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El pequeño agricultor también es parte de la cadena

Paquito Ruiz, de la zona de Castelli, dice que si una familia tiene un pedazo de tierra para sembrar, no puede haber desnutrición ni hambre. “La tierra da la comida”, comenta.

Hay un dato para el asombro: solo entre el 5 y el 8 por ciento de los productos como lechuga, tomates, achicoria y zapallos que venden los supermercados en Sáenz Peña, ciudad ubicada en el centro del Chaco, es provisto por los horticultores locales. La inmensa mayoría, proviene de otras provincias.

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Los analistas internacionales dicen que el mundo se encuentra en una fase de transición, en la que la agricultura familiar emerge como una alternativa “anticíclica” para garantizar el crecimiento económico de los países y su seguridad alimentaria.

Sostienen los especialistas que la producción agrícola familiar tiene capacidad para impactar positivamente en la economía de los países, reduciendo la inflación, creando empleos y asegurando el abastecimiento interno.

En la provincia del Chaco habría unos 14.100 pequeños productores. Son los que producen la tierra, y hacia quienes deben ir orientadas políticas de Estado específicas, unificando criterios y programas existentes.

La Agricultura Familiar, es una buena señal para este sector porque les puede dar a los consorcios productivos de servicios rurales mayor capacidad de respuestas a esas demandas.

Pero, habrá que poner mayor énfasis y saber aprovechar lo que hoy el INTA tiene a disposición de este franja de familias que producen la tierra para sustento propio y para el mercado local, al que muchas veces no pueden cumplir, a veces por desidia, y a veces por problemas de infraestructura como capacidad para almacenar agua.

Sin dudas, la integración del pequeño productor “es impensable” sin una presencia fuerte del Estado. En ese sentido, si se logra avanzar en lo que se viene poniendo de manifiesto, se podrá pensar en los tres ejes: crear empleo, producir alimentos y arraigar al productor.

DEJAR LA INDIGENCIA

Es que hay cuestiones que deben cambiarse de manera categórica: la agricultura familiar para ser plenamente productiva requiere de la ayuda y orientación del Estado. Es un deber ineludible. Porque no se justifica que permanezca en la indigencia produciendo mal, poco y sin calidad, y persista en la permanente demanda de asistencia.

Dicho en otras palabras: los gobiernos, deben dejar de hacer tantos anuncios, para pasar a obras de infraestructura concretas, como agua, caminos y luz rural; salvo que pretenda seguir teniendo una franja de pequeños productores que constantemente demanden asistencia social transformándose en voto cautivo para los políticos de turno.

Los analistas dicen que la Argentina tiene un nivel de presión tributaria cercana al 34% del PBI, comparable a la de los países desarrollados pero sin una contraprestación de servicios públicos equivalente.

En este esquema, el productor de esta región del país, sufre la presión fiscal de las maneras más diferentes que se imagine. Lo sufre el agricultor, el ganadero, el forestal también.

Sin embargo, la firme decisión de seguir produciendo, la toma en medio de un escenario de dificultades donde quien más sufre es la franja de pequeños y medianos productores que no saben qué camino tomar y reclaman la ayuda del Estado, en una suerte de “destino circular”.

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