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Mariana Alegre

Columnista

Voluntad: la aristocracia de la conducta

“Necesitamos que hables sobre la voluntad”. El pedido, me llega a través de un grupo de emprendedores que está generando charlas para adolescentes y jóvenes, con el objetivo de acompañarlos en la transición al mundo laboral/estudiantil. Después de decir que sí, me pregunto dos cosas: por qué me piden a mí que hable de voluntad, y  la segunda ¿qué es la voluntad?

Por supuesto que no compartí estas dudas con la persona que me vino a proponer la charla. Quizás porque supongo que todos tenemos incorporado este concepto, que más que concepto podríamos tomarlo como una virtud, un don, un valor. Entre el cielo y la tierra, lejos del positivismo extremo, está la realidad, por lo tanto la voluntad es algo que adquirimos, queramos o no a medida que lo necesitamos. 

Conceptos como la motivación, la disciplina, constancia, parecen tener el mismo ingrediente: la voluntad, la intención y la decisión. La voluntad suena a levantarse a las 4 de la mañana, a levantar más peso en el gimnasio, a salir a correr, a comer sano, a tener conversaciones difíciles con nuestros seres queridos, y pagar nuestros impuestos (si, al margen de la obligación legal). 

“La disposición previa a cualquier circunstancia determina como respondemos a ella. Hay zonas en el cerebro que se activan cuando estamos motivados, de manera espectacular y estimulan la capacidad de respuesta y resolución de problemas”, señala la psiquiatra española Marian Rojas Estape. 

“La motivación puede ser más asequible o sencilla pero la perseverancia en el objetivo marcado requiere un gran esfuerzo. Necesitamos la constancia”, agrega. 

No siempre estamos motivados, no siempre encontramos disciplina, y a veces esta última puede transformarse en algo tan rígido que termine minando nuestros objetivos y confundiendo nuestra configuración del mundo con lo que el mundo es: muchas configuraciones coexistiendo. 

¿Entonces qué es seguro en todo este caos para encontrar esos cimientos que se terminen transformando en la voluntad?. La voluntad no es inspiracional, no es genética y, sin dudas, se trabaja consciente o inconscientemente, a medida de que la necesitamos.

La psicología conductista la define la voluntad como “la capacidad para aplazar la recompensa”. Trabajarla como trabajamos un hábito. ¿Es la voluntad un hábito?. Para el psiquiatra Enrique Rojas, es algo más “saber esperar y saber continuar”. Lejos de parecer solo un planteo zen para personalidades “ansiosas” o “neuróticas”, parece ser una estrategia que quizás nos permita ir encontrando una guía en momentos de caos. 

“La voluntad es firmeza en los propósitos, solidez en los planes a llevar hacia delante, ánimo ante las dificultades”, manifiesta Rojas, y añade que “como la cuerda tensa de un arco antes de que la flecha salga”, debe existir una motivación que no solo oriente, sino también que vaya templando nuestra capacidad de adquirir y fortalecer la voluntad. 

Educar nuestra voluntad es algo más que posponer la recompensa, es trabajar el músculo de la perseverancia, pulir las herramientas para alcanzar esos objetivos que ponemos como horizonte, o para gestionar la incertidumbre y el caos, cuando se presenta lo inesperado. No venimos a la vida con un GPS.

Me pregunté entonces, nuevamente, por qué hablar de voluntad ante un grupo de adolescentes y docentes, sobre el futuro. Entonces, vuelvo a mi más vivido recuerdo de la voluntad: el colegio secundario. ¿Qué mejor lugar que o medio que la educación? 

Formarme en un –exigente- colegio técnico a pesar de que iba a estudiar periodismo fue un ejercicio diario de voluntad durante seis años, en doble turno. Mentiría si dijera que no hubo dudas de cambiarme de colegio, noches sin dormir llorando sobre mis dibujos, veranos estudiando porque me llevaba matemáticas (hasta tercer año) o enfrentarme a cables, tornos, motores y fórmulas, cuando mi creativo cerebro solo pedía escribir, investigar, leer.

Rojas asegura que la voluntad es “la aristocracia de la conducta” y es “más importante que la inteligencia”, porque nos conduce hacia la excelencia. Sin ser tan extrema, mirando hacia atrás, descubrí que ante la falta de dones intelectuales, gusto por las fórmulas o el dibujo técnico, estaba entrenando en excelencia mi voluntad. En el último año del secundario se sumó una lesión grave en mi columna y un cuadro de estrés crónico. Ah, no, entrenar la voluntad en excelencia no es un paseo por Disneylandia, pero valió la pena. 

Necesite la voluntad para estudiar periodismo, irme a vivir lejos, volver, reinventarme, para enfrentar cada desafío, la muerte, las despedidas, e incluso los éxitos, incluso la felicidad. Necesito la voluntad, diariamente. La necesitamos, pero nos olvidamos de educar en voluntad, entrenarla, alimentarla, hasta que necesitamos de ella, o de la voluntad ajena. 

En el mundo deportivo siempre se ha utilizado el término “voluntarioso” para aquellos que no eran “talentosos”, o “habilidosos”; que mediante ese esfuerzo extra podía lograr hacer una diferencia o generar un resultado. También es un adjetivo calificativo con el que solemos autodefinirnos, sin medir o saber cuán valioso es. Lo cierto es que, incluso hoy, los talentosos necesitan de la “fuerza de la voluntad”, para poder conseguir objetivos. 

Nunca es demasiado pronto, o demasiado tarde para poner en forma nuestra voluntad, sea cual sea nuestra edad, objetivo, inteligencia intelectual y/o emocional, incluso cuando tan solo sea el abrir los ojos cada mañana. 

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