El vampiro*

Mi querida y joven doncella se alza
Inflexible, rápida y firme
En todos los viejos arcanos
De una madre siempre verdadera;
Como en los vampiros inmortales,
La gente de estos portales
Cree con la fe de los mercenarios.
Pero mi Christine derrocha su tiempo,
Y desgasta de mi amor su lamento,
Hasta que yo mismo, vengado,
Brinde a la salud del vampiro
En la pálida copa de los reptiles.
Y cómo al dormir eres delicada
Hasta ti llegaré arrastrándome,
Y drenaré la sangre de tu vida.
Así podrías en vano temblar
Pues en la penumbra he de besarte,
Y sobre el umbral de la muerte
Cruzarás con espanto,
Envuelta en mis fríos brazos.
Por último te preguntaré,
Oponiendo este mundo que se abre
¿Qué pueden las oraciones de tu madre?
*Poema de Heinrich August Ossenfelder (1725-1801); foto: Jan Stel, “Castle of Mesen”










