Otras personas buscamos decir cosas con el cuerpo", comienza diciendo Elcida Villagra, teatrera de alma. Su voz al teléfono llega dulce, entusiasta, feliz.

Hubo un tiempo en el que en Sáenz Peña se realizaban los intercolegiales de teatro. Elcida era pequeña, pero disfrutaba plenamente esos espectáculos. Pasaba por lugares donde veía ensayar las obras y eso la fascinaba. También le atraía el circo. "De niña era una repetidora. Iba al circo y volvía rápido a casa para repetir lo que había visto. Durante una semana jugaba al circo. Cuando podía ir a ver una obra de teatro, hacía lo mismo. Me gustaba jugar a esas cosas", cuenta. Y se abre un silencio. 

Por un instante sus pensamientos se vuelcan a los juegos de los niños. ¿Hacia dónde van los juegos de los niños? "Hay quienes gustan de la mecánica y los autos. Otros niños o niñas juegan al doctor, o a la maestra. A mí, cuando era chica, me gustaba jugar al espectáculo", desliza, y sonríe.

En el teatro pone el cuerpo para narrar. Cuenta una historia. Cuando ella comenzó a estudiar, descubrió que el teatro es una actividad profundamente humana. Los niños juegan con las cosas para entender cómo son. La idea de juego atraviesa este diálogo con Elcida, que va desde su formación hasta la consolidación de su reciente estreno como dramaturga.

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—En algún momento te fuiste de Sáenz Peña para formarte, ¿cómo fue ese despegue?

—Cuando iban obras de teatro a la ciudad, yo observaba. Veía a grandes artistas y quería saber cómo hacían. Había comenzado a hacer teatro de manera amateur. Sabía que tenía que hacer en algún momento un viaje académico. Tenía que hacer ese recorrido de la historia y del saber. Además quería entender cómo hace un director y cómo se trabaja en otros ámbitos. Me fui. En realidad, me iba y volvía. 

Cuando empecé a hacer teatro era una mujer casada, con cuatro hijos, tenía 35 o 36 años. La primera capacitación fue con Chichín Obal. Recuerdo que organizaba a toda mi familia para despejar un tiempo y hacer teatro sin descuidar a los que amo. Desde entonces nunca más abandoné el teatro. Cuando ella dejó de dar clases en Sáenz Peña, seguí buscando otras puertas. En poco tiempo logré armar un grupo para que Carlos Canto realizara talleres en Sáenz Peña. Así formamos el grupo Septiembre. Soy una laburante, quería y creía en lo que estábamos haciendo. Trabajamos diez años con él y restablecimos la actividad teatral en Sáenz Peña. 

Después me fui a Buenos Aires. Había leído en un diario que Alejandra Boero realizaba talleres de teatro y viajé para conocer cómo podía participar en esos talleres. Ella me hizo un casting y pasé, así pude trabajar con ella durante seis meses. Aprendí la ética del artista. Me hacía hacer escenas increíbles. Empecé a curtir de fondo un universo teórico que no tenía registrado. Esa etapa de formación en Buenos Aires fue un despertar, un camino de búsqueda que viví con mucha intensidad. 

Años más tarde pedí becas al Instituto Nacional del Teatro. La tercera vez que pedí, me la dieron. Con esa ayuda me fui a la Escuela de Arte de Rosario. Ahí tomé clases presenciales de metodología, actuación, y estudié las escuelas de teatro. Fue una etapa fuerte. 

—Volviendo a tu época de niña, cuando jugabas al teatro o al circo: ¿qué vive todavía en vos de aquellos juegos, seguís jugando?

—En principio quiero decirte que sigo descubriendo mi niñez. Voy a cumplir 64 años. Siento que soy actriz. Me gusta la actuación, el escenario, crear escenas y contar historias. Me formé y me sigo formando todo el tiempo. Ahora tengo caminos metodológicos, pero el sentido de poder jugar en ese territorio me sigue movilizando. Un niño que juega no se cansa. Ante una gran tarea por realizar, siento que estoy jugando, y entonces no me canso. Los chicos cuando juegan no se cansan, excepto que se cansen de un juego y pasen a otro juego. Me sigue pasando de estar horas trabajando, y no me canso. 

—Después de la Sala Septiembre vino La Usina, ¿cómo fue ese proceso?

—El grupo de teatro Septiembre decantó. Fui la única que quedó. Las cosas que pasaban en la Sala Septiembre eran maravillosas. Toda la pulsión estaba latiendo en la sala. Aprendí qué es una parrilla de luces, un foro, telón, bambalinas, embocadura, y tantas otras cosas. Es inmensa la trama que tiene un espectáculo. Aprendí a entender cómo funcionan todos esos entramados. Con Carlos Canto nos queremos mucho y nos ayudamos un montón. Los dos fuimos unos hermanos que crecimos juntos. De Carlos se puede aprender mucho, si alguien quiere amar el teatro o quiere probar si le gusta, tiene que tomar clases con Carlos Canto. Él tiene una muñeca y una capacidad de pedagogo muy importante. 

Todo llega en un momento de la vida. La nueva sala comenzó a tomar cuerpo. Traía obras de teatro de otras ciudades. Me contactaba con gente muy formada en el ambiente del teatro. Cuando se creó el Instituto Nacional de Teatro se propició la gira de grandes elencos por distintos puntos del país. Además se abrió un abanico de recursos disponibles para las salas y los grupos de teatro. Había una efervescencia importante y en ese marco armo mi sala de teatro. Una sala modesta, donde se habilitaba la posibilidad de descubrir una nueva forma de hacer teatro. Me gustaba lo diverso y la posibilidad de que la gente de la ciudad pudiera ver las distintas estéticas que hay dentro del arte escénico. En la diversidad está el gusto. Esa es la filosofía con la que arrancó La Usina. Mantengo ese espíritu. 

Por la apertura que le damos a este rincón, le pusimos por nombre "La Usina, Espacio". El espacio es ese lugar pequeño entre seres que comienzan a darse cuenta de que pueden construir algo. El espacio físico es coherente con este espíritu amoroso. Todo lo que pueden ver en La Usina está puesto con amor y mucha pasión. Esto me dice la gente. Para mí, la cuota de pulsión interna tiene que estar presente, para emprender cualquier cosa es fundamental tener pasión. Creo que hemos demostrado se puede producir alto teatro desde el interior de la provincia. El hacer es un barro que se moldea creativamente y el teatro es puro hacer.

—El teatro es una forma de decir las cosas con el cuerpo. También en ese universo la palabra es importante. ¿Eso te llevó a escribir también una obra teatral? Escribiste "Cielo Abierto", en la que también actúas.  ¿Cómo fue escribir tu primera obra de teatro?

—Sentía las ganas de escribir. Un amigo, compañero, colega, Ulises Camargo, con el que construimos y pensamos cosas juntos, me impulsó a escribir. Ulises es persona con la que crecemos juntos y buscamos ser felices haciendo lo que nos gusta. Él me impulsó de alguna manera a escribir, empecé a probar y tomé clases con Gilda Bona. Fueron clases personalizadas con ella, trabajamos en la época de pandemia de forma virtual. Fue escribir, probar, equivocarse, volver a escribir. Hicimos un viaje fascinante. Comprendí ahí el ser dramático, cómo se hace, cómo se construye un conflicto. Un conflicto verdadero, humano, algo que pasa entre seres verdaderos. La escritura es un mundo del que no me voy más, ya empecé a escribir otra obra, voy para adelante. Tenía muchas ideas y ahora comencé a escribir, no quiero parar más. 

—Hablamos del apoyo que necesita una sala y la producción teatral, ¿quiénes apoyan el teatro en Sáenz Peña?

—Hay que tener en claro, primero, que uno es un artista. En nuestro ámbito el Instituto Nacional del Teatro nos ordenó en la forma de hacer teatro. Teníamos una forma caótica de hacer las cosas. No es que cambiamos mucho, pero ahora somos más ordenados. Aprendimos a ordenarnos. Este instituto nos dio identidad, nos da herramientas para hacer lo que queremos hacer de manera profesional. Además, hay políticas públicas dentro de la provincia del Chaco que incluyen al teatro y le brindan apoyo. En este sentido, tenemos al Instituto de Cultura, que ha tenido siempre la referencia de apoyar al teatro. 

En Sáenz Peña quiero destacar el  apoyo constante de la comunidad, las instituciones, las empresas y el comercio. Nos apoyan mucho, cada uno, dentro de sus posibilidades. Todo ese apoyo hace que nos sintamos parte de nuestro paisaje, de nuestra aldea.

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Amar

La charla con Elcida Villagra se extiende por alrededor de una hora. Sonreímos en el medio, hicimos silencios y hablamos mucho. Ella reflexiona sobre la pasión y el amor que cada uno tiene por su oficio. El amor y la pasión. Elcida, con su pulsión por el teatro, y quien escribe, por el periodismo. Así, trajo los versos de una canción de Silvio Rodríguez, "Solo el amor". Con la misma voz dulce, entusiasta y feliz del comienzo, se despidió cantando esos versos todavía reverberan entre estas palabras: "Debes amar la arcilla que va en tus manos / debes amar su arena hasta la locura / y, si no, no la emprendas, que será en vano. / Solo el amor alumbra lo que perdura, / solo el amor convierte en milagro el barro. / Solo el amor alumbra lo que perdura, / solo el amor convierte en milagro el barro".

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