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Santiago Contreras le da vida a la madera desde hace más de 40 años

En 1981 comenzó a trabajar en la carpintería. Hizo y reparó ruedas de carros, sulkys y jardineras. Hoy la demanda se moviliza hacia los muebles de algarrobo y pino.

PAMPA DEL INFIERNO (Agencia) El rostro surcado por el tiempo y la experiencia en el trabajo con la madera. Recorre su taller pleno de entusiasmo. Observa, el corte de la misma, debe ser preciso.  El tiempo pasa. Su premura no es el de antes pero no pierde las ganas. A los cinco años, un par de caballos marcaron para siempre su audición, y con el correr del tiempo, la maquinaria de la carpintería lo empeoro. Hoy con su sonrisa afable, lo acepta y lo convierte como una anécdota más de su vida. 

Santiago Contreras, con sus 83 años, todos los días está presente en su carpintería: “No puedo estar sin trabajar” cuenta.

Santiago Contreras forma parte de la historia de Pampa del Infierno, hace más de 40 años comenzó a trabajar en su carpintería junto a su hermano.  Se sorprende un poco, pero comienza a contar su historia. “En 1981 comencé a trabajar acá”, expresa e indica la carpintería. “A veces vengo bien temprano, a la mañana. Siente que esta carpintería es mi vida misma, tantos años pasaron, ahora el trabajo es otro. Ya no es como antes, antes había que reparar muchas ruedas de carros, sulkys y jardineras, la gente traía eso”, explica. 

En su taller se observan pedazos de historia por todos lados.  Recordó que reparo e hizo otras tantas “más de 3.000 ruedas de zorras, carros, volantas y jardineras pasaron por mis manos”, dijo con una pícara sonrisa. 

Muchos de sus trabajos están abocados a la construcción de muebles, de ventanas, el algarrobo todavía impera en el patio. Nacen mesas, nacen sillas y la transmutación de la madera se la debe a sus manos.  

Santiago Contreras ya cuenta con 83 años.  Hombre de Santiago del Estero, de la pequeña localidad de Tomás Young (Departamento de General Taboada). “Éramos siete hermanos y ahora solo quedo yo, pero la vida continua” reflexiona.  “Comenzamos a trabajar con mi hermano mayor a quien le decíamos “Pipo”; él trabajaba muy bien en herrería y carpintería. Así fui aprendiendo”, cuenta.

“Trabajaba en el campo cuando era joven pero la situación no era buena. Entonces me dije me voy a trabajar en el pueblo tres o cuatro meses y cuando llueva vuelvo. Pasaron 40 años de eso”, desliza y se la dibuja una sonrisa en su rostro perlado de sudor.  Los recuerdos emergen uno tras otro “don Ávila (quien fuera juez de paz por muchos años en la localidad) me ayudó mucho. Él me aconsejo que me inscriba para una vivienda del gobierno y le hice caso”.  Las anécdotas son cientos “hasta trabaje de “pocero”, agrega. “Parece que tan malo no era, porque enseguida conseguíamos agua”. Hacía las perforaciones típicas de la zona para extraer agua para el consumo de los animales y de las personas.

“Mi padre era contratista en la Forestal”

Recorremos el taller, restos de sulkys van camino al olvido, llantas de zorras, partes de ruedas de jardineras se esparcen en el patio. Recuerda a su padre: “Era contratista en los obrajes, llego a trabajar con mucha gente, acarreaba agua con tanque de 3000 litros (seguramente en carros “cachapeceros”). Alcanzó a manejar 800 personas, entre carreros y hacheros. Una vez lo mandaron a llamar de La Forestal y allí tuve que dejar de estudiar para ayudarlo con las cuentas, con las libretas de la gente y estar a su lado”. 

Este sulky es un casi un tributo a sí mismo; fue armado por él en su totalidad.

Alguna vez también fue niño y contó, “desde Sachayoj me mandaba la escuela en Charata, me quedaba con unos parientes y recién volvía para el tiempo de vacaciones. Hasta que una vez papá me traía a casa en el sulky y me dijo “hijo vas a tener que dejar de estudiar y ayudarme”. Así terminó mi tiempo de estudiar, comencé a ayudar a mi padre en las cuentas; a anotar en las libretas y controlar los pagos. Papá manejaba mucha gente en el obraje y pocos sabían leer. Hice hasta 5 grado nomas”. Trabajó varios años junto a su padre, hasta que emigro en busca de mejor vida con la promesa de volver alguna vez a su “pago” Santiagueño.

“Me siento feliz de la vida”

Así expresó Santiago Contreras mientras se fregaba sus manos en su ajado delantal de cuero. Las anécdotas son muchas, mientras nos sentamos en bancos rústicos cuenta, “tuve suerte. Siempre me fue bien, formé una linda familia y tengo cuatro hijos, a los cuales hice estudiar; cuando me “vaya” me iré tranquilo”. “No puede dejar de trabajar. Me enferme cuando comenzó la pandemia, como no se podía salir, me gusta mi taller y me siento muy bien; de paso hago dinero”, dice. Fiel a sus principios asegura “el trabajo es lo mejor, aunque ahora soy jubilado, quiero seguir día a día acá”. 

En su taller es un soberano y asegura, “a la gente que le digo cuando traen algo para arreglar que no escatimen en gastos, que las herramientas deben quedar óptimas para el trabajo. Ahora se trabaja mucho con muebles, bajo mesadas y alacenas en algarrobo y pino”. Remarco “soy un agradecido de la vida. Ganas de trabajar tengo de sobra”. Heráldica de Santiagueños duros, convertidos en Chaqueños de ley a fuerza de trabajo.  Santiago Contreras una estampa de Pampa del Infierno. 

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