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Cuestiones ambientales

No tenemos más tiempo para perder

Comienza el 26º encuentro mundial sobre cambio climático y seguimos insistiendo en caminar hacia la destrucción del medio ambiente. ¿Por qué?

“Estoy aquí para luchar por mi futuro. Perder mi futuro no es como perder unas elecciones”.

La COP-26, la nueva edición de la conferencia anual de Naciones Unidas sobre cambio climático, se acerca y no puedo olvidar la ECO-92. Allí se plantó la semilla. Extraño esa época, la década de 1990. Una nostalgia excesiva. Tenía 17 años y, a mis ojos, el mundo se desarrollaba con tanta suavidad y calidez que parecía una cascada de chocolate. Las noticias que llegaron por tv se refirieron a la ECO-92 (o Río-92) como la Cumbre de la Tierra, la reunión más grande para discutir el medio ambiente. Brasil fue sede del evento cuatro años después del asesinato del cauchero y activista Chico Mendes, que profundizó nuestras heridas sociales y ambientales. 

La inflación galopaba, la democracia avanzaba lentamente y el presidente Fernando Collor estaba al borde del juicio político. La tv en la casa de mi familia ya era en color. Ya no necesitábamos poner una pantalla con rayas de arcoíris delante del dispositivo para colorear el blanco y negro. Así, pude ver con gran detalle la policromía de las ceremonias y festivales que siguieron durante la ECO-92. Jefes de Estado y diplomáticos negros, blancos, pardos y amarillos, de todas las nacionalidades y etnias, compartieron inquietudes y visiones sobre el futuro en Río Centro, donde se realizaron los encuentros oficiales. A kilómetros de distancia, en Aterro do Flamengo, organizaciones no gubernamentales, activistas y líderes indígenas con sus tocados se reunieron en el llamado Foro Global.

El animado ambiente de Río de Janeiro acentuó el carácter único de la inmensa conferencia. Los eventos al aire libre fueron enmarcados por el muro de montañas que conforman el paisaje de la ciudad. Los medios destacaron el éxito de Planeta Femenino, un espacio del Foro Global que reunió a cerca de 30 mil mujeres interesadas en discutir el papel de la mujer para un mundo mejor. El poder femenino en las luchas ambientales me tocó de alguna manera. Fue el despertar adulto en mí, la niña que se despidió, aunque no entendía mucho el fenómeno. Me tomó un tiempo tomar plena conciencia de la condición social de ser mujer. Mi madre, maestra rural, era feminista. Sin embargo, ni ella ni yo lo sabíamos. Abandonar el interior de Goiás para estudiar, trabajar fuera de casa y no ser subyugada por su marido (mi padre) fueron actos revolucionarios.

“Se destaca que la degradación y la deforestación son fenómenos diferentes, aunque ambos derivan de la acción humana”.

Un terremoto sacudió el planeta y tuvo a Río como epicentro. Una chica canadiense se atrevió a dejar al mundo pasmado y me acogió ese junio de 1992, justo en medio de mis ensoñaciones de adolescente, entre un acorde y otro de Smells Like Teen Spirit de Nirvana o Tempo Perdido de Legião Urbana. Con solo 12 años, Severn Suzuki habló durante seis minutos con los principales líderes del mundo. Su discurso sencillo y asertivo los dejó petrificados, como golpeados por las lavas del Vesubio en Pompeya. “¡Ustedes los adultos deben cambiar sus actitudes!”, gritó la niña. “Estoy aquí para luchar por mi futuro. Perder mi futuro no es como perder unas elecciones. Estoy aquí para hablar en nombre de todas las generaciones futuras”. Silencio.

Tres años más tarde, en 1995, como resultado de la ECO-92, Berlín acogió la primera de las muchas COP. Ginebra, Kioto, Buenos Aires, Marrakech, Nueva Delhi, Milán, Montreal, Nairobi, Bali, Copenhague, Cancún, Lima y París, entre muchas otras ciudades, recibirían las siguientes ediciones de la conferencia. La creación de la Convención sobre el Clima fue también uno de los frutos más importantes de la ECO-92, así como el surgimiento de la Convención para la Biodiversidad. Sin lugar a dudas, el cambio climático y la pérdida de biodiversidad son hoy las dos mayores crisis a las que se enfrenta la humanidad. En cada una de estas reuniones periódicas se renuevan los compromisos políticos para un desarrollo más equilibrado, se evalúan los avances de los acuerdos anteriores y se identifican brechas y problemas emergentes. ONGs y cientos de instituciones y personas de todo el mundo se reúnen en debates paralelos a las ceremonias oficiales. Los científicos se apresuran a publicar los resultados de sus investigaciones.

La COP-26 tendrá lugar en Glasgow, en la fría Escocia. No es de extrañar que un nutrido grupo de científicos brasileños y extranjeros, del cual yo formo parte, publicara recientemente el artículo “La degradación de la selva amazónica debe incorporarse a la agenda de la COP-26”. En pocas palabras, estamos tratando de decirle al mundo algo como: "Detente y observa la degradación de nuestros bosques". Aquí se destaca que la degradación y la deforestación son fenómenos diferentes, aunque ambos derivan de la acción humana. La degradación destruye gradualmente el bosque, aunque lo mantiene en pie. La explotación insostenible de la madera y los incendios, por ejemplo, desencadenan el proceso. La deforestación, en cambio, presupone la remoción del bosque, que suele ser reemplazado por pastos o monocultivos. El área de bosques degradados en la Amazonía es hoy más grande que toda la superficie deforestada. En el artículo explicamos que entre 2003 y 2015, los incendios y la fragmentación de los bosques en la región provocaron emisiones de carbono a la atmósfera un 88% mayores que las provocadas por la deforestación únicamente. Esta elevación por sí sola nos ha hecho retroceder varios casilleros en el juego de la supervivencia humana.

“Los cambios en el uso de la tierra y los bosques (deforestación para el uso de la tierra agrícola) continúan siendo nuestra principal fuente de emisiones de gases”.

Es comprensible, por tanto, que la destrucción del Amazonas sea una de nuestras principales preocupaciones. La increíble riqueza y belleza del bosque por sí sola justifican tanta preocupación. Sin embargo, cuando pensamos en el clima global, no podemos olvidar que el Amazonas es simplemente el depósito de carbono sobre el suelo más grande de todo el planeta. En la terrible hipótesis de que se borre del mapa, más de 100 mil millones de toneladas de carbono, atrapadas principalmente en árboles enormes, se liberarían a la atmósfera en forma de CO2, lo que tendría el mismo efecto que una quema masiva de combustibles fósiles. La acumulación excesiva de gases, como el CO2, en el rango de los 100 km alrededor del planeta (un tramo que, vale recordar, está comenzando a ser atravesado por muchos millonarios ciegos a lo que sucede debajo de ellos) es la raíz de nuestros males. Los niveles de CO2 atmosférico que tenemos hoy (414 partes por millón) resultan ser casi un 50% más altos que en la era preindustrial. Existen múltiples causas para el engrosamiento de la capa de gas: desde la deforestación y los incendios, hasta la quema de combustibles fósiles. Pero lo cierto es que tal espesamiento dificulta la disipación del calor, lo que genera una cascada de cambios, entre los que se incluyen aumentos de temperatura y fenómenos meteorológicos extremos. Estos cambios comprometen casi todas nuestras cómodas y pacíficas condiciones de vida en la Tierra.

Vivimos a un ritmo frenético y nos imponemos crecientes exigencias. Necesitamos devorar mucha energía para transportarnos convulsivamente de un lugar a otro. Tenemos que apoyar a las industrias que escupen humo como dragones y producen de forma masiva para satisfacer nuestros voraces apetitos. Los bosques, las sabanas y otros biomas rápidamente dan paso a pastos y campos agrícolas que nos alimentarán. La verdad es que ya no podemos imaginar un mundo diferente al nuestro. Sentimos lástima y desprecio por cualquier pueblo o cultura que opte por caminar despacio y mirar otras cosas que no conducen a más ganancias y más “progreso”.

En 1992, las emisiones totales de gases de efecto invernadero en Brasil, según el Observatorio del Clima, superaron los 2.200 millones de toneladas de CO2 equivalente (medida que combina todos los gases capaces de calentar el planeta). En 2003, este valor superó los 3 mil millones y alcanzó su punto máximo. Luego, bajó hasta 2010, cuando alcanzó los 1.700 millones, la tasa más baja en la historia de los registros. La caída se debió a una reducción significativa de la deforestación en la Amazonía. En 2019, las emisiones volvieron a aumentar y alcanzaron los 2.170 millones. En otras palabras, retrocedimos a los niveles de 1992. Los cambios en el uso de la tierra y los bosques, jerga que abarca la deforestación para el uso de la tierra agrícola, continúan siendo nuestra principal fuente de emisiones de gases a la atmósfera. En 1992, estos cambios provocaron el 67% de todas las emisiones y, en 2019, casi el 45%.

Desde la ECO-92, las emisiones globales de gases han aumentado en alrededor de dos partes por millón al año. La evidencia científica sobre los impactos negativos de este crecimiento excesivo es abundante. No repetiré todo aquí. Los medios de comunicación están suficientemente enfocados en tales impactos. Aparecen con frecuencia en los periódicos, así como en los coloridos y bien ilustrados informes del Panel Intergubernamental sobre Cambio Climático, el IPCC. Los trabajos en este sentido surgen de los laboratorios de científicos brasileños que brillan en Brasil y en el exterior, incluso sin un presupuesto nacional digno. Nuestros problemas no son la falta de números, sino la apatía ante ellos. Por lo tanto, no enfatizaré cuánto ha aumentado la temperatura en el planeta, en el Nordeste de Brasil y en la Amazonía. Prefiero dejar la "página" en blanco, un blanco tan blanco como el hielo ya derretido de los casquetes polares. Desafortunadamente, no se podrá volver a congelarlos… Tampoco informaré cuánto subió el mar debido al deshielo, ni cuánto subirá, cambiando la geografía de países y regiones. También dejaré suspendida en el aire la espesa nube de humedad que desciende del Amazonas y lleva la lluvia al sur del continente americano. No recordaré las intensas inundaciones en el río Amazonas o las severas sequías e incendios en el Amazonas. No me voy a ceñir a los mapas que anuncian la reducción de las precipitaciones en la cuenca de São Francisco para las próximas décadas o el exceso de precipitaciones en el sureste de Brasil. Guardaré silencio, también, sobre la escasa producción de café y soja en el futuro, las estratosféricas pérdidas económicas y sus consecuencias en la vida cotidiana de personas como tú, yo y especialmente los más vulnerables.

“Los aumentos de temperatura y fenómenos meteorológicos extremos traen cambios que comprometen casi todas nuestras cómodas y pacíficas condiciones de vida en la Tierra”.

Difícil de entender lo que le sucedió a la humanidad durante los casi treinta años que nos separan de la ECO-92. Desde entonces ha habido 25 COP. Y ahora, en la víspera de la 26, es como si nuestros pasos marcharan hacia atrás y nuestros corazones estuvieran vacíos. Busco explicaciones sobre lo que nos impidió sortear el camino de destrucción que se abrió en la Revolución Industrial. En Río+20, en 2012, Severn Suzuki, entonces de 32 años y madre de dos hijos, trató de explicar las repercusiones de su discurso de 1992: “El mundo estaba hambriento de este mensaje y la humanidad estaba desesperada por escucharlo”. Creo que estábamos realmente hambrientos de ser conmovidos, y nada más poderoso que el discurso simple y genuino de una niña. La emoción, el dolor y la ira fueron sentimientos que también experimentamos en 2019, cuando la adolescente sueca Greta Thunberg se dirigió a los líderes mundiales en una reunión de la ONU. Un escalofrío me golpeó cuando la niña lanzó su famosa pregunta: “¿Cómo se atreven?”. La expresión de furia contrastaba con su rostro de niña. Básicamente dijo esto: “¿Cómo se atreven a no haber hecho más para combatir el cambio climático? Me robaron mis sueños y mi infancia con sus palabras vacías”.

La ansiedad climática y la ansiedad ecológica, la sensación de angustia relacionada con las crisis climáticas y ambientales, han aumentado a medida que las personas se vuelven más conscientes de las amenazas globales. Los adolescentes y jóvenes son más susceptibles al fenómeno debido a su etapa de desarrollo psicológico, físico, social y neurológico. Esto es lo que señala un estudio completo publicado por la revista científica Lancet Planetary Health y titulado “Young People's Voices on Climate Anxiety, Government Betrayal and Moral Injury” (“Las voces de los jóvenes sobre la ansiedad climática, la traición del gobierno y el daño moral”). La encuesta, realizada en 2021, abarcó a 10.000 personas de 16 a 25 años que viven en diez países, incluido Brasil. Afirmaron que los problemas ecológicos les hacen sentir una variedad de emociones negativas, como miedo, ira, tristeza, desesperación, culpa y vergüenza. También los dejan confusos, sin perspectivas de futuro y con la impresión de que los adultos y los funcionarios del gobierno los han traicionado o abandonado.

En el libro “Meditaciones”, el emperador romano Marco Aurelio escribió: "Considere también las vidas que alguna vez vivieron otros mucho antes que usted y las vidas que vivirán después de usted". Estoy inmensamente orgullosa de mis padres y abuelos, que crecieron con tradiciones campesinas sencillas. De niña, sentí la ansiedad de conocer a mi abuela, a quien tengo la alegría de ver hasta el día de hoy. Preparaba en gruesas ollas de hierro los alimentos que cultivaba nuestra propia familia y cuyos sabores aún recuerdo. En los campos floridos, entre el canto melodioso de los pájaros, extraíamos la pluma de la semilla de algodón que había plantado mi abuela y que, gracias a sus hábiles manos, se convertían en hilos y telas. Me pregunto cuáles serán los recuerdos de las generaciones futuras si se enfrentan a un mundo más difícil y menos hermoso. Necesitamos todo el poder transformador que surgió del Planeta Femenino de 1992. También necesitamos la energía que hace eco a tantas voces activistas contemporáneas. Cambiemos nuestros transportes. Cambiemos la forma en que producimos alimentos. Cambiemos nuestro consumo. Cambiemos nuestro voto. Simplemente no podemos quedarnos apáticos, sin acción, petrificados por la lava y usando una pantalla con rayas de arcoíris para creer que el mundo está en color.

*Doctora en Ecología, investigadora de Embrapa Amazônia Oriental y una de las fundadoras de la Red Amazonia Sostenible (RAS). Publicado en Piauí.